Opinión

Teresa, Jacinta y Alberta

Daniel Muñoz Vega

PARA DESTACAR: El caso de Teresa, Jacinta y Alberta debería hacer que se revisaran cada uno de los expedientes de quienes hoy ocupan las cárceles. El Estado mexicano no puede pisotear así la dignidad de las personas. Hay que entender a esta sociedad como el híbrido que arrojó un sistema económico por demás injusto.

Alan Riding escribe en su libro ‘Vecinos distantes’, publicado en 1985, “que el sistema nunca ha vivido sin corrupción y se desintegraría, o cambiaría tanto que resultaría imposible reconocerlo, en caso de que tratara de eliminarla”. Han pasado 32 años de que se publicó esta radiografía de México y de los mexicanos, y ante la actual situación es una obligación hacer un análisis introspectivo para preguntarnos: ¿qué ha cambiado en este país?

Teresa, Jacinta y Alberta acaban de ganar la batalla en el terreno de la dignidad. Su detención es uno de los casos más alarmantes de miseria y estupidez humana. Mujeres, mujeres indígenas, mujeres indígenas pobres: ¿había un escenario más vulnerable para que la justicia mexicana mostrara su peor cara?

Ahora, 11 años después de que fueron detenidas por supuestamente haber secuestrado a seis agentes de la desaparecida Agencia Federal de Investigación (AFI), la PGR hace “justicia” pidiendo perdón. Teresa, Jacinta y Alberta han sido un triste reflejo de nuestra democracia, y a la vez, han sido un estandarte de la dignidad.

El caso cuenta con los elementos más exagerados de cualquier guion cinematográfico que retrate la miseria humana, las relaciones de poder y la farsa de la democracia. Las instituciones de este país son de chocolate: tanto la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, las abandonaron a su suerte en el momento que más las necesitaban. Jacinta no hablaba ni siquiera el español para entender su juicio. Fueron condenadas a 21 años de prisión después de usar sus superpoderes para secuestrar a seis elementos policiales.

Y a pesar del tiempo transcurrido, de su libertad, de los gritos de perdón, el caso debe ser retomado por la sociedad para cuestionar el entorno en el que estamos parados. La justicia mexicana es un cascarón decorado con un aparato de burócratas ‘first class’: jueces y magistrados embarrados dócilmente por la corrupción; imponentes salas cubiertas con perfecta iluminación y madera de primera para simular la impartición de justicia; arsenal de leyes e instituciones que construyen una falsa democracia…

Eso somos, la vida transcurre en medio de un sistema político y económico que expulsa a muchos de sus tierras y olvida a otros en las cárceles. ¿Dónde están los verdaderos criminales, los que han saqueado las arcas de la nación? ¿Cuántas Teresas, Jacintas y Albertas hay en las prisiones mexicanas?

En este país robarse un gansito garantiza el buen funcionamiento a rajatabla de las leyes; pero robarse 35 mil millones de pesos garantiza la impunidad.  En México se hace honor al indígena a través del discurso, pero en la realidad se les abandona o se les atropellan sus derechos. En México festejamos los 100 años de nuestra Constitución, a la vez que las instituciones para la impartición de justicia piden perdón por los abusos. ¿Cuántos perdones tendría que pedir la justicia mexicana? No alcanzarían los micrófonos para que fueran escuchados.

El caso de Teresa, Jacinta y Alberta debería hacer que se revisaran cada uno de los expedientes de quienes hoy ocupan las cárceles. El Estado mexicano no puede pisotear así la dignidad de las personas. Hay que entender a esta sociedad como el híbrido que arrojó un sistema económico por demás injusto; hay que entendernos a través de la historia y observar la exclusión de los pueblos indígenas; hay que entender la simulación y así ver el vacío de los discursos que emana el Estado.

Teresa, Jacinta y Alberta vuelven a exhibir la manera como los engranes de la corrupción hacen que este país funcione, su caso es la configuración de las relaciones de poder, el racismo y la misoginia. Sólo la digna terquedad de muchos grandes hombres y mujeres, como los defensores de los derechos humanos del Centro Miguel Agustín Pro, van a hacer que los engranes se averíen para construir una nueva nación y encontrar ese país irreconocible que trate de redactar una historia diferente.

Y por último, felicidades al gran equipo de Tribuna de Querétaro por su vigésimo aniversario y por dignificar el periodismo, es para mi un honor ocupar un espacio dentro de sus columnistas. Que vengan muchos años más de sacar ronchas a nuestra clase política.

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