Opinión

Tesis contrapuestas sobre el acoso escolar

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Las últimas noticias sobre el acoso escolar le ponen a cualquiera la carne de gallina.

¿Qué les sucede a esos seres humanos que son capaces de agredir a sus iguales, “nomás porque sí“? ¿Qué lleva a las víctimas a suicidarse para librarse del acoso de sus compañeros, al volverse incapaces de pedir ayuda? En especial, resulta espeluznante reconocer que muchas agresiones, incluyendo los homicidios, son cometidos por individuos cada vez más jóvenes.

Frente a este fenómeno, la gente suele decir que quienes ejercen violencia contra sus congéneres “se comportan como animales”; “no son humanos”.

Estos señalamientos merecen mayor reflexión:

¿Esas conductas tan violentas son innatas o instintivas, considerando que formamos parte de la especie animal (como explicaría el etólogo austriaco Konrad Lorenz)?; ¿se trata de conductas naturales, propias de los cambios fisiológicos de la pubertad?; ¿son consecuencia de alguna enfermedad mental? O, por el contrario, ¿se trata de un comportamiento aprendido, como mera reacción a las contingencias ambientales (según el conductista Skinner)?

Lorenz (en “Sobre la agresión, el pretendido mal”) explica la tendencia a la destructividad humana como un asunto de herencia biológica, propia del instinto de conservación de la especie. Así, centra más la atención en un tipo de agresión fundamentalmente defensiva. En este sentido, ciertas condiciones de vida, muy precarias o violentas, como la guerra, los campos de concentración, las cárceles, el hacinamiento, el hambre, etc., provocan en los humanos la disminución de su capacidad racional, de su autoregulación reflexiva, de sus “buenos modales”, y desatan ese instinto.

Si ésta fuese la principal causa de la violencia en las escuelas (que no la es), habríamos de preguntarnos qué sucede ahí, qué provoca que los chicos agredan a un compañero del modo en que lo hacen.

Críticos de Konrad Lorenz, como Erick Fromm (“Anatomía de la destructividad humana”), Peter Heinemann (“Mobbing: violencia grupal entre niños y adultos”), Heinz Leyman (“Mobbing: la persecución en el trabajo”) y sobre todo el noruego Dan Olweus, pionero en el estudio de la intimidación entre menores de edad (“La agresión en las escuelas”), ponen en evidencia que hay otras tendencias destructivas que son exclusivas del ser humano. Sólo los humanos pueden sentir placer siendo crueles con otro y destruyendo al otro sin ningún propósito defensivo.

Esa tendencia al acoso de un congénere no es, pues, de origen puramente animal. Tampoco se explica suficientemente como un problema patológico, pues quienes acosan a sus compañeros son chicos “sanos” o “normales”. Esa tendencia tiene qué ver con el contexto social, con el alimento cultural que reciben los individuos desde su nacimiento.

Como sabemos, el ser humano, a diferencia de los animales, sigue en su desarrollo un proceso muy lento hacia la autonomía, conocido como neotenia; es decir, su cerebro termina de formarse fuera del vientre materno, en una especie de útero social, y requiere para ello de nutrientes lingüísticos y afectivos. Lo que suceda en ese proceso es fundamental en la formación del individuo. ¿Cuánto amor y ternura reciben?, ¿cuánta confianza en sí mismos logran?, ¿cuánta capacidad de empatía y de ponerse en el lugar del otro aprenden?

En palabras de Vigotsky, el individuo internaliza el lenguaje, los valores y las prácticas culturales, en un proceso que va de lo interpsicológico a lo intrapsicológico. Es decir, nuestros pensamientos, nuestras experiencias, nuestras intenciones y nuestras acciones están mediados culturalmente.

¿Qué características de nuestra cultura moderna alimentan a las nuevas generaciones y  están generando los brotes de violencia entre los chicos?

¿De qué se alimenta culturalmente un niño que pasa la mayor parte del tiempo solo, pues sus padres han de ausentarse por largos períodos para conseguir el sustento?; ¿de qué se alimenta cuando fuera de la escuela no tiene otras opciones para ocupar su tiempo libre más que la calle, la televisión, el ciberespacio sin control?; ¿de qué se alimenta cuando no hay espacios deportivos, ni academias de arte, ni casas de la cultura cercanos?

¿De qué se alimenta cuando vive la violencia intrafamiliar generada por la frustración constante que sufren sus padres al no poder responder a las exigencias del mercado, ni a los modelos de éxito dominantes?; ¿de qué se alimenta cuando los valores que se le proponen son los de la feroz competencia, la superioridad de unos sobre otros?; ¿cuando en la familia, en la escuela, en la televisión, se le imponen como modelos a los “winners” (los ganadores, los exitosos, los fuertes…) y se le hace despreciar a los “losers” (los perdedores, los “ineptos”, los débiles…)?

¿Qué mensajes damos a los chicos en nuestra relación cotidiana con ellos, como padres de familia o como maestros, que los conducen a acosar a sus compañeros?; ¿de qué tipo de herramientas mentales y verbales les proveemos para que sepan defenderse de una agresión (sin tener que contraagredir al otro), o para que sepan autocontener sus impulsos emocionales contra sus compañeros?

Como dice el poeta: “Los niños aprenden lo que viven, los niños viven lo que aprenden”, ¿qué están viviendo nuestros niños que los llevan a comportarse así?

Mientras no respondamos estas preguntas, ningún decreto, ninguna política educativa, ninguna estrategia de prevención del acoso escolar surtirá efecto positivo.

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