Opinión

Sabiduría salomónica o pensamiento disociado

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En los últimos días hemos sido testigos de varios acontecimientos que nos llevan a reflexionar sobre la pregunta ¿qué es el hombre?: La santificación de dos jerarcas principales de la Iglesia católica (con concepciones teológicas, filosóficas y políticas claramente opuestas), la caravana de migrantes centroamericanos (que buscan respeto en su tránsito por nuestro país), la disputa por la reforma de las leyes sobre telecomunicaciones (que ha generado grandes protestas populares), entre otros.

Qué pregunta tan extraña esa de “¿qué es el hombre?”, ¿qué tiene que ver con los acontecimientos mencionados arriba? Muchos la considerarán “irrelevante” o “inútil”; sin embargo, reflexionar sobre ella es hoy más apremiante que nunca, así como sobre otras preguntas que se derivan de ella: ¿quién soy yo?, ¿quiénes son los otros?, ¿qué es el mundo?

Estas preguntas vienen al caso cuando vemos en la cotidianidad las consecuencias prácticas que se derivan de una u otra forma de responderlas. Grosso modo, podemos reconocer dos tendencias de respuesta claramente divergentes.

Una apunta hacia el individualismo egoísta: “El hombre es el lobo del hombre y a cada individuo le corresponde competir con los otros, desconfiar de ellos, someterlos e incluso eliminarlos, para sobrevivir y lograr su plenitud”; “la Naturaleza es un algo explotable al servicio del hombre”, (planteamientos básicos del patriarcado-occidental-capitalista).

La otra tendencia apunta hacia una comprensión comunitaria y solidaria: “El yo es imposible sin el nosotros”; nuestra supervivencia, desarrollo y plenitud está en relación directamente proporcional, no sólo a las de los demás seres humanos, sino a la de la Naturaleza, por eso habremos de cuidarnos unos a otros, (concepción milenaria de muchas culturas no occidentales y precapitalistas).

¿Cuál de estas dos concepciones es la “verdadera”?

¿Quién sabe si la pregunta sobre la verdad sea pertinente aquí? Lo que importa, según entiendo, es reconocer qué nos sucede a nosotros mismos y qué le sucede al mundo con las respuestas prácticas que damos.

El libro “Ilusión occidental sobre la naturaleza humana”, de Marshall Sahlins (FCE), constituye una importante guía de reflexión sobre el tema. Según Sahlins, estamos atrapados en un mito, una “ilusión” occidental (ideología o falsa conciencia, dirían los marxistas) que proclama (y nos hace creer) que el ser humano es “egoísta y avaro por naturaleza, con una tendencia innata a hacer lo que sea por ganar ventaja”. Esta ideología que se ha impuesto, por la fuerza, como dominante, desde Occidente sobre el resto del mundo, está poniendo en grave peligro el futuro de nuestra especie.

En otras palabras, cada uno de nosotros puede contribuir a la destrucción humana o, por el contrario, a su supervivencia y desarrollo, en la medida en que comparta una u otra creencia, pues lo que uno piensa se vuelve práctica; se traduce en acciones cotidianas concretas que, combinadas con las acciones de los 7 mil millones de seres humanos que somos, adquieren una fuerza enorme.

La respuesta egoísta a la pregunta ¿qué es el hombre? se traduce en cruel agresión a los migrantes pobres, que son vistos por sus victimarios como objetos despreciables, juguetes sexuales, blanco de su deporte de tiro, generadores de buenas ganancias, o “desechables”, “explotables” y “prescindibles”, etc.

En la disputa sobre las reformas estructurales de cualquier índole también se observan esas dos tendencias. Por ejemplo, la respuesta egoísta en el debate por la reforma a la ley de telecomunicaciones divide a la humanidad en “superiores” con derechos e “inferiores” sin ellos. Así, sólo los dueños de los grandes emporios tienen derecho a imponer su visión del mundo sobre el resto de la humanidad. No lo tienen, en cambio, los impulsores de iniciativas alternativas, de radiodifusoras rurales-comunitarias, universitarias o de la red libre (Ver #ContraElSilencioMx).

En este contexto, genera gran desconcierto la santificación de dos jerarcas católicos con modos de pensamiento y prácticas claramente divergentes, que corresponden precisamente a las dos tendencias opuestas que aquí menciono.

Por un lado, fue santificado Juan Pablo II, denunciado por sus críticos como representante de la tendencia egoísta, por hacer caso omiso de los abusos de gran cantidad de pederastas, que consideraron “cosas placenteras” a los niños victimados por ellos, y porque participó activamente en el desmantelamiento de la concepción solidaria del ser humano y del mundo, alternativa al capitalismo (lo que facilitó la globalización neoliberal). Por el otro lado, fue santificado también el Papa Juan XXIII, promotor de la Teología de la Liberación, esa corriente de pensamiento que pugna precisamente por el derecho de todos a la expresión y al bienestar, declarando su “opción preferencial por los pobres”.

¿Qué mensaje da la Iglesia católica con esta doble canonización? Algunos opinan que tal decisión fue sabia o “salomónica”, frente al tortuoso contexto eclesial, dominado por el conservadurismo, lleno de intrigas y de pugnas por el poder; otros piensan, en cambio que esa decisión es “producto de una mente eclesial disociada”, que evita cómodamente el conflicto.

¿Cuál es nuestra opción frente a estas dos tendencias, la egoísta y la solidaria?; ¿cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo tratamos a los demás?, ¿sufrimos también de una mente bipolar?

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