Opinión

Siguen los recuerdos

Sólo para nostálgicos…

Por: Salvador Rangel

El fin de año está cerca, y como si fuera inventario de negocio, el ser humano también hace balance del año que casi termina y tiene saldo a favor y en contra, y una que otra cuenta más bien “secreta”, algo así como una contabilidad doble, lo que no se puede declarar y debe permanecer oculto para no lastimar a nadie, es decir, yo la toco y yo la bailo.

Y los recuerdos vuelan a la mitad del siglo pasado, la década de los cincuenta en la ciudad de México, que tanto la han cambiado, prácticamente irreconocible para quienes la vivieron, padecieron y disfrutaron.

Época en que circulaban los ruidosos tranvías amarillos, tenían una caja de cristal donde se depositaban las monedas, había un empleado que vigilaba que se depositara la cantidad correspondiente y también cambiaba los billetes.

En el Zócalo algunas rutas de tranvías tenían su origen y destino, los armatostes amarillos al término de la jornada eran llevados a una depósito en la colonia Obrera, conocido como Indianilla, lugar donde en las calles vendían ricos caldos de pollo para los desvelados y etílicos que salían de los cabarets, que abundaban en la zona y en la colonia Guerrero.

Era la época de Ernesto P. Uruchurtu, el llamado “regente de hierro”, quien decidió que los cabarets de baja estofa cerraran a la una de la mañana y los de “categoría” a las cuatro, eso no fue impedimento para seguir la juerga, a la salida de los desveladeros en la colonia Guerrero, estaba La Terminal, El XXX, El Camelia, El Jardín, El Olímpico, El Java, El Gusano. Los autos eran pequeños para dar cabida a los que aún no terminaban la noche, claro, acompañados del sector femenino, dirían los del partido.

Los autos se encaminaban al Estado de México, donde la fiesta nunca terminaba, llegaban al Cuatro Rosas, ubicado por el rumbo de Cuatro Caminos, sólo una calle separaba al DF del Estado de México, cruce la calle y siga la fiesta, y como a todo hay que ponerle nombre, incluidos los cabarets y lugares de esparcimiento masculino nocturno, lo llamaron “El cinturón del vicio”.

Claro que llegar al Estado de México era exponerse a todo, desde meseros abusivos que a la hora de la cuenta cobraban hasta la fecha, hasta a asaltantes y a policías, donde no había diferencia, salvo que unos actuaban sin uniforme y otros con, finalmente el resultado era el mismo: desvalijados y golpeados, pero a los parroquianos, lo bailado nadie se los quitaba. Como que somos tradicionalistas y conservamos esa vieja costumbre, policías (transas, gordos y abusivos) que no cubren el perfil y como dicen, ahora no pasan el examen de confianza (para quién), pero ahí están.

En ese tiempo los autos de alquiler no tenían taxímetro, las dejadas eran a precio convencional, así que el noctámbulo que sobrevivía a la cuenta y a los asaltantes-policías, le hacía la llorona al taxista para que los llevara a casa. O bien esperar en la esquina hasta que pasara el camión, que bien podía ser el México-Tacuba, o el Circuito de Circunvalación, el “postergado” que llegaba a Tacubaya, según fuera el rumbo donde viviera el noctámbulo.

No todo era diversión nocturna, también había cines, estaba el cine Encanto, en Serapio Rendón en la colonia San Rafael, el Real Cinema, El Paseo en Reforma. El Roble, el Mariscala en la calle de Gabriel Leyva a media cuadra del entonces teatro Margo, ahora El Blanquita, en pleno centro de la ciudad de México, donde había un letrero a la entrada “prohibido entrar con elotes”.

De las películas estrenadas en esa época se pueden mencionar: Los olvidados, de Luis Buñuel, filmada por el rumbo de la iglesia de San Miguel, bajo el puente de Nonoalco, todo un drama urbano, que en algunos lugares no ha cambiado nada. La película ha sido declarada patrimonio cultural de la humanidad.

Doña Perfecta, dirigida por Alejandro Carrillo, y Espaldas mojadas con David Silva, el eterno éxodo de los mexicanos que tratan de pasar a Estados Unidos, ahora ya no son “espaldas mojadas”, sino indocumentados, cambia el nombre, pero la esencia es la misma.

Y los nostálgicos recuerdan esa época, ¿pero habrá quien la haya vivido y se acuerde de ella? O nada más los nostálgicos que tienen memoria de elefante, y eran pata de perro.

rangel_salvador@hotmail.com

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