Opinión

Ser queretano

Por: Saúl Ugalde

Soy queretano, de padres queretanos, nací en los primeros años de la década de los setenta, me tocó vivir el Querétaro en el que vivir más allá de la autopista a México era casi vivir en el destierro, literalmente en el cerro porque no había nada más que milpas, mezquites y magueyes.

Crecí en el barrio de La Cruz, en la calle de 20 de Noviembre, mi patio de juegos era el CREA. ¿Qué quiere decir CREA? No lo recuerdo. Bastaba con brincarme la barda para poder jugar aunque fuera en la orillita de la cancha empastada, era un lujo y privilegio de pocos porque entonces no había muchas, es más, yo no conocía otra.

También era guía de turistas en el ex convento de La Cruz, recuerdo que aderezaba las historias del convento para hacer más interesante el recorrido y más grandes las propinas. Viví el Querétaro provincial de los años setenta en el que salir a la calle era recibir un montón de saludos de gente extraña pero amable: “buenos días” o “buenas tardes”. No es que la gente no supiera decir buenas noches, lo que pasa es que “después de las siete un niño ya no debe andar en la calle”, decía mi madre.

A mediados de los ochenta me tocó vivir lo que para nosotros fue la invasión defeña. Nos agarraron de sorpresa, no estábamos preparados para recibirlos así, sin avisar. De repente se acabaron las milpas, los mezquites y los magueyes y aparecieron los multifamiliares y un montón de nuevos fraccionamientos.

Para nosotros ir al rancho era visitar a una de mis tías en San Pedro Mártir. Hoy San Pedro Mártir está a tres pasos de Plaza Sendero. Creo que esta oleada de inmigrantes se quedó con una impresión equivocada del queretano y la mayoría aún la conserva.

Dicen que la primera impresión jamás se olvida y la etiqueta con la que nos caracterizaron desde su llegada nada nos la quita. Quise confirmar mi sospecha y en un simple ejercicio que realice entre mis alumnos de profesional, jóvenes de entre 19 y 22 años de edad, les pedí que describieran al queretano en tres palabras.

Es un grupo de 22 alumnos en el que la mayoría, como sucede en casi todos los ámbitos sociales de Querétaro, son jóvenes llegados de otros estados, por lo tanto en el ejercicio participan 16 de los 22 estudiantes y estos fueron los resultados: de las 29 opiniones que recogí (algunos aportaron solamente una) el término “cerrados” se repite 10 veces, “presumidos” dos, “prepotentes” dos, “intolerantes” dos, “puritanos” uno, “amistosos” cuatro, “amables” cuatro, “limpios” tres y “lentos para manejar” uno.

Como ven, en este pequeño ejercicio, las caracterizaciones del queretano son más negativas que positivas y predomina la idea de que somos gente cerrada, ¿gente cerrada? Siempre que me topo con esta descripción de la “queretanidad” mi primer pregunta es ¿A qué queretanos te refieres? Porque hasta donde entiendo los queretanos siempre somos minoría o, de plano, somos los ausentes en todos los ámbitos de interacción social, en la escuela, en el trabajo, en los grupos de amigos, en las fiestas, en todos lados, ¿dónde no?

Lo que me intriga es saber si los “nuevos queretanos” han venido adoptando los usos y costumbres de los “viejos queretanos” o si de plano “los queretanos” somos tan, pero tan cerrados, puritanos, intolerantes y prepotentes que salta a la vista a pesar de estar siempre en inferioridad numérica respecto a los “avecindados”.

¿Qué define la queretanidad? No lo sé, pero no puede ser algo tan malo si los nuevos queretanos han adoptado nuestros usos y costumbres y por tanto para el recién llegado siguen siendo “gente cerrada”.

Queretanos “mochos” como sinónimo de conservadores, de puritanos, ¿de intolerantes? Esta pregunta tampoco la puedo responder. Pareciera que ser queretano y liberal es una contradicción casi hasta biológica (parafraseando a Salvador Allende).

Yo por mi parte puedo decir que soy queretano y liberal. No creo ajustar al prototipo de queretano mocho, es más, estoy convencido de que la caracterización que se ha pretendido hacer de la queretanidad está equivocada. No nos retrata de manera justa.

Creo que en el imaginario de “la gente llegada de fuera” sigue privando aquella primera impresión desafortunada que pudimos haber dado a mediados de los ochenta, cuando éramos una provincia de gente afable y costumbres arraigadas, pero no hay que olvidar que son pocas las ciudades que han experimentado y procesado con éxito cambios tan acelerados como los que se dieron en esos años.

A 27 años de distancia, seguimos construyendo, entre todos, una ciudad moderna y dinámica, diversa y tolerante, y creo sinceramente que estos conceptos se aproximan de mejor manera a una posible caracterización de la queretanidad.

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