SIN OFICIO NI BENEFICIO

Hoy me fui a acostar temprano, para salir a correr en cuanto clarée. Es que mi chava se enojó conmigo porque, me dijo, me la paso de vago: no voy a la escuela; no chambeo ni ayudo para nada a mi mamá; siempre estoy con que tengo mucho qué hacer, aunque me la paso en la calle. Quiero que ella se dé cuenta de que, cuando me propongo algo, lo hago, aunque no sabe que desde niño he sido muy enfermizo.
En esa época, mi mamá pagó a muchos doctores para que me revisaran y curaran, porque yo no tenía fuerzas para trabajos largos -ni cortos- o en los que tuviera que concentrarme. Ellos le dijeron a mi mami que no me encontraron ningún problema, aunque fui a muchos estudios de laboratorio. Decían que no tenía nada. Lo bueno es que ella, aunque tenía que trabajar para cuidarme a mí, su hijo único, no dejó de atenderme, sin que nadie la apoyara. Me decía que yo era el hombre de su vida: ¡Claro, sin marido y sin más hijos, sólo a mí me tenía! Por eso no he podido hallar chamba. En todos lados le piden a uno horarios fijos o trabajos de casi todo el día, desde temprano.
Cuando cumplí tres años de edad, mi mamá no sabía qué hacer: tenía que irse a trabajar, pero no me podía dejar solo. Le pidió a una vecina -que tenía dos hijos- que me atendiera mientras cuidaba a sus niños. Lo bueno es que la vecina se la pasaba casi todo el día en su casa, mientras su marido trabajaba en un taller para mantener a la familia. Y así se la fue pasando, dejándome en casas ajenas. Crecí, pues, con papás y hermanos “prestados”, pero siempre supe que tenía a mi propia madre. Si sé leer y escribir es porque me sentaba con los hijos de las señoras con que me dejaba Teresa, y me enseñaban cómo hacían sus tareas.
Crecí, pues, encargado con muchas señoras y en compañía de niños, pero desde chiquito supe que no tenía hermanos ni más madre que Teresa. Pero, para serles franco, siempre me sentí muy solo y quería que todos esos otros niños fueran mi familia, aunque, por otro lado, también me gustaba no tener más familia, pues los hijos de las vecinas se la vivíann en pleito con sus hermanos o teniendo que hacer lo que sus padres les ordenaban, aunque no les gustara obedecerles o no estuvieran de acuerdo con sus órdenes.
Con todo, en las noches, cuando mi mamá me recogía, me llevaba a casa y, después de cenar, me acostaba, yo fingía que me quedaba dormido. La verdad es que muchas noches sólo pensaba en la falta que me hacían un papá y varios hermanos. Teresa era muy buena mamá -era la mía- pero nunca pude hacerme a la idea de no tener a nadie más.
Por eso, ya que crecí, me junté con otros muchachos del barrio. Comenzamos a meternos a casas solas o nos vamos por el canal, con cervezas y algunas amigas, y “nos la pasamos a toda m…”. Cuando me ven en la calle las señoras de las casas donde crecí, me detienen y me preguntan a qué me dedico (eso quiere decir que “dónde estoy trabajando”). Siempre les contesto que estoy haciendo unos encargos, y con eso se quedan tranquilas.
La verdad es que yo no veo por qué tengo que estudiar o trabajar, como me dicen esas señoras. Con lo que conseguimos mis amigos y yo en las esquinas, pidiendo lana a los automovilistas o con lo que nos dan nuestros papás o nos sueltan los que nos tienen miedo estamos bien, comemos y bebemos lo que se nos antoja y no tenemos que preocuparnos por nada.
Los papás de algunos de los amigos que nos reunimos todos los días para beber nos dicen que así no lograremos nada, que tarde o temprano nos perseguirán y matarán, y que sería bueno que tuviéramos nuestra propia casa. A mí me parece que esos son consejos de gente que se cree superior o que se merece algo.
¡Total! Como sea, tarde o temprano nos hemos de morir. Si me llega pronto la hora, ‘pos ni modo. Cada minuto que vivo es, siempre, una ganancia para mí. “Me la paso a toda m…”.

