Opinión

Trotski: A 76 años de su asesinato

Por: Kevyn Simon Delgado

PARA DESTACAR: Trotski, con el solo hecho de pisar la tierra de Emiliano Zapata, Francisco Villa y Lázaro Cárdenas, logró que dos revoluciones tan lejanas en el espacio, pero paralelas en el tiempo -la mexicana y la rusa-, se vieran de frente.

El 21 de agosto de 1940 el revolucionario Lev Davidovich Bronstein, mejor conocido en nuestro país como León Trotski, falleció a causa de un atentado contra su vida preparado por agentes al servicio de José Stalin. Su obra, pensamiento y profunda crítica del devenir de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) le acarreó perder a casi toda su familia y a vivir en el exilio  durante once años, de los cuales pasó los últimos tres y medio en México, donde finalmente fue asesinado en su casa de Coyoacán, en la capital del país.

Probablemente el asilado político más importante del siglo XX; con el solo hecho de pisar la tierra de Emiliano Zapata, Francisco Villa y Lázaro Cárdenas, logró que dos revoluciones tan lejanas en el espacio, pero paralelas en el tiempo -la mexicana y la rusa-, se vieran de frente, colocando a nuestro país en el centro de una de las historias más destacadas del movimiento comunista internacional, donde se escribieron las últimas páginas de la vida de Trotski.

Nació en Ucrania en 1879, de una familia de agricultores judíos acomodados, abandonando sus estudios universitarios para a temprana edad dedicarse de lleno a la agitación y a la lucha revolucionaria contra el régimen zarista que mantenía al entonces Imperio Ruso en el mayor atraso de Europa. Testigo de primera línea de la revolución de 1905, arrestado en varias ocasiones, exiliado por numerosos países, fue junto a Vladimir Lenin, reconocido por los socialistas rusos como un auténtico líder.

Con la Revolución de Febrero de 1917 en la que cayó el zar Nicolás II, Lenin y Trotski regresaron a Rusia del exilio en el que se encontraban y radicalizadas sus ideas, profundamente influenciadas por el marxismo y la desastrosa experiencia de la Segunda Internacional Socialista que sucumbió a los nacionalismos desatados por la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial en curso, cambian el nombre del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a Partido Comunista de Rusia, retomando el nombre del famoso manifiesto de Marx y Engels publicado en 1848.

Sus corrientes internas, los mencheviques (literalmente “minorías”) y bolcheviques (literalmente “mayorías”), siempre enfrentados, dirigieron la más famosa Revolución de Octubre, la que pretendió dar el poder al proletariado, iniciando uno de los proyectos más transformadores e influyentes de la historia.

Mano derecha de Lenin, Trotski negoció la retirada de Rusia de la conflagración mundial y levantó al Ejército Rojo el que, a fuerza de voluntad, derrotó a las decenas de ejércitos extranjeros y ejércitos blancos (prozaristas) que invadieron al país para intentar aplastar al naciente estado socialista.

Fallecido Lenin en 1924, Stalin y su grupo se hicieron con el poder, destituyendo, apartando y expulsando a Trotski del partido que ayudó a formar para poco después deportarlo y expulsarlo de la URSS en 1929, iniciando un largo exilio que lo llevó por Turquía, Francia, Noruega y, finalmente, al “exótico” México, desembarcando en Tampico el 9 de enero de 1937.

Despojado de su nacionalidad y prohibida su entrada en todo el mundo, el gobierno de Lázaro Cárdenas, con apoyo de Francisco J. Mújica y el muralista Diego Rivera, le abren las puertas al mayor crítico de Stalin, entonces autoencumbrado como el mayor dirigente del movimiento revolucionario del globo, no sin las críticas de la derecha mexicana, la Confederación de Trabajadores de México encabezada por Vicente Lombardo Toledano y del propio Partido Comunista de México, evidentemente estalinista, organización que, siguiendo los mandatos de Moscú, puso de su parte para atacar a Trotski en mayo de 1940, cuando una veintena de hombres, entre ellos el también muralista David Alfaro Siqueiros, ametrallaron la casa donde habitada.

Finalmente, el último y mortal golpe se dio el 20 de agosto de 1940 cuando Ramón Mercader, un comunista español combatiente en la Guerra Civil Española y reclutado por la NKVD (departamento de seguridad de la URSS) para ingresar a México con el nombre de Jacques Mornard, enamoró a la hermana de la secretaria de Trotski, puerta de entrada al revolucionario, se ganó su confianza poco a poco y a quien hace 76 años, atacó por detrás con un piolet, enterrándolo con un golpe en el cráneo de Trotski. Durante el traslado del cuerpo, alrededor de 300 mil personas observaron el carro fúnebre de quien alentara la revolución permanente como estrategia para alcanzar el estado socialista para el proletariado del mundo y criticara el burocratismo, el nacionalismo y el terror desatado en el régimen que ayudó a construir, ahora encabezado por Stalin.

La Cuarta Internacional trotskista, fundada en 1938, y la crítica de izquierda revolucionaria a la izquierda dogmática permanecen como su mayor legado.

En México, su muerte desató una de las tantas crisis internas de la izquierda mexicana, la que con el freno del proyecto cardenista, se vio orillada a la semiclandestinidad durante dos décadas, mismo periodo en el que las ideas de Trotski estuvieron relegadas por la censura y satanización de la URSS hasta que retomaron bríos con las movilizaciones estudiantiles de los sesenta, cuyas obras ahora se encuentran al alcance de todas y todos para su análisis histórico y político.

 

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