ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

ULALIO

Mi papá me envió a la ferretería de Poncho. Desde el sábado, muy temprano, antes de salir a su chamba, compró los materiales que necesitaba para hacer arreglos en casa el domingo, aprovechando que no trabaja ese día. Se llevó todo, pero no pudo con la manguera. Por eso, yo tuve que ir por ella, y me la llevé, de regreso, terciada en el hombro.

Ya iba a mi casa cuando vi al hombre con su escalera, También llevaba el motorcito que usa para cortar las ramas de los árboles y, de un cinturón muy ancho, traía colgadas tijeras y aspas. A su paso, una señora abrió el portón de su casa; lo llamó; le pidió que recortara unos arbustos y podara el pasto. El hombre le dijo algo, que no alcancé a oír, y ella, con la cabeza, asintió. Una vez que descargó sus herramientas, el hombre empezó el trabajo.

Ya me dolía el hombro por el peso de la manguera, y quería llegar pronto a mi casa, pero mi curiosidad pudo más. Fue cuando, casi a gritos -él estaba adentro y yo en la banqueta-, a través de la reja le hice plática al jardinero.

A Ulalio (así dijo llamarse el hombre) le urgía terminar pronto ese trabajo, para conseguir más en otras casas. Aunque le noté de inmediato su urgencia, me respondió bien a cada pregunta que le hice, porque -como después me dijo- a la gente de rancho no le gusta dejar a nadie con la palabra en la boca. La verdad, con los ojos le agradecí que me respondiera, aunque me daba cuenta de que él tenía el pensamiento en otro lugar.

Lo que me fue contando seguía el ritmo de su trabajo: unos tijeretazos por aquí y otros por allá. Así, seguía el ritmo de su labor y de los lapsos de su silencio, contándome lo que vivía en lo que siempre llamó como “su rancho”. Me hizo ver lo que nunca me imaginé. Siempre, cuando yo me refería al campo, pensaba en una casita con su chimenea, de la que salía humo tibio, como me enseñó mi maestra Taide en la primaria. Me imaginaba los campos de su pueblo, llenos de árboles pletóricos de fruta y, a su alrededor, animales (gallinas, vacas, ovejas) que, con sus voces, musicalizaban el ambiente y no dejaban a nadie con hambre. Los campesinos, según mi fantasía, extendían su mano firme y generosa también a las visitas y les daban comida en abundancia y todo tipo de comodidades. En mi imaginación, el campo ilustraba a la perfección el paraíso donde, según se dice, Eva y Adán recibieron los bienes del mundo.

Sin embargo, si Ulalio viene a diario a la ciudad, desde su casa en La Tinaja, es porque no hay trabajo allá. Hace días, al rancho han llegado personas que les ofrecen a los campesinos comprar sus tierras. En esas tierras, donde escasea el agua, los dueños del dinero, de la ciudad, están ansiosos por poner en La Tinaja un complejo habitacional, con club, alberca y cabañas para vacacionar; ya hasta están trazando y abriendo rutas para aventuras en moto.

Ya de vuelta a su rancho, todos los días, Ulalio regresa agotado, de tanto caminar en la ciudad ofreciendo sus servicios y con sus herramientas al lomo. Dice que, muchas veces, se queda sin probar nada, salvo el agua que le ofrecen sus patrones o, si bien le va, un taco. En el transporte se queda dormido, y espera a que lo despierte el chofer, cuando llegan al fin del camino, y todavía tiene que caminar por media hora para su casa. Al llegar, sólo piensa en descansar: todo el día caminando, sin descanso, para llevar unos pesos a sus hijos, es agotador. A veces no llega ni siquiera con un peso para los suyos, pues no sabe nada más que trabajar el campo y cuidar animales; así, no gana mucho. Hay veces en que sólo consigue lo de sus pasajes, pero algo es algo. Lo bueno es que Fátima, su esposa, cuida a los hijos y que no falte alimento en su casa, pues les hace el aseo a tres familias en el rancho; por ella, todos pueden sobrevivir.

El jardinero seguía contándome cómo es la vida en La Tinaja y cómo preparan la fiesta de la Santa Cruz por allá. En eso, el silbato de la fábrica cercana anunció la hora del almuerzo de los obreros. Me despedí a las carreras de Ulalio, mientras hacía “changuitos” para que no se fueran a enojar conmigo por no regresar pronto de la ferretería.

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