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Sobre la imposibilidad de discutir en serio

En México, la polarización ha dejado de ser un síntoma para convertirse en una arquitectura estable. No está puesta para sostener nada, pero se sostiene sola, como esas bardas que resisten por costumbre. En su interior habitan grupos que hablan, escuchan y se indignan desde marcos conceptuales que no coinciden en nada esencial, salvo en la convicción de que el otro está equivocado por definición.

En este país, las discusiones públicas avanzan como si todos compartiéramos la misma gramática del mundo. No es así. Lo que uno llama “dato”, el otro llama “sospecha”. Lo que algún sector interpreta como justicia, otro lo toma por vendetta. Las palabras circulan, sí, pero lo hacen como migrantes sin papeles: nunca llegan a destino. De ahí que los debates no produzcan encuentros, sino repeticiones. El adversario no se confronta; se reafirma.

A esto se suma una pasión nacional por reducir lo complejo a esquemas de bolsillo. La realidad, tan vasta, se comprime en dos o tres categorías heroicas que explican todo. La violencia es “un proyecto”. La desigualdad, “un invento”. La captura del Estado, “un malentendido”. Como si la magnitud de los problemas fuera una grosería corregible con una consigna acertada.

Estos recortes conceptuales ofrecen una claridad muy cómoda, como esas lámparas baratas que iluminan sólo lo que uno quiere ver. Si algo contradice el modelo propio, se descarta como error del universo. Si algo lo confirma, se celebra como triunfo de la inteligencia. Así, los marcos se endurecen hasta volverse dogmas portátiles. Y uno no discute con dogmas: apenas les hace sombra.

En los conversatorios y mesas de opinión, los participantes suelen hablar con la solemnidad de quien se dirige al porvenir, pero en realidad le hablan a su tribu. La escena es impecable: se mencionan cifras, se invocan principios, se citan autores. Pero nada de eso altera la estructura profunda del diálogo, que consiste en hablar para no ser desplazado, más que para entender algo.

El resultado es un país en el que la conversación pública se ha convertido en una simulación competente. Cada parte repite su modelo como si fuera un rosario cívico, sin advertir que la realidad -esa incorrección permanente- no cabe en ninguno de ellos. Lo que llamamos debate es, en rigor, una coreografía de posiciones fijas.

No hay motivo para el optimismo fácil. Cuando las categorías dejan de ser herramientas y se vuelven refugios, el pensamiento se vuelve incapaz de riesgo. Y un país sin riesgo intelectual se entrega a consignas que, por compactas, resultan indestructibles y, por indestructibles, inútiles.

Queda, sin embargo, una esperanza lateral. No está en la política ni en los foros, sino en esos momentos insignificantes donde dos personas logran escucharse sin intentar corregirse. Esos episodios mínimos -casi accidentes- recuerdan que el diálogo existe. Pero aparece a deshoras, como si tuviera miedo de ser visto.

Quizá la tarea no sea convertirnos en un país que discute, sino en uno que deja ocasionalmente de fingir que lo hace. Sólo entonces podría comenzar algo que, con suerte, se parezca a pensar.

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