Opinión

Serranos masacrados en San Fernando

Por: Agustín Escobar Ledesma

PARA DESTACAR: Aunque ya pasaron cinco años desde que Emiliano fuera encontrado asesinado, al igual que su cuñado Martín, en la brecha Arenal de San Fernando, Tamaulipas, sus familiares no están dispuestos a hablar con ningún medio de comunicación por el temor que les provoca el cártel de Los Zetas que tiene a su familia vigilada.

“¡Al autobús se le atravesó una camioneta negra y ya vienen subiendo!”, fueron las últimas y temerosas palabras que Martín Vega Arellano, quien iba en compañía de Emiliano González Morales, su cuñado, dijo por celular a uno de sus familiares antes de desaparecer. Eran las cinco de la mañana del sábado 2 de abril de 2011, cuando el camión en el que viajaba fue detenido en San Fernando, Tamaulipas, por un grupo de hombres armados y vestidos de negro.

 

Ahora se sabe que quienes marcaron el alto al autobús lo hicieron siguiendo el mismo protocolo que utiliza la Policía Federal en la búsqueda de inmigrantes indocumentados centroamericanos porque, una vez arriba del autobús, los hombres de negro no bajaron a todos los tripulantes, sino que, solamente señalaron a siete de ellos, los más jóvenes y fuertes.

De estos, uno sintió tanto pánico ante la gente armada, que las manos le temblaron de manera incontrolada, de tal modo que ni siquiera pudo mostrar la cartera que le exigían. Por tal motivo, uno de los hombres armados dijo “Este hijo de la chingada no nos sirve”, dejándolo regresar a bordo del autobús y llevándose a los seis restantes con rumbo desconocido.

Doce horas antes, Martín Vega Arellano, con 400 dólares en la cartera, y su cuñado tomaron un autobús en la terminal camionera de la cabecera municipal de Jalpan de Serra a Ciudad Valles, San Luis Potosí, lugar en el que transbordaron a otro, el número 7090, a las 21:15 horas, con destino a Reynosa, Tamaulipas. El mismo trayecto también lo realizó Héctor Gutiérrez Aguilar, aunque no viajaba con Martín y Emiliano, porque no se conocían entre sí.

Antes de que Martín abordara el autobús estuvo en el bar La Potranca, situado en la cabecera municipal, en donde se tomó dos cervezas con su papá, el cantante ‘El Tigre de la Sierra’, a quien le confió que se iría por Ciudad Valles porque le habían comentado que era más seguro que irse por la ruta de Río Verde.

Al día siguiente, 2 de abril, a las cuatro de la tarde, Martín le habló a otro de sus hijos que trabaja en Texas, porque Martín había quedado de marcarle a las diez de la mañana y no lo hizo. Su hijo le dijo que Martín le había marcado desde las cinco de la mañana, para decirle “Ya vienen subiendo”, refiriéndose a quienes habían atravesado el vehículo para detener la marcha del autobús.

Martín iba a cumplir 32 años, siempre se iba para Estados Unidos, ya tenía dos años de no hacerlo, pero como se enfermó su esposa se endeudó con cerca de 40 mil pesos y por eso se fue, para ganar dólares para pagar la deuda a uno de sus cuñados. Dejó a su esposa y a dos niñas, una de 12 y otra de dos.

A mediados de mayo de aquel año, cuando Martín Vega, ‘El Tigre de la Sierra’, buscaba un lugar en lo alto de un cerro para encontrar la señal del celular, para marcarle a su hijo que trabaja en Texas, recibió un mensaje de texto que le indicaba que se comunicara a las oficinas de la PGR ciudad de México, marcó y le contestó una licenciada que le dijo que tenía el cuerpo de su hijo Martín, que tenía que ir a reconocer el cuerpo que había sido identificado como el de Martín, debido a que, cuando fue denunciada su desaparición le fueron tomadas muestras de ADN.

Martín fue al Distrito Federal en donde una psicóloga le insistió varias veces que no era recomendable que viera el cuerpo de su hijo porque ya había estado sepultado bajo tierra por mucho tiempo y estaba muy descompuesto. Solo le mostraron una fotografía de su hijo que era irreconocible.

