Opinión

Scherer

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Por más previsible o esperada que sea una muerte, cuando se trata de una persona notable o entrañable, es inevitable participar de esa atmósfera de duelo y desazón como la que estamos viviendo con el fallecimiento de don Julio Scherer García, ocurrido el miércoles 7 de enero. Don Julio se suma a la reciente cadena de desapariciones en el campo del pensamiento crítico mexicano que inauguraron Bolívar Echeverría y Carlos Monsiváis en 2010, y siguieron Adolfo Sánchez Vázquez, Carlos Fuentes, Luis Javier Garrido, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Federico Campbell, Emmanuel Carballo, Luis Villoro, Gabriel García Márquez y Vicente Leñero, toda una generación caracterizada por su lectura crítica del mundo.

Si fuera necesario sintetizar el periodismo mexicano de la segunda mitad del siglo XX, pondría sobre la mesa el nombre, precisament

e, de Julio Scherer García y, en las antípodas, el de Jacobo Zabludovsky. Mientas éste último encarnó el periodismo que funciona como vocero del poder, mecido en la cuna empresarial y ajeno a la agenda de la sociedad democrática, Scherer encarnó este fabuloso y entrometido oficio en su más genuino concepto: el periodismo que se nutre de la investigación. Por eso, la cantidad de esquelas que tras su muerte escupieron las oficinas de comunicación social no deja de producir náusea, además de que toma un aire irónico y hasta cómico. Que la familia no se haya prestado al espectáculo funerario, guardias de honor incluidos, y se haya ahorrado la farsa que tanto afana a los hombres del poder, confirma el recio carácter que mantuvo el periodista hasta la hora de su muerte.

El trabajo informativo de don Julio y su obra principal, Proceso, son datos de la apertura de las últimas décadas del siglo XX, asociados al rostro plural del México que comenzó a prefigurarse en los años 60. Abrió espacios a la disidencia en una época en que hacerlo era, literalmente, enfrentar riesgosamente a un aparato monolítico y cerrado, alérgico al diálogo e incapaz de respetar a los diferentes e inconformes. Con todo y la flexibilidad política de nuestros días, Proceso se cuenta entre las víctimas del desorden institucional que vive México. El caso de su corresponsal Regina Martínez es un doloroso botón de muestra.

De manera paralela a su obra personal, formada por más de veinte libros-reportajes, don Julio encabezó una obra colectiva robusta. Uno de sus rasgos notables fue, precisamente, el trabajo en equipo, en un ambiente donde el narcisismo y la vanidad brotan como manantiales divinos. Hoy, su ausencia acentúa la falta en que se encuentra nuestro periodismo nacional, que investiga poco, que se mueve a espaldas de la agenda social y que funciona como caja de resonancia de las élites políticas, que se complace en las intrigas palaciegas y es defensora de los intereses de los comandantes de la economía global.

En casi cuarenta años de circulación ininterrumpida, Proceso simboliza uno de los capítulos más admirables del periodismo mexicano. No sólo se ha ocupado de exhibir los abusos del poder en todas sus manifestaciones, sino que ha sabido transformar la información en conocimiento al hacer visibles los hilos invisibles del poder. Ha aportado incontables evidencias que nos permiten comprender de qué está hecha la atmósfera que respiramos, pues al estar tan inmersos en ella no distinguimos su composición, sus resortes íntimos y su dirección profunda. Al documentar los usos y los abusos del poder, Proceso ha fungido como una extraordinaria contraloría ciudadana, un contrapeso necesario para la viabilidad de la democracia, pese a sus taras y fragilidades.

Pecado venial, pero si algo me resultaba antipático del periodista que se encuentra hoy en el sepulcro era su obsesión por una prosa pulida al grado de ya no pertenecer a los personajes de carne y hueso pudriéndose en  una prisión. Por ese afán de recuperar el alma genuina de las palabras, éstas eran despojadas de su rudimento artesanal y coloquial que hace a los otros creíbles y entrañables. Tal vez la Reina del Pacífico y Unamuno podrían sostener la misma tesis pero el periodismo tiene que mostrar las espinas y los olores tan distintos de los mundos tan distintos que habitan Unamuno y la Reina del Pacífico.

Ojalá que la muerte de Julio Scherer, ocurrida el mismo día del funesto atentado contra la revista francesa Charlie Hebdo, detone el debate sobre el papel estratégico que juega el periodismo para la salud de las democracias y para el sosiego de nuestro breve paso por el mundo.

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