Opinión

Tres resortes del capitalismo que nos arrastran y fastidian

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Comenzó a fallar la impresora que tengo en casa y decidí llevarla a mantenimiento; ¿requerirá un ajuste?, ¿una limpieza de los rodillos?, –¡No, señora!, si su máquina está fallando, dejó de servir; arreglarla sale más caro que comprar una nueva. La revisión para ver si aún tiene remedio le costará 300 pesos más IVA. Mejor le doy las especificaciones de una nueva.

Pregunté si la empresa tiene algún programa de reciclado, para dejar ahí el aparato. –¡No, señora! Los recicladores ni siquiera los aceptan regalados. –¿Entonces sólo queda tirarlo a la basura?, pregunté un tanto inquieta. –En efecto, eso es lo que procede.

A esta condición se le conoce como OBSOLESCENCIA PROGRAMADA de los productos; uno de los tres resortes que hacen que la sociedad de mercado funcione (Serge Latouche: “Pequeño tratado de decrecimiento sereno”, ed. CIDECI-Uniterra, Chiapas)

¡Ubícate!, relájate y disfruta, me dijo una amiga; estamos en el tercer milenio y la regla hoy es usar, tirar y volver a comprar. Las empresas producen cosas que rápidamente pierden vigencia, pues ya no hay refacciones, o bien, el diseño fabril incluye un defecto que lleva al objeto a romperse o descomponerse relativamente pronto, para así aumentar las ventas.

Ando atrasada, pues esta forma de operar en el mundo define nuestras vidas desde los años veinte. (Un excelente documental de Ramkowar McCartney sobre este tema se encuentra en YouTube).

El antiguo gremio de artesanos, dedicados a la reparación de objetos útiles, se extingue rápidamente en las ciudades modernas, a favor de miles de chucherías sustitutas, “made in Taiwan” y “regaladas” (eufemismo que oculta el origen esclavo de la producción). Cuando era chica, había zurcidoras de medias (o huevos de ónix y dedales de metal para hilvanar calcetines), zapateros remendones y afiladores de cuchillos con su silbato especial. Los carpinteros o tejedores de tule o mimbre ayudaban a restaurar muebles desvencijados y varios técnicos arreglaban electrodomésticos.

No hablo aquí desde la nostalgia, sino desde la alerta ecológica: Hoy, toneladas de objetos inservibles (antes televisores, videocaseteras, radios, lavadoras, cámaras fotográficas, refrigeradores, celulares, secadores, hornos de microondas y todo tipo de “gadgets”, etcétera) forman montañas y ríos de basura altamente tóxica que va a parar a tiraderos en los países del tercer mundo. Según Alain Gras (2006), 500 barcos al mes cargados de esa basura llegan a Nigeria.

Otro motor de la sociedad de mercado es LA PUBLICIDAD; el presupuesto mundial que se invierte en ella al año (652 mil millones de dólares) es el segundo después de la compra de armas. La publicidad nos hace apetecer cosas que no necesitamos, repudiar las que sí tenemos y nos persuade a comprar lo que no deseamos. Con ella, la demanda de bienes de primera necesidad se desvía hacia la de bagatelas de alta futilidad (Latouche).

Una amiga indígena, orgullosamente hñähñu, llegó a la conclusión de que “merecía” sustituir su sencillo teléfono móvil por uno hiper-sofisticado, con GPU, “loudtalks”, “whatsapp”, “bluetooth”, “ringtones” y no sé cuántas aplicaciones más que quién sabe para qué sirvan pero “¡qué modernas son!”

No hablo aquí desde mis prejuicios racistas. Por supuesto que todos, independientemente de su etnia, cultura o condición social, tienen derecho a conocer y aprovechar las tecnologías más avanzadas, para ampliar sus horizontes de conocimiento y sus relaciones sociales; para comunicarse a largas distancias; para disfrutar la gran diversidad de expresiones culturales; para desarrollar su capacidad cognitiva, etcétera. Hablo desde la necesidad de emprender una alfabetización mediática, que nos deshipnotice de las seducciones del divino mercado. Caemos en una trampa, cuando suplimos nuestra falta de autoestima o buscamos superar el hastío existencial con fruslerías comerciales.

Mucha gente “sin querer” oprime un botón del celular, autorizando a compañías abusivas a cobrarle, por sustituir el tono de espera de cada llamada con un insulso “jingle”. ¿Cuánto incrementará su fortuna Slim con esta “inocente” práctica, repetida varias veces al día, con millones de usuarios inconscientes?, y ¿cuánto perderán ellos sin notarlo?

El tercer resorte de esta economía diabólica es EL CRÉDITO. No importa que uno no tenga dinero, basta una tarjeta para seguir comprando. Las más dramáticas crisis del capitalismo (de los individuos, las familias las instituciones y las empresas arrastradas por él) tienen lugar con esta práctica, cuando grandes corporaciones voraces e irresponsables generan el endeudamiento de gente que no cuenta con respaldo alguno. Estas crisis, sin embargo, no surgen por una mala aplicación de este sistema económico. Son parte inherente a él y dan jugosas ganancias a quienes, sin escrúpulos, las saben y pueden aprovechar.

Estos tres resortes agravan la alienación, la frustración violenta, la depresión y el consiguiente consumo de estupefacientes. Provocan además severos daños ambientales. Aprender a reconocerlos y a ponerles límites, en la cotidianeidad de nuestra relación con el mundo, es parte fundamental del trabajo educativo.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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