Opinión

Se terminó la conjura

La verdad es que Umberto Eco era un gran semiólogo y por ende, académico, pero su narrativa no era para nada academicista y eso fue precisamente lo que desató la ira de otro sector que veía en la prosa de Eco, en su fantasía con la historia, su irreverencia y la pasión con la retrataba sociedades inventadas, un peligroso desliz hacia la “facilidad” del best seller.

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Hay días que son duros con la literatura, la muerte llega con su guadaña e interrumpe a un escritor en pleno proceso creativo. Nadie lo nota.

Ella entra en silencio al estudio y con un solo golpe, un knock out, por decirlo en términos cortazarianos, arrebata para siempre un talento que solo a ella le pertenece y solo ella decide cuando cobrar. De lo demás no queda nada, solo una pluma tambaleándose en el suelo para sustituir el ritmo de un corazón fuera de servicio o quizá una máquina de escribir cuyo último golpeteo acaba de ser realizado. Lo demás es propiedad del polvo. Polvo eres y en polvo te convertirás.

 

Podríamos decir que el 19 de febrero pasado fue un día de esos que son duros con la literatura, pero estaríamos diciendo algo muy incompleto, seríamos unos mentirosos incapaces de abarcar de manera plena lo que sucedió ese día tan terrible. Poco después de las diez de la mañana, Harper Lee, autora de “Matar a un ruiseñor”, falleció en la ciudad de Monroeville, Alabama. Por si fuera poco, unas ocho horas después la siguió desde Milán Umberto Eco.

Eco es un escritor de quien se pueden decir muchísimas cosas. Para muchos resulta incómodo. Recuerdo haber leído en una ocasión un artículo de no sé qué narrador chileno que le reprochaba a Eco su atrevimiento para brincar desde la academia hasta la literatura. Hablaba, el narradorcillo este, como si para ejercer la actividad literaria fuera necesario ser un marino muy rudo o un espadachín o un traficante de drogas o un Rimbaud o un Rambo o cualquier otra cosa menos un desaliñado profesor de semiótica.

La verdad es que Umberto Eco era un gran semiólogo y por ende, académico, pero su narrativa no era para nada academicista y eso fue precisamente lo que desató la ira de otro sector que veía en la prosa de Eco, en su fantasía con la historia, su irreverencia y la pasión con la retrataba sociedades inventadas, un peligroso desliz hacia la “facilidad” del best seller. Los unos no le perdonaban su procedencia erudita. Los otros, lo despreciaban por quererlo hacer predecesor de toda la legión de Dan Browns, Ken Follets, y demás artífices comerciales de literatura fantástica, medieval y conspirativa. Nada más alejado, por supuesto de lo que Umberto Eco buscaba dentro de su obra.

La dificultad para clasificar al escritor dentro de un grupo homogéneo, estaba más allá de lo meramente literario. Uno de sus principales ensayos “Apocalípticos e integrados” busca, precisamente, conciliar dos posturas que en apariencia son excluyentes y contradictorias. Por un lado, la de quienes defienden la cultura popular como una forma válida de expresión al nivel de la “cultura refinada” y, por el otro, la de los que buscan “rescatar” a esta última de los acechos de la cultura popular y la democratización des gusto. El problema es que para los “apocalípticos”, el ensayo Eco es demasiado integrado. Los “integrados”, por el contrario, han convertido al piamontés en un sinónimo completo de lo que significa ser apocalíptico. Como los integrados son quienes están del lado de los mass media, es perfectamente comprensible que la versión más popular de Umberto Eco, sea la segunda, la que lo identifica como uno de esos “vendedores del apocalipsis” a los que tan bien supo retratar dentro de su ensayo y que se la pasan renegando de todo cuanto sucede en la esfera cultural contemporánea.

La faceta que mostró durante sus últimos años frente a la prensa, no colaboró mucho para que Umberto Eco pudiera desarrollar una imagen “más fresca” o más integrada. Sus críticas públicas contra el Plan Bolonia y los esfuerzos por hacer de las universidades espacios mucho más orientados a la generación de profesionistas que al conocimiento “puro”, le valieron ser calificado de elitista, abyecto, conservador y hasta ridículo. De nuevo nos enfrentamos a una sistematizada quema de brujas que tuvo al pobre de Eco como chivo expiatorio y que no escuchó realmente que su oposición no era al acceso universal a la educación y sino a la transformación paulatina de ésta en una grosera fábrica al servicio de las sociedades de consumo.

Más grave aún que todo lo anterior, es una tercera contradicción de índole privado que produjo a Umberto Eco numerosos disgustos dentro del mundillo intelectual. Era un reconocido ateo, pero en su biblioteca privada, lo dijo él una entrevista con El País, no había un solo libro de ciencia “verdadera”. Había eso sí, muchos grimorios, manuscritos raros, textos de cábala, hechicería, mística. “Cosas”, decía Umberto Eco con orgullo “que me gusta atesorar, porque sé que son falsas”. Tenía, como los protagonistas de sus novelas, una férrea vocación de hereje, conspirador, embustero y príncipe de la mentira.

Ah, sin embargo, no hay que dejarnos engañar por la moralina en turno, lo mentirosamente principesco que hay un Umberto Eco, lo que lo hermana con los socarrones diablos medievales que ríen de Dios para no sentir su poder, es lo que le permitió escribir la mejor parte de su obra que sin lugar a dudas, es la parte ficticia. Es ese amor por la “mentira”, el “engaño”, la simulación lo que nos permite sostener que era más novelista que intelectual, sin dejar de ser lo segundo. Muchos no se lo perdonan. Los que tienen madera de evangelizador, los que quieren un conocimiento lisito, sin fisuras (algo muy poco italiano, además) nunca podrán comprender lo maravilloso que fue Umberto Eco para desacralizar y resacralizar, ahí donde algunos listillos creían haber eliminado para siempre los misterios.

 

 

 

 

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