Opinión

Sobre la necesidad de un revisionismo político e histórico

Por Rafael Vázquez

Raúl Scalabrini Ortiz, un importante pensador, filósofo, periodista y ensayista argentino, adherente a la principal corriente revisionista de la historia argentina, aseguraba que la subordinación ideológico-cultural de la América había sido la “Falsificación de la historia”. Escribía al respecto lo siguiente:

“Si no tenemos presente la compulsión constante y astuta con que la diplomacia lleva a estos pueblos a los destinos prefijados en sus planes y los mantiene en ellos, las historias americanas y sus fenómenos sociales son narraciones absurdas en que los acontecimientos más graves explotan sin antecedentes y concluyen sin consecuencia. En ellas actúan arcángeles o demonios pero no hombres… la historia oficial es una obra de imaginación en que los hechos han sido consciente y deliberadamente deformados, falseados y concadenados, de acuerdo a un plan preconcebido que tiende a disimular la obra de intriga cumplida por la diplomacia, promotora subterránea de los principales acontecimientos ocurridos en este continente”.*

 

La historia es un ente que se construye por y para los individuos. Debemos dejar de verla como aquella lejana cátedra que se da en las aulas… la historia está viva y es constantemente marcada por una serie de acontecimientos políticos y sociales que atañen al individuo en su cotidianidad.

¿Por qué es importante conocerla? Según Arturo Jauretche, importante ensayista sudamericano, el no hacerlo nos produce una desfiguración del pasado, permite que no sepamos cómo hacer una política nacional aprendiendo de los errores:

“Lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia en que ésta, es sólo un instrumento de planes más vastos destinados precisamente a impedir que la historia, la historia verdadera, contribuya a la formación de una consciencia histórica nacional que es la base necesaria de toda política de la nación”.

Los discursos de la semana pasada de Josefina Vázquez Mota, así como los de Enrique Peña Nieto, son el mejor ejemplo de la desfiguración de la historia.

La candidata de Acción Nacional habló de “estabilidad y prosperidad”, también de ser “constructores de paz”, ¿Se le olvida la miseria en la que está sumido el pueblo de México? ¿Se le olvida el fiasco que resultó ser Calderón como “Presidente del empleo”? ¿Acaso se le olvida que su partido –actualmente en el poder– es el causante de una guerra que ha dejado un saldo de muertos que ni la dictadura de Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina iguala juntas en número?

Por otro lado, el candidato del Partido Revolucionario Institucional habló del mal gobierno, de la corrupción, de los sexenios perdidos, de la pobreza, de los indígenas, de la educación y la salud. ¿Acaso no es su partido el responsable directo de la falta de hospitales y escuelas? ¿No gobernaron y crearon redes de corrupción durante 70 años que aún se pagan con rezago y con deuda? ¿No fueron los gobernadores de sus mismas filas las que negociaron con Felipe Calderón en el 2006 para inflar los votos a favor de él?

Pareciera ridículo, pero en términos discursivos, los candidatos se lavaron las manos y las responsabilidades sobre el mal manejo que han tenido sobre este país. Es tal y como lo describieron los ensayistas argentinos, como si la política fuera operada por individuos ajenos a ellos, como si no fueran directamente responsables y su presencia obedeciera más a un designio salvador que a la búsqueda de una continuidad de la falsa historia.

Lo realmente nocivo es que al no asumir los errores del pasado, al continuar por la vereda equivocada, cada vez vamos perdiendo más el rumbo de nación; seguir por el mismo camino es una ruta suicida a la barranca de la deuda, la crisis, la desigualdad, la pobreza, la exclusión y el subdesarrollo.

Los candidatos no prometen renovación de la vida política, no presentan una alternativa diferente a lo que han enarbolado durante años y cuyos funestos resultados los sentimos día a día. La inseguridad, la impunidad, el tráfico de influencias y las riquezas mal habidas no son gratuitas.

En este sentido, es verdad lo que dice el candidato del PRD, PT y Movimiento Ciudadano; hay cuatro candidatos, pero sólo dos proyectos de nación. Y el que presenta el PRI, el PAN y Nueva Alianza nos ha conducido hasta el triste lugar en el que nos encontramos.

Podemos parafrasear aquella famosa frase de “Pueblo que no conoce a su candidato –o a su partido– está predestinado a repetir los males a los cuales ya se ha malacostumbrado”.

* Scalabrini Ortiz, Raúl, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Ed. Sol 90, 2001, Págs. 46 y 47.

 

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