Dos meses después de haber salido de Agua Fría, pequeña comunidad del municipio de Jalpan de Serra, el 1 de junio llegó el cuerpo de Martín en una carroza fúnebre. Los embalsamadores de la funeraria, en un cuarto de la casa de Marín, prepararon los restos que traían en el ataúd, para que lo pudieran velar, le dijeron a Martí, también le preguntaron que si quería verlos pero Martín no tuvo ánimos para ver los restos putrefactos de su hijo y hoy se arrepiente, porque, a pesar de todo lo ocurrido ‘El Tigre de la Sierra’ se niega a aceptar que su hijo esté muerto, convencido, señala que hay posibilidades que viva.

El acta de defunción de Martín Vega Arellano señala que fue encontrado en el 14 de abril, en la fosa marcada con el número uno, y el cadáver era el número 8 antes de ser identificado. El lugar fue en la brecha Arenal de San Fernando, Tamaulipas. Murió a consecuencia de traumatismo craneoencefálico fragmentado y disparos de arma de fuego en la cabeza.

Martín Vega Arellano estaba casado con la hermana de Emiliano González Morales, quien era de San Juan Buenaventura, pequeña comunidad perteneciente al municipio de Arroyo Seco cuyo atractivo principal es un pequeño lago rodeado de dos filas de palmeras tropicales.

 

San Juan Buenaventura

Aunque ya pasaron cinco años en el que Emiliano fuera encontrado asesinado, al igual que su cuñado Martín en la brecha Arenal de San Fernando, Tamaulipas, sus familiares no están dispuestos a hablar con ningún medio de comunicación por el temor que les provoca el cártel de Los Zetas que, señala uno de los hermanos de Emiliano, tiene a su familia vigilada.

El hermano de Emiliano se muestra evasivo, desconfiado, solamente está dispuesto a comentar sobre su hermano pero sin grabadora de por medio, mientras levanta un muro de tabique en un empinado terreno en el que está la casa de su madre a quien acude a preguntar si ella está dispuesta a una entrevista, para regresar unos minutos después con la esperada y evidente negativa “Dice que no puede”.

Lo cierto es que a la familia González Morales le entregaron un féretro con los restos de Emiliano, que ahora descansan en el pequeño y florido panteón local ubicado en una ladera y rodeada por altos muros de tabicón blanco; el zaguán del lugar no cuenta con candado, por lo que cualquiera puede entrar o salir cuando quiera. Las tumbas están en medio de una verde grama que hace las veces de alfombra; en una de las esquinas está una capilla abierta para el descanso de los difuntos antes de ser sepultados en la eternidad.

 

El Ranchito

El tercer pasajero serrano bajado del autobús, desaparecido y masacrado aquel 2 de abril de 2011 en el matadero de Los Zetas de San Fernando, fue Héctor Gutiérrez Aguilar y, aunque ya pasaron cinco años, la voz de Ernestina González Zea, su viuda, se estremece como árbol bajo la tempestad cuando recuerda a su esposo asesinado. Consternada menciona que, de acuerdo al acta de defunción, Héctor también presentaba disparos de arma de fuego en la cabeza.

Ernestina vive en El Ranchito, comunidad perteneciente al municipio de Pinal de Amoles, en lo alto de una montaña; en la cochera de la casa de tabique, está una camioneta con placas de Texas, que su esposo dejó y ahí está sin que nadie la mueva, en tanto que, enfrente, entre el bosque de coníferas, atados al tronco de un pino, están dos cerdos que gruñen por cualquier motivo.

La ausencia y el abandono del gobierno también se manifiestan en esta pequeña comunidad montada en el lomo de las montañas serranas. Tan solo baste ver el tramo de la carretera para entrar o salir de este lugar que tiene hoyos, baches, derrumbes e, incluso, troncos atravesados que obligan a los conductores a ir despacio para sortear los obstáculos.

Héctor era residente en Estados Unidos y el día en el que fue bajado del autobús, iba a la pizca de cebolla a Donna, ciudad cercana a McAllen, Texas, lugar en el que tenía algunos parientes. Había salido de su casa a las tres de la tarde del 1 de abril de 2011 para arribar a su destino, veinticuatro horas después, algo que, por supuesto, no ocurrió. Ernestina marcó a sus familiares de Donna para preguntar por su esposo y como le dijeron que no había llegado, su corazón quedó expuesto a la incertidumbre, al igual que el de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Cuando su esposo desapareció, Ernestina no sabía qué hacer, a quién recurrir, conmocionada por el suceso que atravesó su vida de manera intempestiva. Entonces acudió con Benjamín Guerrero, otro habitante de El Ranchito, primo de su esposo, con quien, a veces, se acompañaban en el cruce de la frontera norte de nuestro país. Benjamín acompañó a Ernestina para ver si en la central camionera les podían informar qué autobús había tomado Héctor.

