Opinión

Ser maestro en tiempos neoliberales

Por:María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: La reforma educativa neoliberal totalitarista impide a los maestros desplegar su creatividad y adecuarse a las condiciones concretas de los chicos con quienes trabajan. Su falsa pretensión de “calidad”, “excelencia” y “competitividad”, excluye a quienes no se subordinen a los intereses del Gran Capital

¿Qué implica ser maestro en estos tiempos neoliberales?

Las concepciones sobre cuál es el papel social de los maestros se vinculan estrechamente con contextos históricos concretos y con ciertas ideas de ser humano, de sociedad y educación: ¿Qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido de la vida y de educar?, ¿podemos transformar la realidad, aquí y ahora?

Esas preguntas y sus repuestas se dan en medio de fuertes conflictos, ya desde el solo hecho de plantearlas.  Algunos consideran que tales preguntas son de ociosos, pues la mayoría anda abrumada por las exigencias de su propia supervivencia. A veces, sin embargo, esas preguntas profundas aparecen también, espontáneamente, cuando las cosas no marchan bien, porque como seres humanos andamos en busca de sentido y bienestar.

Hoy el sistema educativo nacional no marcha bien y por eso urge transformarlo, pero las reformas que se vienen impulsando desde la lógica neoliberal, no solo no han mejorado las cosas, sino que empujan a todos al abismo.

Urge pues cambiar el rumbo y eso implica la disposición a escuchar, sobre todo a lo que menos se oye. He aquí una tarea fundamental de los maestros: aprender y enseñar a escuchar, no solamente a quienes opinan diferente, sino también a uno mismo, para reconocer qué tanto se ha contaminado de la ideología dominante y la repite por trámite o por miedo o, también, qué tanto se esconde uno tras el prestigio de las ideologías alternativas, para ocultar o justificar sus propias miserias.

Cuando el principio Esperanza parece perdido es fundamental además escuchar a la Historia, para distinguir las modas efímeras de los conocimientos profundos (“núcleos duros”, según Lakatos), para reconocer que muchos de estos últimos surgieron de experiencias traumáticas, en contextos francamente adversos.

Comenio, pionero de la pedagogía moderna (siglo XVII) trabajó con niños, violentados por los mayores y huérfanos de la guerra de los 30 años; Makarenko, en medio de la revolución rusa, atendió a chicos desadaptados, convencido de que no hay adolescentes “malos”; Ferrer Guardia, impulsor de la Escuela Racionalista en España, tuvo que exiliarse a París, cuando fracasó el proyecto republicano; en medio de las dos guerras mundiales del siglo XX surgió el Movimiento de Renovación Pedagógica, creador de la escuelas activas; Antonio Gramsci, uno de los pensadores más brillantes sobre educación, vivió 30 años encarcelado por la dictadura de Mussolini; Freinet, maestro rural francés, diseñó diversas técnicas para “dar la palabra a los niños”, en campos de concentración; Lorenzo Milani, sacerdote y maestro italiano, impulsó la famosa Escuela de Barbiana, trabajando con chicos rechazados de otras escuelas. Paulo Freire, promotor de la Pedagogía del oprimido fue tachado de subversivo y exiliado por el poder militar brasileño. En medio de la Revolución Mexicana, Rafael Ramírez colaboró con la Escuela Industrial de Huérfanos e impulsó la Escuela Rural Mexicana, y José de la Luz Mena impulsó la Escuela Racionalista en el sureste mexicano…

Independientemente de sus diferencias, es infinita la cantidad de maestros creativos y comprometidos con la liberación del pueblo, fundando y sosteniendo escuelas activas, laicas, cooperativas, democráticas; promoviendo una educación por el trabajo-juego, en un ambiente respetuoso, solidario y alegre y con la convicción de que el sentido, el esfuerzo y la disciplina son clave en una formación humana sólida.

Es una pena que muchos educadores mexicanos ignoren estas historias, porque el sistema capitalista se ha empeñado en ocultarlas.

Hoy, la reforma neoliberal totalitarista impide a los maestros desplegar su creatividad y adecuarse a las condiciones concretas de los chicos con quienes trabajan. Su falsa pretensión de “calidad”, “excelencia” y “competitividad”, excluye a quienes no se subordinen a los intereses del Gran Capital y, en lugar de promover la comunicación, enfrenta a maestros, padres de familia, estudiantes, autoridades y sociedad en general, en una cruenta guerra (o linchamiento) de todos contra todos.

Este contexto tan adverso es propicio para impulsar una nueva Revolución pedagógica. En ella habrá que distinguir las modas, lo “liquido” (Bauman) y lo que ya es obsoleto, de lo que sigue siendo núcleo duro de la educación: la liberación humana, para frenar y revertir el daño causado por el neoliberalismo.

Esto implica a los maestros de todos los niveles educativos, no sólo a los normalistas.

 

 

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