Opinión

Stalin no fue comunista

Por: David Eduardo Martínez Pérez

La Unión Soviética nació y murió en octubre. Algunos celebran los dos hechos como elementos significativos para el mundo contemporáneo. Otros, celebran sólo el primero mientras ningunean el segundo por verlo como un “triunfo” del modelo neoliberal sobre el “paraíso” que se vivía detrás de la llamada cortina de hierro.

Quienes sostienen esta visión consideran que las acusaciones sobre los dirigentes soviéticos de actuar como verdaderos líderes dictatoriales, obedece de manera exclusiva a la “propaganda negra” que se realizó contra el bloque del este desde los países con economía capitalista. El problema es que el argumento es maniqueo y no se aleja de quienes desde la reacción pontifican sobre las “leyendas negras” acerca de la conquista y la hegemonía católica en la Nueva España.

 

Tampoco se alejan de los que, desde la ideología fascista, niegan el holocausto judío y rechazan el sufrimiento provocado por los nazis durante la segunda guerra mundial. El problema está en que mientras las últimas dos opiniones hoy carecen (justamente) de cualquier tipo de credibilidad académica, existe todavía algún grado aceptación social ante la apología de lo soviético.

No niego que a diferencia del fascismo, el comunismo pueda defenderse. Lo que niego es que en un sistema democrático exista la más mínima posibilidad de que los esquemas totalitarios se acepten como elementos positivos para organizar una sociedad.

 

Más allá de la propaganda o de la posible infiltración que pudieran haber sufrido los regímenes que germinaron a la sombra de los soviets, me parece que sobre la mesa hay una cantidad importante de elementos que merecen consideración antes de exaltar a Stalin o a Kruschev.

 

Primero que nada está la ampliamente documentada represión ejercida contra los disidentes. Con Stalin iniciaron las grandes purgas encargadas de exterminar, ya no a quienes no simpatizaban con el dictador, sino a todo aquel señalado por el régimen como sospechoso.

Solo la idea de perseguir a Lev Trotsky hasta Coyoacán y exaltar a una turba fanatizada para tomar por asalto su casa, resulta francamente macabra. Llevarla hasta el extremo de pagar a un mercenario catalán por asesinarlo en su propio estudio, es una muestra de ejercicio del poder que en lo personal a mí me resulta repugnante.

Estas purgas no se redujeron al estalinismo. Continuaron de forma indiscriminada durante la década siguiente, llevándose entre las patas al mismísimo Laurenti Beria, el brazo derecho de Stalin. A esto habrá que sumarle el engorroso sistema de permisos y la burocracia llevada hasta los límites con la vida cotidiana. Un residente de San Petersburgo no podía visitar a sus parientes en Moscú al menos que desde el estado se le otorgara permiso.

La evidencia de lo anterior no viene sólo de occidentales, sino inclusive de disidentes soviéticos que tuvieron que ir de vacaciones al gulag por manifestar su inconformidad ante semejantes límites a la libertad individual. Es el caso de Alexander Solzhenitzyn, quien por cierto ha sido acusado sin fundamento por los amantes del soviet de haber sido agente de la CÍA.

Lo mismo puede decirse de la injustificada invasión a Hungría en 1956 o del atroz fin que tuvo el experimento de socialismo moderado que impulsó Alexander Dubcek en Checoslovaquia tras la intervención de tropas soviéticas en Praga.

No es conveniente caer en el juego reaccionario de acusar al comunismo en sí por todos estos problemas, pero tampoco podemos prestarnos a esta confusión de términos tan terribles y aceptar que la izquierda debe ser igual a Stalin. Stalin no fue comunista, Stalin fue un dictador que se valió del estado y del comunismo para generar un monstruo burocrático y totalitario muy parecido al que nos gobernó setenta y dos años (y nos gobierna ahora), colgándose del cadáver de una excelente idea llamada revolución.

P.D: En un artículo que publicó la semana pasada, el profesor Ángel Balderas Puga acusó a los “mirones” de ser igual de culpables de la privatización del petróleo que los privatizadores. La acusación me recuerda un poco esa cosa tan terrible que inventó la iglesia con el nombre de “pecado de omisión”. Espero que no se transforme en un punto de partida para dividir al mundo en “buenos y malos” bajo la idea proto-fascista de que el que no está conmigo está contra mí. Conozco al profesor Balderas y dudo que sea esa su intención, habrá que ver si así lo entienden sus lectores.

 

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