Como en la central camionera no les quisieron proporcionar ninguna información sobre el destino de su esposo desaparecido, acudieron a la agencia del Ministerio Público de Jalpan, sitio en el que les dieron el acostumbrado mal trato, atendiéndolos después de una semana. Cuando le aceptaron la denuncia por la desaparición, las autoridades le solicitaron que llevara a una de sus hijas para tomar muestras de ADN. Eso fue el 12 de abril de 2011.

Mientras Ernestina narra la tragedia, una niña de escasos cuatro años de edad, se arrima a sus faldas, se queda quieta, sin pronunciar palabra, solamente atenta a lo que dice su madre, escuchando el drama familiar que, después de cinco años, sigue presente porque la mala nueva para Ernestina se presentó el 20 de mayo de aquel 2011, cuando fue informada que el cadáver de su esposo estaba en el Servicio Médico Forense de Ciudad de México y que debía de acudir a reconocerlo y a recogerlo.

Al enterarse del destino de su papá, María de Jesús, la hija mayor de Ernestina, que en aquel momento estudiaba la secundaria, cayó desmayada. Desde entonces, aunque ya han pasado varios años, sufre consecuencias post traumáticas que la mantienen postrada sin poder hacer una vida normal y Ernestina ha tenido que llevarla al médico una y otra vez, gastando lo poco que tienen en consultas y medicamentos, debido a que sigue con fuertes dolores de cabeza y ninguna instancia gubernamental las apoya.

Apoyada por el personal de la Oficina de Atención al Migrante del gobierno de Querétaro, Ernestina acudió a Ciudad de México el 25 de mayo de 2011, para reconocer los restos de Héctor, sin embargo el funcionario que la atendió nunca le permitió verlo, no le mostró ninguna pertenecía, porque, le aseguró que a lo habían encontrado totalmente desnudo. No le mostraron la ropa que llevaba su esposo el día en el que desapareció y que ella recordaba perfectamente: camisa azul, pantalón de mezclilla y zapatos de obrero color amarillo.

Ernestina pidió que por lo menos le enseñaran una mano, un pie porque ella podría reconocer los dedos de sus manos o de sus pies, sin embargo tampoco se los mostraron porque le dijeron que el cuerpo estaba en descomposición. Dijo que ella podría reconocer los dedos de las manos de su esposo porque él se había cortado la uña del índice derecho y le había quedado una cicatriz, además tenía una corona dental en la mandíbula superior, pero, aunque insistió, no le mostraron nada de esto, ni siquiera las fotografías del levantamiento del cuerpo cuando lo encontraron en las fosas clandestinas de San Fernando.

Tocada por el angustiante recuerdo, su corazón expuesto al dolor, a duras penas Ernestina contiene las lágrimas que amenazan con desbordar sus emociones y señala que tampoco le entregaron el cuerpo, debido a que las autoridades de Tamaulipas todavía no habían enviado el acta de defunción.

“¿Entonces, por qué y para qué me hicieron ir a la Ciudad de México en tres ocasiones?”, se pregunta angustiada Ernestina, sin entender por qué no le permitieron ver los restos de Héctor y sin comprender por qué terminaron diciéndole que a ella no le entregarían los restos de su esposo porque no sabían de qué manera iba a reaccionar, presuntamente preocupados por su salud emocional.

Finalmente, después de interminables y tortuosos trámites, el 10 de junio de 2011, a uno de los hermanos de Héctor Gutiérrez Aguilar, le entregaron un ataúd herméticamente cerrado, en el que supuestamente estaban los restos mortales de Héctor, pero condicionado a que ni él, ni nadie, deberían de abrirlo porque podrían incurrir en un delito.

Hoy, después de cinco años de aquel suceso que conmocionó a los habitantes de la Sierra Gorda queretana, Ernestina se encuentra desamparada económicamente, viuda y sus cuatro hijas huérfanas de padre. Sin embargo, lo peor es que en su vida se ha instalado la duda que los restos mortales que estaban en el interior del ataúd sean los de su esposo Héctor.

 

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