Opinión

Somos iguales y tan diferentes

Por Nicolás Tapia

Sudamérica, tierra de oportunidades y de injusticia, de altiplanos y amazonas, del hincha y del devoto cristiano. México, tierra de oportunidades y de injusticia, de desiertos y riveras, del aficionado y del fanático religioso. Hablamos el mismo idioma, pero como cada acento en cada región, el deporte más hermoso del mundo varía junto con él. En el español azteca le llamamos futbol y allá abajo se escucha como fútbol (o fúhbol, como muchos lo hemos pronunciado por años). La acción de patear un balón aquí o allá puede ser tan simple, pero no para una persona que ha vivido casi la mitad de su vida en tierras aztecas y el resto de ella en suelo andino.

Cuando llevas casi nueve años viviendo en un país que no es el tuyo, pero hablas el mismo idioma y la sensación de ver un balón rodar es semejante, aprendes a identificar los rasgos distintivos de cada estereotipo de jugador, árbitro, hincha, periodista, DT, familia del hincha o persona cuyo andar en la vida gira en torno al futbol local.

Es entonces cuando te das cuenta que la palabra “gol” suena y sabe distinto, ya sea gritado en La Bombonera de River a La Bombonera de Toluca. No es un misterio que el primer regalo de un bebé latino es una pelota, sin embargo, el cómo desarrollamos nuestra vida en torno a la redonda es la gran diferencia entre el norte y el sur.

En Chile, la gente nace gritando gol. Pocos son los que consiguen escapar a la decisión obligada de representar los colores del “Cacique” (Colo-Colo), la “U” (Universidad de Chile) o los “Cruzados” (Universidad Católica), así como los equipos que consiguen triunfar sin llevar estos nombres. Si vives en la capital y eres de un equipo pequeño de moda como el Audax Italiano o la Unión Española, te miran como si fueras puertorriqueño y escucharas rock. Ni que decir si te gusta un equipo de provincia, o sea, “en serio, pobrecito. Mejor apoya a un equipo de la liga boliviana”. El futbol chileno es muy peculiar. Peculiar porque somos muy buenos y somos muy malos, somos fanáticos a morir e indiferentes cuando las cosas no resultan.

El culpable de este sentir han sido las múltiples alegrías y traumas que nos ha brindado la selección nacional o los equipos locales. Traumas como aquella eliminatoria para el mundial de Corea-Japón 2002 que nos dejó en el último lugar de la tabla, por debajo de aquella Venezuela de los viejos tiempos (la que se comía cuatro o cinco pepinos hasta del representante de Guayana Francesa) con unos números espantosos con tres partidos ganados, tres empatados y 12 perdidos.

Sin embargo, una de esas tres victorias fue contra Brasil y por tres a cero… de esas cosas inexplicables que por más que le des vuelta, ni Jaime Maussan te libra de la duda. Como olvidarnos de aquel Colo-Colo del 2006 que jugaba mejor que el Barcelona de Messi en PlayStation. Un tridente asesino, con el “Mati” Fernández (nacido en Argentina), el “chupete” Suazo y el “niño maravilla” Alexis Sánchez, arrasaron con Huachipato, Coronel Bolognesi, Alajuelense, Gimnasia y Esgrima de la Plata, Toluca y… el Pachuca se quedó con la copa.

Bueno, fue un golpe duro para los chilenos y para el “Mati” también, que entró en depresión y nunca volvió a ser el mismo 10 que hizo que hasta un argentino comentara en televisión abierta: “¡Che, Mati… por qué no vestís la albiceleste por el amor de Dios!”. Alegrías las hemos tenido. Cuando clasificas a un mundial donde eres un perro de la calle y juegas contra rottweilers, boxers y pitbulls para luego escuchar tu himno nacional en un estadio de Sudáfrica, es razón suficiente para soltar una lágrima y reír, sentir la felicidad genuina.

El Rottweiler porta una camiseta celeste y hace uso de su “garra charrúa”. Aquella garra que por muchos años se ha figurado en la mente de la mayoría como un Diego Lugano pateando al delantero o múltiples Gargano, Diego Pérez y Pereira, pensando que están jugando contra los All Blacks. Yo vi la verdadera garra. La vi en el “Soccer City”, junto al llanto y sonrisa de Luis Suárez y la sonrisa y llanto de Asamoah Gyan. Para mí, un país que logra sacar piernas talentosas y envidiables en un número abundante y constante de entre tres millones y medio de habitantes, no es de admirar, sino de gritar con el alma y soltar una lágrima de orgullo, cada vez que el balón cruza la línea.

Al Boxer le dan la pelota mucho antes que a los demás: en la sala de parto. Este individuo juega y baila al mismo tiempo. Es la muestra viviente del “Ginga” o “Jogo Bonito”. La mayor fábrica exportadora de piernas futbolísticas sólo sonríe y juega. Desde Pelé hasta Neymar, pasando por Zico, R9, Ronaldinho, Kaká y muchos más, portando siempre el estereotipo de persona con una sonrisa en la cara, multifuncional y que te pone el balón donde se lo pidas (Excepciones siempre habrá. Lo siento Alex, Felipe Melo y Dunga). Brasil es el país del fútbol a nivel mundial.

El Pitbull es odiado por todos. A nadie le causa gracia y sabes que si te descuidas, te morderá. Este ente respira, habla, suda y vive futbol. Equipo al que se enfrenta, es un clásico. Tú naces en Argentina y te enseñan dos cosas: El futbol es tu religión y Diego es tu Dios. Odiados siempre lo serán, así como envidiados por la clase y pasión con la que su vida gira en torno a la redonda. Argentina es capaz de sacar jugadores que desprecian la camiseta y sólo juegan por el olor de los billetes como Batistuta, jugadores que son capaces de representar y salir campeones con selecciones mejores que la misma albiceleste como Trezeguet y Camoranesi, jugadores que a pesar de cometer error tras error, tienen hasta su propia religión como el gran Diego y marcianos de otra galaxia que simplemente uno no se explica como pueden jugar de una manera tan perfecta como Messi y Aimar. Factor común: todos son unos genios dentro de la cancha.

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