Opinión

Steiner y Wagensberg trenzados

Por Ricardo Rivón Lazcano

 

¿Qué significa envejecer? ¿Es realmente inevitable? ¿Existe alguna ley fundamental de la naturaleza que obligue a envejecer y a morir? ¿Es la muerte un mero incidente de la evolución? ¿Quién se beneficia de mi humillante decrepitud? Muchos son los que confían en la eternidad en el más allá. Vale. Pero, ¿podemos soñar también con una eternidad teórica en la realidad física del más aquí?

Uno: la reflexión. Es la mínima expresión del diálogo. Ocurre entre una mente y ella misma. Ella se pregunta y ella se contesta. La reflexión fomenta la independencia del individuo frente a la incertidumbre.

Dos: la conversación. Uno habla después de escuchar mientras el otro escucha antes de hablar. En el Fórum hay buenos rincones para este clásico. La conversación fomenta la reflexión.

Unos diez: la tertulia. Participan los que pueden sentarse juntos en torno de una mesa, contemplar juntos una exposición o pasear juntos como maestro y discípulos. El Fórum está para eso. La tertulia fomenta la conversación.

Unos cien: la conferencia. Se reúnen en un aula o en una sala para escuchar a unos oradores lejanos pero aún presentes. Tras la ponencia, cualquiera puede tomar la palabra e iniciar un amago de conversación. En el Fórum se han previsto espacios para ello. La conferencia fomenta la tertulia.

Unos mil: la ceremonia. Acuden para asistir a discursos y espectáculos. Grandes pantallas sustituyen a las antiguas máscaras para magnificar la expresión de un rostro imperceptible. Imposible conversar, pero se puede aplaudir o abuchear. En el Fórum hay un auditorio para más de tres mil. Nunca me he sentido empujado por una ceremonia hacia algo que acabe en reflexión.

Las decenas de miles (el gran mitin), los centenares de miles (el gran espectáculo) y los millones (la gran manifestación) se concentran, previa identificación colectiva, para felicitarse por su propia enormidad. Ya son, más bien, para dormir la reflexión…

Steiner colega

http://imagenen1.247realmedia.com/0/default/empty.gifUn flanco crítico que aborda Steiner se refiere a lo que podría llamarse “la nueva traición de los intelectuales”. Es decir, el que alude a los desastres producidos por la idea de “corrección política” aplicada a la enseñanza, inspirada por una “política de la cobardía”, que amordaza y silencia el magisterio, al aceptar el chantaje sentimental de las diversas formas de la politiquería y de populismo (cfr. cultura chicana, feminismo, poscolonialismo) que corroen la institución universitaria, y que han hecho de las universidades una sucursal tan subversiva como neutralizadora de los periódicos y los medios de información, comprometiendo en el cotilleo, en el cuchicheo mundano del más bajo nivel, la autoridad pedagógica. Esto es tanto más grave cuanto que George Steiner reconoce en la continuidad milenaria de la educación “el eje de lo que llamamos –siempre de modo provisional– cultura de Occidente”. De esta forma, resulta que la inocente propuesta de un libro más sobre “los grandes pedagogos” –para echar mano del título clásico del francés Jean Château– se transforma en un incisivo y audaz diagnóstico de las patologías que amenazan y corroen, ya no sólo la educación en el mundo contemporáneo, sino la sociedad misma en esa instancia raigal y originaria que es la de la educación.

Un soplo vivificante sobre el cuerpo extenuado de la educación contemporánea, como una apología y una defensa de la paideia tradicional y como una requisitoria vivaz y un pliego incriminatorio dirigido en contra de una sociedad de masas y de consumo masivo que, al parecer, ha tomado la decisión –o ha dejado que otros, los aburridos y los no entusiastas, la tomen por ella– de suicidarse y autodecapitarse ante la indiferencia y ausentismo moral de sí misma, de su propia ciudadanía desprotegida o sobreprotegida por el desempleo o el seguro contra el desempleo. Castañón refiere.

La realidad de este mundo…

Es, con mucho, lo que tenemos más a mano. La realidad tuvo un principio. No tenía por qué haberlo, pero todo es como si lo hubiera habido. La eternidad no es simétrica. Se extiende indefinidamente hacia el futuro, pero no hacia el pasado. La eternidad empezó. En esta idea, curiosamente, se encuentra cómodo cualquier tipo de conocimiento, el científico, el artístico, el revelado… Tras ese principio siguió una sopa homogénea de quarks y hoy, unos 13 mil 700 millones de años después, resulta que hay objetos inertes, objetos vivos y, sobre todo, objetos pensantes capaces de comprender la realidad a la que pertenecen. Spinoza resumió toda la cosmología, casi sin querer, en una sola frase: las cosas tienden a perseverar en su ser. Su tremenda potencia procede de su semitrivialidad: lo que existe es porque logra perseverar. Pero se persevera de tres maneras distintas. Los objetos inertes perseveran con sólo seguir existiendo, por lo que su gran virtud es la estabilidad. Los objetos vivos perseveran con sólo seguir vivos, por lo que su gran virtud es la adaptabilidad. Y los objetos pensantes perseveran con sólo seguir comprendiendo, por lo que su gran virtud es la creatividad. Lo único cierto en este mundo es que el mundo es incierto, por lo que perseverar es un continuo forcejeo contra la incertidumbre. Los objetos inertes se someten dócilmente a la incertidumbre, los vivos la modifican y los pensantes, ¡la anticipan!

2001: una odisea espacial

Arthur C. Clarke, el escritor y científico, empieza el prólogo de su 2001: una odisea espacial con unas palabras que hacen volar la imaginación por el espacio de la galaxia entera y por el tiempo desde el mismo amanecer del hombre en el planeta: “Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra”. Clarke prosigue así: “Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo”.

Ahí donde la ciencia pierde su licencia, continúa libremente la literatura. La ciencia es una ficción de la realidad de este mundo, la literatura es otra clase de ficción que permite inventar otros mundos. El tiempo pasa. Siempre acaba pasando. Es sólo una cuestión de tiempo.

Eternidad sin futuro

La realidad existe y, además, es inteligible. Es la hipótesis del mundo real, el punto de partida de todo conocimiento científico. No importa tanto si esta doble hipótesis es cierta o no, el científico la necesita para darse moral cuando se enfrenta a la comprensión de la realidad. Pero hay momentos extremos –los más relajados y los de mayor tensión– en los que el científico se siente con licencia para filosofar: ¿Cómo distinguir lo real de lo que no lo es? ¿Por qué habría de ser todo comprensible? A Albert Einstein se le atribuye una frase perturbadora: “Lo más incomprensible del mundo es que el mundo sea comprensible».

 

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