Sexualidad y violencia en la adolescencia

Durante la adolescencia se construye la identidad sexual y afectiva. Los adolescentes no desarrollan su sexualidad de forma aislada ni por instinto puro, sino que están profundamente influenciados por todo lo que les rodea; lo hacen inmersos en una cultura que históricamente ha normalizado el control, los celos y el dominio como si fueran sinónimos de amor.
Si no existe un correcto acompañamiento o se carece de una educación en materia de sexualidad, se corre el riesgo de que se crucen dos conceptos básicos: la sexualidad y la violencia. Este entrelazamiento ocurre cuando confundimos el afecto con la posesión. Al no contar con una educación integral basada en el consentimiento y el respeto, la violencia se filtra en sus primeras experiencias como una forma «normal» de relacionarse que se naturaliza. Por ello, es urgente separar la sexualidad del ejercicio del poder y el control.
Las violencias más peligrosas en esta edad son las psicológicas y emocionales, precisamente porque están muy normalizadas o camufladas bajo la idea del amor romántico; hablamos de conductas propias como revisar el celular de la pareja, exigir contraseñas, controlar el tipo de ropa que usan, con quién salen o condicionar el afecto (“si me quisieras, harías esto”). En el plano sexual, la forma más invisibilizada es la coerción. No siempre hay violencia física; a veces hay insistencia, chantaje emocional o manipulación para acceder a una muestra de afecto para la que no se sienten listas o listos. Si hay presión, chantaje o miedo, ya no es un acto consensuado, es violencia.
Es indispensable en los tiempos actuales mencionar cómo la tecnología ha modificado la expresión de la violencia de género entre los jóvenes. En este sentido, las redes sociales no inventaron la violencia, pero sí multiplicaron su alcance, su velocidad y su permanencia. Ahora la violencia puede ser de 24 horas, los siete días de la semana; el espacio seguro del hogar se quebranta. Vemos dinámicas muy complejas como el ciberacoso, la vigilancia digital (exigir la ubicación en tiempo real) y la violencia sexual digital, que incluye la difusión no consentida de imágenes íntimas (sexting sin consentimiento) o la extorsión con ese material.
Históricamente, los programas de prevención se enfocaban casi exclusivamente en las mujeres: en cómo cuidarse, cómo identificar el peligro o cómo denunciar. Eso dejaba fuera a la mitad de la ecuación. Incluir a los varones adolescentes es indispensable porque no podemos erradicar la violencia si no trabajamos directamente con quienes estadísticamente la ejercen en mayor medida o con quienes reproducen los roles que la permiten. Si logramos que los jóvenes cuestionen el machismo, aprendan a gestionar sus emociones y entiendan el consentimiento, dejaremos de formar agresores y empezaremos a construir comunidades seguras.
Además, es fundamental la labor de la familia y dedicar espacios para hablar de sexualidad, con confianza y sin miedo. Es esencial prevenir la violencia con los más jóvenes sin que sea un tema tabú, así como educar en el consentimiento y predicar con el ejemplo, ya que el hogar debe ser el primer espacio libre de violencia donde se dialogue de forma respetuosa.
Responsable de la Atención a Adolescentes en la estrategia de trabajo con hombres en la DIIGEPAZ UAQ