Opinión

¿Son compatibles la ciencia y la religión?

Por Daniela Ávila


La mayoría de los mexicanos profesan alguna religión mientras que solamente el tres por ciento de ellos se declaran ateos. Se ha propuesto la hipótesis que mientras más instruida es la gente, menos probable es que crean en Dios. Sin embargo, al indagar la actitud de los científicos, quienes en teoría son de las personas con mayor nivel educativo, es curioso notar que algunos de ellos se declaran religiosos.


Un estudio realizado en 1998, publicado en la prestigiosa revista Nature, señala que una parte de los científicos estadunidenses biólogos y físicos (alrededor del 40 por ciento) admite creer en “la existencia de un Dios influenciado por la oración”. Este porcentaje corresponde a la comunidad conformada por científicos profesionales comunes, y aunque el porcentaje es mucho menor dentro del grupo de científicos de gran renombre, es obvio que se tiene una tendencia a creer en algo.

 

¿Entonces es posible reconciliar a la ciencia con la religión? En realidad no. Decir que la ciencia y la religión pueden ser compatibles es una tontería. ¿Por qué? Sencillamente porque ambos campos se encuentran dentro de universos distintos.

 

Veamos algunas definiciones: la ciencia abarca todos los estudios que intentan comprender a la naturaleza, por medio de la acumulación de datos usando métodos racionales (llámese el método hipotético deductivo o el método científico), y los resultados o conocimientos generados deben ser puestos a prueba y ser reproducibles.

 

En cambio la religión no se basa en experimentos para llegar a la verdad, sino en dogmas establecidos por una autoridad máxima jerárquica, asumiendo que es verdad absoluta, por lo que es tonto el querer exigir pruebas de la verdad absoluta.

 

Hay que recordar que la ciencia no nos muestra verdades absolutas, el conocimiento obtenido no es algo definitivo o permanente, éste puede modificarse con el paso del tiempo a través de nuevos descubrimientos y la adquisición de nuevos postulados o teorías.

 

Por donde le busquemos, la religión y la ciencia son incompatibles en función del criterio de verdad que cada una de ellas utiliza: la fe por parte de la religión y la razón por parte de la ciencia. A los científicos se nos acusa de ser gente amoral, se cree que podemos ser un peligro para la sociedad y esto es más marcado dentro de un país en vías de desarrollo, en el cual la mayoría de sus ciudadanos no tiene la preparación necesaria como para preferir leer una revista con contenido de análisis político o de divulgación científica en lugar de TV Notas, que es la cosa más leída en este país.

 

Los valores humanos no son asunto por completo de una serie de reglas con supuesto origen divino que hay que atacar sólo porque una institución que no paga impuestos lo diga; también forman parte de la madurez racional de toda la comunidad, es por ello que hay que promover el pensamiento crítico en la enseñanza educativa y no tener a una masa de gente asustada que busca consuelo en la religión, que piensan que vinieron a este mundo a sufrir porque en el más allá todo eso les será recompensado.

 

Ciertamente, el que la mayoría de las personas crean en algo tiene bases neurobiológicas: en un estudio realizado con monjas carmelitas, al monitorear su actividad cerebral cuando se encontraban en estado de concentración con la oración, se registró actividad neuronal en regiones específicas del lóbulo temporal derecho del cerebro.

 

Y en otro estudio controversial en el que se indujo la activación de esa zona del cerebro mencionada, mediante débiles descargas electromagnéticas, los participantes del experimento afirmaron haber sentido una “presencia extraña”. Es por ello que, aunque la ciencia y la religión son irreconciliables, no está mal que algunas personas, incluyendo a los científicos, tengan sus creencias espirituales, pues así como las personas nos caracterizamos por el uso de la razón, también tenemos emociones. Como dijo Miguel de Unamuno, el ser humano es una contradicción andante: somos y queremos seguir siendo un espíritu antinómico en el cual no queremos que haya paz entre nuestra fe y nuestra razón, queremos más bien que peleen entre sí. De eso se trata la vida, de contradicciones; si no las hubiera, todo sería muy aburrido.

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