Opinión

Un indignado más

Por Rubén Cantor Pérez

Vio a todo el pueblo caer. Ahora sólo viven unas cuantas personas que por viejas prefieren esperar la muerte en su hogar, por lo que las calles están vacías. Vive reparando relojes para iglesias, el oficio que aprendió de su padre, quien falleció mientras se dirigía caminando al hospital más cercano, quedó como perro atropellado, a mitad del camino.

Hace muchos años todo era mejor aquí, el pueblo vivía de la minería, todos tenían lo suficiente, nadie se quejaba. Un triste día llegaron unos extranjeros a comprar las minas, el alcalde se las malvendió a cambio de una jugosa comisión que le permitió irse del país. Cuando los ingleses se acabaron todo lo que se podía sacar, dejaron a la deriva a los habitantes, únicamente agradecieron brindando una comida inolvidable, good bye, nice people, dijeron los europeos y no volvieron jamás.

Hasta el día de hoy, la apenas docena de personas que vive aquí odia a los ingleses, a todos, y del alcalde vendepatrias ni se acuerdan, el solo hecho de ver algún güero en bermudas tomando fotos a estas ruinas llamadas pueblo, les enerva la sangre.

Pastor, el relojero, quien es el más joven de estos lares, no ha querido dejar la tierra de su padre, la casa en la que vive es lo único que le queda de su familia, todos sus amigos de la infancia o son narcos o viven en Estados Unidos. Nadie pudo sobrevivir aquí.

La vida era completamente aburrida para él, sin nadie con quien tener una plática amena, pues los viejos sólo platicaban de cuánto odiaban a los ingleses, por lo que el tedio lo empujó a tomarse unas vacaciones. Esperó a terminar dos trabajos pendientes que tenía en unos municipios aledaños para poder juntar lo suficiente.

Le costó trabajo hacer detener al camión que pasaba por el pueblo, ya que el chofer estaba acostumbrado a pasarse de largo. El plan era irse sólo unas semanas fuera, pero en el fondo quería que esas vacaciones fueran permanentes.

Un golpe en la cabeza lo despertó, un pasajero accidentalmente le azotó la maleta. Había llegado a la ciudad y en lo que se disimulaba el almohadazo tomó sus cosas y bajó del camión.

No era la primera vez que estaba en la capital, de chico llegó a acompañar a su padre al centro a comprar piezas para los relojes. Le encantaba ir al zoológico y a comprar helado a Coyoacán, eran sus premios por aguantar las horas que pasaban comprando refacciones.

Ya en el metro le tocó sentarse junto a una pálida pero bella mujer. Le llamó tanto la atención que no le despegó la mirada, más que cuando ella le interceptaba la vista, cachándolo en su acoso visual.

El vagón llegaba a la estación mientras que ella le dirigió la voz, –si quieres seguir viéndome, acompáñanos–, él nada lento la siguió, y se dio cuenta de que venía con un grupo de alrededor de 20 personas. –¿A dónde vamos?– le preguntó, –a protestar por la crisis del sistema financiero, toma– y le entregó un folleto en el que se lanzaba una invitación a los capitalinos a unirse al movimiento de los indignados, cuestión que ni por su cabeza le pasaba a Pastor, pero una protesta bien la valía esa mujer, además de que tenía muchas razones para estar enojado con la forma en que los políticos dirigen el país, su pueblo era una prueba de la ineficacia y rapacidad del capitalismo.

Conforme fueron llegando al Paseo de la Reforma, la cantidad de personas iba ensanchándose, pero nunca fue tal que impactara, a lo mucho unas 200 personas. Su estómago empezaba a rugirle y aprovechó que pasaban por un restaurante para clavarse. Pidió al mesero un periódico y en lo que comía revisaba la sección internacional, vio que en Italia habían prendido fuego a automóviles y destruido vitrinas de bancos. No pensó que llegaran a tanto sus nuevos amigos, tenían una pinta demasiado pacífica. Pagó la cuenta y salió con una actitud distinta después de comer, se notaba con bríos, como si las imágenes de los jóvenes italianos lanzando bombas molotov lo hubieran revitalizado.

