Opinión

Temas cotidianos

Perspectiva 2013

Por: Sergio Centeno García

Hace unos días viví de cerca una de las tragedias más terribles que pueden suceder en una sociedad: el caso de un hombre de 35 años que asesinó a sus tres hijos y luego se quitó él mismo la vida. Uno de esos desafortunados niños, la mayor, era estudiante del plantel Bicentenario de nuestra Escuela de Bachilleres de la UAQ, pues este evento tan lamentable ocurrió en la delegación de Santa Rosa Jáuregui. La niña también fue alumna de la materia de Lógica que yo imparto. Sobre el hecho mismo tengo poco que decir, fue una desgracia terrible. Pero diré que tuve la oportunidad de asistir a la velación de los cuerpos hasta entrada la madrugada y me tocó la suerte de conversar con uno de los familiares más cercanos. Esta persona me contó que la madre de los niños ya había levantado una denuncia contra el futuro asesino y que incluso días antes había solicitado a las autoridades el apoyo de una patrulla que estuviera al pendiente, pues el papá de los niños ya había amenazado repetidas veces con matar a los niños si no se arreglaba la situación entre su esposa y él.

¿Qué hicieron las autoridades? Nada. Caso omiso. Entiendo que deben tener mucho trabajo y pocos elementos como para destinar una patrulla para cuidar a unos niños inocentes que ya habían sido amenazados, pero sé que pudo haberse intentado algo para protegerlos. Esta persona me dijo que al parecer había tomado conocimiento del caso una instancia, que me imagino pertenece a la PGJ, denominada “Centro de Justicia para la Mujer” o “Centro de Atención para las Mujeres”, no recuerdo bien porque ni la señora misma supo decirme cómo se llamaba esta institución.

El caso es que esta instancia gubernamental nada hizo por proteger a los niños, pudiendo haberlo hecho, simplemente se desentendieron del caso y ocurrió la lamentable tragedia. Por supuesto que es éste un caso evidente de omisión o negligencia, pues teniendo la información, la correspondiente denuncia y la petición constante de auxilio por parte de de la madre de los niños, nada hicieron.

Y la PGJ o la instancia “Centro de Justicia para la Mujer”, o el Gobierno Estatal-Municipal, bien que lo sabían, porque el día del entierro de los tres infortunados niños, se pudo atestiguar gran movilización gubernamental para atender a los familiares.

Por ejemplo, pude observar que las lujosas carrozas fúnebres (Suburban de color negro), no pudieron haber sido pagadas por los familiares de los niños y menos por la atribulada madre. Además de eso, pude ver a dos señoras “encopetadas” que tenían toda la apariencia de ser funcionarias de gobierno, montadas en una Suburban arena o café, solícitas atendían a la mamá de los niños y hasta la transportaban o intentaban transportarla en dicho vehículo. Esas mismas señoras encopetadas se trasladaron incluso hasta el panteón de Santa Rosa Jáuregui en su afán de “atender” a la señora. Los comentarios de algunos dolientes al ver semejante actitud de servicio por la parte gubernamental comentaban: “¿Ya pa’qué?, los hubieran cuidado antes”.

La madrugada del velorio también pude ver a algunos individuos raros, sospechosos, que no encajaban en la escena de dolor, uno de ellos se mantuvo siempre cerca de la mamá de tal manera que yo lo confundí con un familiar al momento de acercarme a la señora y comentarle que representaba de algún modo a la escuela en donde su niña estudiaba y me ponía a sus órdenes. Le pregunté a esta persona si era familiar y me dijo que no. Muy raro.

Finalmente, el día del entierro de los cuerpos, como a eso de las tres o tres y media de la tarde, el individuo que siempre se mantuvo cerca de la señora madre la llamó hacia donde se encontraban las dos señoras encopetadas y ellas algo le dijeron, y unos minutos más tarde, una de las catrinas damas hizo una llamada por su celular y le pidió a las señora si podía hablar con la persona que estaba al teléfono. ¿Quién llamó? ¿El procurador? ¿El presidente municipal? ¿El gobernador? Sólo la señora y sus familiares más cercanos lo supieron. Lo cierto es que la tragedia tan terrible que ocurrió el 23 de mayo en una casa de Infonavit –viviendas que son una burla para la gente pobre, pues sólo tienen una recámara y están construidas en un espacio de no más de 15 metros cuadrados–, tal vez pudo haberse evitado si las autoridades hubiesen atendido la llamada de auxilio que la mamá de los niños hacía frecuentemente, en el sentido que le brindaran protección.

Ojalá que esto sirva de experiencia para que en cualquier caso de amenaza semejante, no se tome tan a la ligera, pues como ya he apuntado en otras colaboraciones, el odio reprimido y las enfermedad mental en un mundo como el nuestro están demasiado cerca, en las personas que aparentan ser de los más común.

 

Pasando a otro tema lanzo una pregunta: en el asesinato de un joven de 18 años en La Laborcilla, El Marqués, Querétaro, por presuntos empleados de seguridad privada de un fraccionamiento en el municipio del Marqués, ¿es creíble que estos señores hayan actuado por iniciativa propia? Por supuesto que no. Y entonces: ¿Quién mandó a los guardias privados a desalojar un grupo de seres humanos que, como en Atenco, sólo defendían sus tierras de la rapacidad de los “empresarios” fraccionadores que compran el metro a peso o a siete pesos, y lo venden en dos mil o dos mil 500?

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