Opinión

Un Fuenteovejuna pervertido

Por Omar Árcega E.

 

Un Estado donde queden impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo.

Sófocles

¿Qué le pasa a una sociedad cuando no le indignan las muertes injustas? ¿Cuándo ve con indiferencia la brutalidad de sus miembros? Planteo estas preguntas, pues en días pasados, en el continuo bombardeo de noticias de sangre y muerte que tapizan los periódicos, pasó relativamente desapercibido el linchamiento de tres jóvenes en San Mateo Huitzilzingo en Chalco. Hace algunos años la indignación por un caso parecido, en donde las víctimas eran policías, cimbró a la sociedad, hoy se percibió algo cercano a la apatía y en donde el morbo por un hecho de sangre prevaleció sobre la condena a estas prácticas.

Se puede argumentar que son comunidades especialmente dadas a la violencia, pues en el 2011 se registraron 47 intentos de linchamiento en el Estado de México y en lo que va del 2012 se tienen contabilizados 11. Pero esto nos describe, no nos explica porque un grupo de hombres y mujeres normalmente pacíficos se transforman en un bestial instrumento de muerte.

 

El otro mi enemigo

Como ciudadanos debemos reflexionar en las actitudes de fondo que motivaron este hecho, pues sólo así tendremos una instantánea de lo que afrontamos como sociedad. En primer lugar tenemos una población asustada, sumida en la sospecha permanente. En este contexto es muy fácil creer que el otro es un posible asesino o secuestrador, parece que hemos hecho de la frase del dramaturgo Plauto “El hombre es el lobo del hombre”, nuestro eje para relacionarnos con aquellos que salen de nuestros círculos de amigos o conocidos, nuestra norma de acción en la vida cotidiana. En San Mateo Huitzilzingo, bastó con que dos o tres personas señalaran a unos individuos como secuestradores para que una parte de la población les creyera al grado de llevarlos a la muerte. Enfrentamos una desconfianza societal y en ella, es imposible construir los lazos que nos permiten reforzar nuestra vida democrática.

¿Y las instituciones, apá?

En segundo lugar, tenemos sectores de la población donde el Estado de derecho, el respeto a las leyes, la confianza en los organismos e instituciones, prácticamente es inexistente. Los tres jóvenes estaban detenidos en instalaciones policiales, pero los habitantes no confiaban en que fueran a recibir el castigo correspondiente, por ello decidieron hacer justicia con propia mano. Una práctica que se antoja lejana en el siglo XXI, pero que nos muestra el descrédito que tienen las autoridades en ciertos sectores. ¿Falta de educación cívica? ¿Decepción del actuar de funcionarios por acontecimientos anteriores?, creo que un poco de ambas. Este recelo hacia los entes que garantizan la seguridad e impartición de justicia, nos orilla a vivir en la ya superada Ley del Talión, nos aleja del país de leyes que nos esforzamos en construir. Cuando los habitantes de una región no tienen introyectado el respeto a las normas, estamos a un paso de la barbarie y muy lejanos a los ideales de una sociedad democrática y equitativa.

Finalmente, este hecho nos muestra los excesos a los que puede llevar la indignación de una turba, da la sensación que grupos de la población están asentados sobre inflamables depósitos de agravios y desconfianzas que con el mínimo chispazo de “sospechosismo” explotan en acciones hiperviolentas. También nos revela lo fácil que es manipular con informaciones cargadas de suspicacia a una sociedad que percibe su entorno como violento e injusto, y por último lo irracional que se comporta una población embravecida.

Los retos

Desconfianza hacia el otro y hacia las instituciones en un contexto de violencia son los ingredientes para que se opte por tomar la justicia en propia mano. Éstas son las instantáneas que nos arroja este hecho. Es claro que mientras no exista una confianza en la aplicación de la ley por parte del Estado, los ciudadanos se sentirán en permanente indefensión y no hay nada más peligroso que una turba con miedo y rencor. El fomentar una cultura de respeto a la ley implica educar desde la escuela, sancionar con dureza a quienes la infringen, pero sobre todo generar la percepción en la ciudadanía, de que los organismos gubernamentales no están para vivir de la sociedad, sino para crear las condiciones de armonía donde sus miembros se puedan desarrollar.

Por otra parte, es necesario recuperar la confianza en nuestro prójimo, algo que donde reina la impunidad es difícil de conseguir. En este sentido el trecho por recorrer es largo, las percepciones culturales son de evolución lenta. Asistimos a un Fuenteovejuna pervertido, a la unión de todo un pueblo para en nombre de la justicia convertirse en tirano. Han muerto tres inocentes y humildes albañiles, lamentable es que hayamos perdido la capacidad para inmutarnos ante este hecho y el rechazo a estas acciones haya sido parco, pero lo grave es que convirtamos esto en estadística y no en oportunidad para fomentar una cultura cívica. Y al respecto, tristemente no abrigo muchas esperanzas.

twitter.com/ Luz_Azul

 

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