Afuera de la Bolsa Mexicana de Valores, los indignados se habían improvisado una tarima y la mujer que lo trajo hasta aquí se encontraba dando un discurso sobre las injusticias del sistema neoliberal y nuestro deber como ciudadanos para frenar esa maquinaria. Fue ahí cuando supo que se llamaba Ana, alguien entre el público había preguntado a uno de los organizadores quién hablaba por el micrófono, y le contestaron que era una tal Ana, estudiante de Filosofía. Pastor se quedó pensando en eso.

La concentración no dio para mucho, la gente empezaba a irse y sólo habían escuchado a un montón de gente enfurecida, pero sin habilidad para encender los ánimos de la concurrencia. Así que para llamar la atención de Ana, pidió permiso para hablar y subió a la tarima.

Le salió una fuerza inesperada de la garganta y como un avezado líder revolucionario, soltó un discurso en el que retrataba la realidad de su pueblo, el cual había sido chupado por unos ingleses, con la aprobación de sus autoridades, quedando actualmente sólo ruinas y recuerdos de mejores tiempos. Los que escuchaban creían que la cuestión del pueblo que muere a manos de ingleses era una analogía, pero fue tal la energía de Pastor que cautivó a los indignados y le llegaron a aplaudir un par de veces. Enseguida volteó a ver si Ana lo observaba y al notar que a ésta se le salían lágrimas de los ojos, continuó la arenga pero ahora poniendo como ejemplo a los italianos, y llamó a hacer lo mismo, todos fascinados con él lo apoyaban. Ya encarrerado, tomó un par de piedras y las incrustó con un vidrio enorme de la Bolsa Mexicana de Valores.

Acto seguido, estaba en la delegación. Al parecer los que lo animaban en su discurso no estaban tan indignados como los italianos y huyeron en cuanto salió la policía. El dinero que tenía para sus vacaciones lo utilizó para pagar la multa.

Al salir la única persona que lo esperaba era Ana; se sentía responsable en parte por haberlo invitado. Se enteró de que se había quedado sin un quinto y lo invitó a su casa a quedarse. Vivía cerca de la universidad y aunque era muy desconfiada, algo de ese aspecto pueblerino y su acción vandálica de la tarde la habían hecho encariñarse. Tomando un café en la cocina le preguntó si todo lo que había dicho en la protesta era verdad y éste le corroboró todo, le dijo que él era relojero en su pueblo, pero que ya no soportaba el silencio sepulcral y el no platicar con nadie.

Ana lo escuchó atenta todo el tiempo. Ya tarde le pasó unas sábanas y cobijas, y le indicó que se podía dormir en el sillón. Él le agradeció su hospitalidad y ella al dar las buenas noches le preguntó si el siguiente día la acompañaba a Coyoacán por unas cosas y después podrían asaltar un banco que estaba por ahí. Contestó Pastor con una sonrisa y otro buenas noches.

Minutos después, ya solo, encontró un reloj descompuesto en la mesa de la sala. Mañana intentaría componerlo.

Los restos del naufragio

Un hombre que sólo puede mover su cabeza y hablar es uno de los mejores entrenadores de Pastor Belga Malinois en el mundo; desde su habitación –llena de imágenes caninas, un halcón y pericos–, mantiene en perfecta disciplina a 30 perros que obedecen ciegamente cada una de sus señales. Con el parapléjico viven su madre, la hermana y un enfermero, el cual, aunque no tenga sueldo, debe permanecer a las órdenes del hombre inmóvil. El subtítulo denomina a la obra de Mario Bellatin: Tratado sobre el futuro de América Latina…

 

En esa casa todos están encerrados, los perros, las aves, el enfermero, la hermana, la mamá y el criador. Y ahí nos preguntamos como ciudadanos de Latinoamérica, ¿quién es el inmóvil que nos mantiene enjaulados?, ¿por qué obedecemos a un parapléjico? La novela se llama Perros héroes.

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