Opinión

Somos iguales y tan diferentes (Segunda parte)

Por Nicolás Tapia

El resto vive su realidad con asombro o resignación. Algunos con las esperanzas puestas en Pizarro, Vargas y Farfán, otros viviendo el mejor momento de su historia y portando La Vinotinto con un orgullo desmesurado, algunos saliendo del cuento de la cenicienta ecuatoriana que duró ocho años y dos mundiales, además de los que siguen con recuerdos empolvados de aquel Diablo Etcheverry y el mundial de Estados Unidos 94, sin olvidar a los que comienzan a ver un equipo como aquella máquina metegoles en las épocas de Pablo y Andrés Escobar, con un “Pibe” que fue traído al mundo por los dioses, o silenciosos pero efectivos como el pueblo guaraní, con Roque de salida, Cabañas disparado en la cabeza pero un Tacuara que la rompe donde juega.

Un semillero de jugadores donde el objetivo primario es cruzar el charco y cobrar en euros. ¿Y los que no pueden? ¡Viva México, cabrones!

Mis compatriotas sudamericanos llegan a México, algunos a cobrar, otros a romperla. Los ídolos y villanos siempre han existido, sólo que aquí en México este título se adopta en una rapidez y cantidad exponencial. Una de cal por una de arena. Cementeros llorando por la partida de César Delgado, tiempo después los mismos con la sonrisa de oreja a oreja con la salida de Biancucchi. Americanistas entregándose en cuerpo y alma a Claudio López, tiempo después aventando huevos a los autos de Castroman, Bilos y “Súper” Richard. Mi corazón Tigre ha hecho que se me haya pasado por la cabeza mandar a hacer un lanzadardos con la cara de Guillermo Marino, pero luego me acuerdo de las jugadas que nos brindaba Gaitán y Silvera, más las de Lobos en la actualidad, y cuelgo el teléfono. Aquí se juega con un balón y no una pelota. El “aficionado” te va a gritar a la cancha, no el “hincha”. El “¡venga!” reemplaza al “¡vamoh!” en el palco, mientras que el “¡sí se puede!” es el sustituto del “¡poné huevoh!” en galería. Estadios llenos hasta en la segunda división (tú no Tecos) donde la cerveza forma parte fundamental de este escenario, cosa que en Sudamérica se aceptará el día en que Schwarzenegger reemplace a Obama en la Casa Blanca.

En México, la decisión de vestir y representar un color es más fácil. No porque los equipos grandes no existan, sino porque la irregularidad es más constante que la misma participación de la selección nacional en las copas del mundo. Irregularidad constante que equivale a ocho campeones diferentes en los últimos 10 años. Y a diferencia de Sudamérica, si eres de un equipo provincial (a excepción de los Tecos, Jaguares o el “ascendido”) no eres raro. Ya seas seguidor de las masas (Guadalajara, América, UNAM, Cruz Azul), de hueso colorado (Monterrey, Tigres, Atlas), seguidor local (Morelia, Querétaro) o de los que viven del pasado (Puebla, León, Necaxa), tendrás diez mil detrás de ti, pase lo que pase.

Alegrías y traumas, por supuesto han ocurrido también. Aquí la peculiaridad es que las tristezas las brindan los grandes y las alegrías los jóvenes. ¿A quién no se le forma un nudo en la garganta de coraje y frustración cuando recordamos a McBride y Donovan gritando sus goles en el estadio Jeonju? El “hijo”, el “siempre te ganamos”, el “dedícate al basquetbol y al béisbol” nos dejaba fuera en nuestro juego. Cuatro años después nuevamente lo mismo, o sea, ¿quién nos explica que la pierna derecha de Maxi Rodríguez se usó una vez para subir a un autobús en Avellaneda y una vez para hacernos llorar con un golazo de 30 metros en los tiempos extras? Sí, siempre a México. Sí, jugamos como nunca y perdimos como siempre. Y no nos bastó, sino que nuevamente cuatro años después, el odiado Pitbull (con la ayuda del árbitro) nos mandaba de vuelta para la casa. Si se preguntan en este momento “¿Por qué este chileno habla de México en primera persona del plural?”, es porque tengo un tatuaje con la bandera de México y de Chile con tinta en mi brazo derecho, además de otro sin tinta en mi corazón.

Entonces… ¿Siempre nos quedamos en el “ahí nomás”? No. Muchachos de 17 ó 16 años tienen que venir a enseñarnos que el talento existe pero la mentalidad se pule a sudor de sangre. El “hermano de Alejandro Vela” o “el Ronaldinho mexicano” lo hicieron una vez en el 2005. El “del turbante en la cabeza” lo volvió a repetir en el 2011.

La pelota es redonda, ya sea en Tijuana o en Ushuaia. ¿Somos diferentes? Sí. ¿Jugamos diferente? Sí. ¿Lo vivimos diferente? Sí. Pero al final, el futbol es el futbol. Te acostumbras y te vuelves parte de él, como en todo otro aspecto de la vida. Cuando te vuelves ciudadano de dos culturas, te da igual “meter un caño” o “hacer un túnel”, “echar una reta” o “jugar una pichanga”, odiar a Juvenal Olmos u odiar a Hugo Sánchez. Yo en lo personal, visto la “Roja” o la “Verde” con el mismo orgullo y quiero seguir pensando que la gran diferencia entre ambos es que en México te enseñan a meter un gol con un cambio de juego de 35 metros, en Sudamérica te enseñan a meter un gol habiendo hecho un “caño” o una “bicicleta” primero. Para mí eso es lo bonito del futbol, una jugadita, un descarado que falta el respeto.

Lo ideal es que algún día salga el Simón Bolívar del futbol y generemos una sola patria futbolística.

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