Opinión

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Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Fui sinodal de examen de grado en la Maestría en filosofía Contemporánea Aplicada. Publico lo siguiente sin permiso de su autor.

Rivón:

Tu pregunta, la más abismal y por ende, desgarradora de todas, casi me dobla en ese examen de pretensión de grado de Maestro: “¿Qué te duele en tu interior?”. Súbitamente y como un relámpago que en lugar de encender e iluminar mi cerebro lo ennegreció. Imaginé todo ese maldito dolor y soledad de fin de año que posteriormente se tornó ataraxia a lo estoico involuntario para disciplinarme y escribir lo que considero mi “subversiva” reflexión –es mi sentido de vida filosófica– que pretendía ser lo más clarividente ante la violencia tan atroz en el país, pero que a la vez se imbricó con mi condición paupérrima que yo mismo provoqué porque quería llegar a ser un límite en el mundo, mi mundo, para sentir más esa condición de lo que describía que, por supuesto, sólo fue un buen intento de ‘ejercicio espiritual’ en contraste con las auténticas vidas destrozadas que lo han perdido todo. 

Algo me duele, es cierto. Son demasiadas las circunstancias que actualmente me adolecen y enfurecen y otras, muy pocas, desafortunadamente, las que me hacen arder. Entre las circunstancias que me lastiman, está la vileza política de nuestros gobernantes hasta la perversión violenta contra la sociedad inerme. También  la indiferencia de la gran mayoría de la sociedad por su docilidad y cobardía, no sólo para organizarse, sino para solidarizarse y hacer comunidad. Pero esto no me duele, me avergüenza. Por estos mínimos motivos muy subjetivos, reflexioné y organicé mi pesimismo en una ‘tesis aplicable’ (menudos requisitos del neoliberalismo académico) que me causan otro tipo de desconcierto.

Un acontecimiento que en lo más profundo de mi razón y emoción me conmovió, fue la inmolación incendiaria de Agustín Gómez Pérez. Cuando miré la fotografía en la portada de La Jornada, casi me desvanezco en dolor y rabia, pues estaba ya armando, en ese entonces, el capítulo destinado a la política de la abyección y dentro de mí me pregunté: ¿qué más quiere la sociedad y el Estado, cuántos sacrificios más requieren para ‘sensibilizarse’? ¿Cuántos? Esto ya es el colmo más perverso. Inmediatamente regresé a la casa y me senté a escribir una reflexión que titulé: Insumiso clamor y escribí ahí:

 

Y te prendiste fuego;  y ardiste y tu carne se quemaba y ya no eras tú sino un iracundo volcán que desprendía rabia; no eras tú quien se fundía sino el aire que se asfixiaba transformándose en enorme llamarada que con sus anaranjadas lenguas tocaban los corazones de tus hermanos y compañeros;

Creían que con sus lágrimas y el aire de sus alaridos podían menguar la hoguera que te volviste pero no tu incendio.

Abatido, caíste, pero ya no estabas, sino tu alma que ardía a fuego lento y lo que más relucía en ti, eran tus ojos como la selva sureña colmada de noche de donde emergiste; tus ojos eran como la fría respiración de los cerros hecha niebla;

 

Tu carne ya no era tu carne; era la de un jaguar noctámbulo; la pavesa de tu corazón irradió en un colibrí; los que se aventuran en la estupidez e ingenuidad, recriminarán que fue una acción extrema; efectivamente, pero así es la dignidad: radical;  ¿no son el amor, la solidaridad y la amistad también acciones nostálgicas y radicales donde, en ocasiones, se pone en entredicho quiénes somos?

No mueres, Agustín, ardes como casi nadie viene a arder al mundo por los que amamos;

Tomaste la antorcha para esperar que otra hoguera floreciera:

¡No mueres, Agustín, ardes!

A partir de ese trágico suceso, ardió aún más mi compromiso con los que han padecido el horrorismo politiquero más que con el neoliberalismo académico ­–léase CONACyT­– al cual sólo le debo la transferencia de los recursos económicos a través de toda la sociedad. De esta manera, si se me quiere interpretar como radical, porque mi compromiso sólo era para con los oprimidos a quienes está dedicada mi reflexión, no con dicho instituto. Entonces, ¿continúo doliente, resentido? No, ahora mi molestia y mi solidaridad se expresan organizadamente en una reflexión que ya no tolera más la contemplación. Más que la obtención de un grado, desarrollo aún más mi vocación de partisano filosófico. En suma, cuando me preguntaste: “¿Qué te duele, por qué tan pesimista, lo eres, aun cuando terminas leyéndonos un poema de Hölderlin?”. Esto indudablemente se liga con los poemas de Celan con los que ‘cierro’ mi reflexión de ‘grado’:

 

¿Qué voz tiene lo que tienes?

La postangustia luminosa

Pero yo no tengo la angustia sino el furor de que junto con otros puedo posibilitar una menuda transformación en ciertas zonas de este desierto. Gracias por leerme de nuevo,

Benjamín Ortega

 

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