Opinión

Salvador Alcocer, quien nos enseñó a observar por la ranura

Por Rubén Cantor Pérez

“La vida es la fuente en donde Salvador Alcocer humedece su pluma para escribir”, se lee en la contraportada de Árbol de fuego. Es considerado como uno de los tres pilares de la poesía queretana, junto a Francisco Cervantes y Florentino Chávez.

Nació un 29 de noviembre de 1930 en la ciudad de México y ha publicado Impreso autorizado, Libro feo, Mientras cae la gota de agua, Canario ciego y Papeles en la mesa, entre otros títulos.

 

Acaba de otorgársele el Premio Emérito de la Producción Artística por el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, por el proyecto Poemas de Salvador Alcocer (2006-2011).

Se le podría llamar “el poeta de lo ordinario”, pues sus temas recurrentes son esos detalles que pasan imperceptibles a simple vista, los que quedan empolvados ante capas de rutina, los que obsesionaban al protagonista de El perseguidor –noveleta de Julio Cortázar–, y que se plasman en la siguiente cita del argentino: “En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento”.

El queretano por adopción es el cronista del día a día, el que recupera esos árboles, esas calles, esos paisajes citadinos que los demás nos esforzamos por desterrar de nuestra memoria, por considerarlos insignificantes. A la mayoría de los escritores les preocupa más hablar de cosas sorprendentes, irreales, buscan alejarse de la monotonía para atrapar al lector. En cambio, a través de las páginas de Salvador Alcocer podemos encontrarnos con un espejo que refleja la puerta que nos recibe a diario, la casa en la que vivimos, el carro en el que nos movemos, sin embargo en esta relectura los revaloramos, nos generan cierta extrañeza, lo que hacía falta para definirlos de una manera más atinada.

Su obra es una oda a la vida, y es por medio de ese “ojo limpio” que nos presta, que nos instalamos en su posición, aquella del voyerista, del flâneur, donde acomodados en una silla nos asomamos por esa ranura que carga la puerta. El lector utiliza los libros de Alcocer como esa ranura, para observar ese más acá que está detrás de la puerta y que se conecta intrínsecamente con las impresiones propias.

A continuación inserto uno de sus poemas llamado “La hija tiene un destino terrenal y crepuscular”:

Si abro la puerta

la luz violeta flotando

en el patio

como si fuera la última vez.

Alcocer tiene ese leitmotiv sobre la funcionalidad de la puerta en su poesía, que lo vuelve un autor terrenal, mas no material. La misma puerta tiene esa fuerte conexión con la tierra al estar hecha de madera, brota del suelo y se convierte en el umbral que nos lleva a ese universo poético cotidiano, donde los vicios mundanos no tienen cabida, como los expresa el siguiente fragmento de “El vino del amo”:

Y fue a la tierra

como otros a la ambición.

Otra valía del poeta queretano, tomando el hilo del verso anterior, es la visión crítica que postula Alcocer, que no por estar en el plano de la cotidianidad abandona una postura ante las injusticias históricas, lo cual sintetiza en “Nacionalidad” con una gran indignación:

Soy habitante de México,

conquistado por esforzados caballeros

expertos en crimen, violencia, estupro.

Poema fundacional que ayuda a explicar los días aciagos que vivimos gracias a la guerra contra el narco; en el origen está la llave para entender el futuro, que ahora ya está muy presente.

Pero volviendo a cuestiones más agradables, cabe decir que los días comunes y corrientes que Salvador Alcocer ha salvado del olvido, nos expresan gracias a su escritura, ese carácter extraordinario y mágico que proviene de los objetos ordinarios, y también ese camino a lo universal vía lo local, que para nosotros es Querétaro, nuestra casa, desde donde nos volvemos observadores del mundo, así como el mismo Alcocer.

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