Opinión

Un cielo a mi medida

AMOR, HUMOR Y MUERTE

Por: Edmundo González Llaca

El Día de Muertos me ha llevado a la reflexión de que existe una posibilidad, espero que remota, de que no me vaya al cielo; riesgo que, aunque sea muy macho, no deja de angustiarme. De principio reconozco que nunca pude ser un niño virtuoso, yo atribuyo mis reiteradas faltas de conducta a la pésima descripción que hicieron del cielo mis mayores. Siempre lo pintaban pobremente. Había puros angelitos cachetones y desnudos enseñando un trasero rosado y portando unos listones con leyendas en latín que les cubrían las partes estratégicas. La mayoría aparecía tocando una especie de lira. Unas sangronas nubecitas adornaban la aburridísima escena. ¿A quién podría antojársele estar ahí?

En la escuela confesional a la que asistía, el padre, al percatarse de mi alejamiento de las prácticas religiosas, me llamó para preguntarme los motivos: La verdad –le contesté crudamente– es que el cielo no me llama la atención. El sacerdote se turbó y poniendo una cara de sorpresa poco convincente me preguntó: “¿Pero, por qué? Si es un lugar muy bonito, donde mana leche y miel”. Lo observé con un rictus de asco: ¿Leche? No sería más estimulante un chocolatito con churros. ¿Miel? Apenas si la paso con hot cakes. ¿Leche y miel? Más que un cielo parece una dieta naturista.

El padre me dio por caso perdido y estaba en lo cierto. Cuando aparecía alguna opción de pecado o una simple tentación, pensaba de inmediato que después de la muerte me iba a perder de un lugar donde brotaba leche y miel. Debo aceptar que nunca representó el mínimo obstáculo para no caer directo en la transgresión. Desde entonces, en una búsqueda desesperada por la virtud, me he dedicado a imaginar mi cielo. Es más o menos así.

Hay por supuesto, naturaleza: verdor, maleza, pastitos y flores. Pasa un río -sin contaminación- y el clima es templado. Hay sol y sombra de pirul. Se sirve un banquete y hay varias mesas. En una de ellas están todas las mujeres que me amaron, en animada y armoniosa convivencia. Hay un solo tema de conversación y éste las mantiene eufóricas y apasionadas: yo.

En otra mesa, puedo observar, se encuentran todas las mujeres que nunca me hicieron caso. Vale anotar que esta mesa es ligeramente mayor a la primera. Todas gritan y gesticulan desesperadas, se mesan los cabellos y se hacen acres y recíprocas recriminaciones. Al percatarse de mi presencia, por aquí, algunas caen suplicantes, aquéllas se muerden el labio de abajo y otras me muestran la húmeda lengua. Todas en actitud provocativa francamente descarada. ¡De improviso!, sin que nadie las haya puesto de acuerdo, pegan al unísono un grito desgarrador, capaz de conmover a cualquiera: “Por favor, una oportunidad”.

No se registra aún en mi cielo si respondo a tan incondicional llamado. Lo único claro es que yo me acerco a comer de las exquisitas viandas colocadas en su mesa, mismas que curiosa o lógicamente, no han sido tocadas, porque la terrible frustración en que viven estas mujeres –si a eso puede llamársele vida- les ha privado de todo apetito.

Obviamente hay música, mariachis, clásica, rock, tríos, etcétera; cambia automáticamente de acuerdo con mi estado de ánimo. Hay otra mesa donde están mis amigos. Platicamos, recordamos, cantamos, bebemos, reímos y jugamos. No hay horario, no hay prisas. No hay meseros reclamando que ya se pague la cuenta, no se cierra nunca ese sitio y, no obstante, la emoción; nadie pide silencio para pronunciar un discurso.

(El filósofo y místico español Abenarabi de Murcia considera que aquellos que perciben al cielo como un lugar de refinamiento de los placeres terrenales tienen un grado de desarrollo espiritual inferior al de los que participan de la gloria divina. Al parecer, por el momento, es mi caso).

La mesa más chica es la de los familiares queridos. Sólo observo con claridad el perfil de mis tres hijos, mi madre, mi hermana, un tío y una tía. Si en el juicio final hay papeleo y demandan credencial de elector, acta de no antecedentes penales y pasaporte, pues querré que esté Olimpia, pues con mi desorganización administrativa el cielo se acabará para mí y me mandarán al infierno.

A mi arbitrio subo y sobrevuelo la zona, bajo y me confundo en el movimiento de los grupos. A veces solo, a veces en compañía, siempre en libertad. Tengo una rara sensación, sin ninguna culpa de egoísmo: me basto a mí mismo.

No habría gloria sin periódicos ni revistas ni internet, obviamente Wi-Fi. Pero en mi cielo bastará pasar el dedo por el nombre del autor de algún artículo, para que se aparezca en persona. Discuto así sus puntos de vista, les exijo que profundicen o rectifiquen. Mientras, también se exhiben películas, con la particularidad de que al menor deseo ya no es Clark Gable, sino yo, quien abraza a Vivien Leigh: le llevo gallo a Gloria Marín en lugar de Jorge Negrete y Marilyn Monroe me besa, pensando indistintamente que soy yo o Lawrence Olivier; Bárbara Mori me jalará tozudamente para llevarme a los matorrales.

Entonces, en mi cielo ¿no hay tiempo? Bueno, hay pasado sólo por el residuo de experiencia que me aumenta el goce, hay futuro debido a la esperanza cierta de un mayor placer. Al presente lo cubre el afecto, la risa, el juego, la música. No hay fronteras entre lo fantástico y lo real, el deseo y la inmediata satisfacción. Hay curiosidad sin angustia, entrega sin quejas, santidad sin aburrimiento, erotismo sin culpa, recuerdos sin dolor, amor sin prisión. Hay paz con intensidad, espíritu con pasión. Sí, con pasión, pues perdón, pero no concibo estar en el cielo sin estar en celo.

En mi cielo por supuesto no puede faltar Dios, pero no es un señor con barbita ni un triángulo con un ojo desorbitado en el centro ni una palomita suspendida en el espacio. No tiene una forma externa, no es una representación plástica, no requiere de los sentidos para contemplarle. Simplemente está en esencia, en verdad, en lo absoluto; en unidad conmigo mismo.

Dios o esa relación interna, Dios o esa acción reacción armónica conmigo y de lo que estoy hecho. Escucho una pregunta, no sé si mía, de Dios o nuestra: “¿Cómo está mi favorito?” Contesto con el juego del significado de una palabra contento (con theos = con Dios). Agrego con cierta insolencia: “Dios, ¿sabes una cosa? ¡Perdón!, de seguro lo sabes. Pero yo habría sido más virtuoso si desde siempre hubiera sabido que así era el cielo. Te lo juro por ti”. Él respondería irónico: “No jures mi nombre en vano. Además, no se te olvide una cosa: cuando en un ser humano no puedo reconocer su virtud, admiro entonces su belleza, que es precisamente lo que yo puse en Él”. Los dos, Él y yo, yo unido conmigo, soltaríamos una carcajada. Esta sería la mejor prueba para confirmar que estoy en el cielo. Sentir que casi resucito al reírme tanto.

Pero para Usted, ¿cómo es su cielo?

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