Opinión

Un país mejor (pero sin pensarlo mucho)

COLUMNA: Los lunes al sol

Por Juan Carlos Martínez Franco

 

Es evidente que la respuesta ante el terrible galimatías que vivimos es eliminar las humanidades de los programas de enseñanza media superior. No, no eliminar, dice el político, apuntalar la enseñanza técnica para sacar adelante el país. Respuesta sensatísima, puesto que la Modernidad nos ha hecho ver prístinamente –o clara y distintamente, si se me permite la (meta)referencia– que el avance tecnológico, el “progreso” sin dirección ni reflexión claras, lleva a la felicidad, al bienestar y a la paz.

Los políticos que no saben lo que es el interior de un libro* (aunque ellos digan que sí, pero usted y yo sabemos que, en todo caso, el libro vaquero no es en realidad un libro), y que son la mayoría, dirán que para qué queremos citar a Platón y Aristóteles (que, a la postre, son los únicos filósofos que conocen) o que para qué nos preguntamos sobre el ser y el aparecer, el tiempo o el devenir, si lo que necesitamos es crecimiento económico. Y éste como meta de la política, puede intuirse, va dirigido hacia la felicidad de los ciudadanos; ¿pero qué pasa cuando el crecimiento económico no equivale a felicidad sino a injusticia, desigualdad, corrupción y falta de legalidad? Ahí el problema: la visión política utilitaria y, por qué no decirlo, neoliberal que dirige el pensamiento de la clase política. La gente como masa. La riqueza como lugar máximo en la escala de valores. La “cultura” como estorbo, o más aún, como obstáculo.

¿Qué puede hacer la filosofía por este país que se traga a dos Secretarios de Gobernación en tres años, además de a incontables alcaldes, jefes de policía y altos mandos (y que son los únicos que tienen nombre y apellido, que tienen familia, los únicos que, según los medios y el Estado, merecen ser recordados)? ¿Qué puede hacer la estética por la masa inasible de espectadores del show de Laura y de Rocío? ¿Qué puede hacer la historia por una nación que, sin coacción ni intimidación, votará por su antiguo némesis, hoy presentado –y omnipresentado– como el papito salvador? ¿Qué puede hacer la literatura por esta cosmovisión terrible que persiste ahora mismo, como todas las calumnias que recaen en este país, con el prefijo «narco-»? ¿Qué pueden hacer la ética, la práctica y la apreciación artísticas, el pensamiento crítico y demás por este México que llora a sus 50 mil muertos, que se ahoga en su propio llanto, o bien en la ausencia de él (porque el llanto trae indignación, y la indignación acción, y ése aquí no es el caso)?

Yo no sé la respuesta, aunque podría aventurarla. La aventuro diario mientras camino por la calle, mientras escucho los noticieros, mientras leo lo que la gente tiene que decir en línea; a veces soy optimista, a veces pesimista. Pero en el peor de los pesimismos, la respuesta es siempre: ¿y qué daño podría hacer?

Hace unos años veía en algún periódico estadounidense un cartón que exhibía a un experto, comparable con Al Gore, en una Cumbre Climática frente a una pantalla que leía: “La reducción de las emisiones de CO2 conservará la biodiversidad, facilitará la sustentabilidad, habrá agua y aire limpios, nuestros hijos estarán sanos…”, a lo que un impávido espectador responde: “¿Y si todo esto es una gran farsa y creamos un mundo mejor para nada?”. Lo mismo pasa con las humanidades: el mundo está en crisis y éstas traerán más conciencia, más reflexión, más participación, mayor demanda ciudadana a los gobernantes… “El mundo no está en crisis”, dirá el (cegatón) aristócrata, “¿por qué habría de conformarse una ciudadanía más fuerte y competente democráticamente por medio de unos cursitos?”.

Las campañas de fomento a la lectura son, entonces, meras estrategias publicitarias con fines meramente comerciales; ¿cómo podría justificarse, si no es así, que el gobierno –o el Consejo de la Comunicación (voz-de-las-empresas) o la SEP o Gandhi– inunde las calles y las televisiones de incesantes Julietas Venegas, Leonardos de Lozanne, Tatianas, OV7s, Alexanders Acha y figuras del estilo –que, encima, están tan convencidos de que leer ayuda a algo en la vida como lo estaría una Chips Ahoy– y al mismo tiempo decrete que las humanidades, aquellas disciplinas donde de hecho corresponde el leer –y no sólo leer sino reflexionar, pensar la realidad– sean removidas del programa? Hipocresía política. Hay que leer, pero leer sin que esto incida en lo real político, que es lo mismo que decir que hay que leer sólo a Paulo Coelho y Crepúsculo y Quién se robó mi queso. Lógica consumista, lógica antidemocrática.

*Este artículo fue escrito unos días antes del “desliz” del que, a pesar de todo, probablemente será nuestro próximo Presidente. Momento de feliz coincidencia. Leer –no literatura o filosofía (aunque debería), ¿pero ni siquiera de política?, ¿ni siquiera de derecho?: ¿ni siquiera de historia?– es un derecho, no una obligación –afortunadamente (¿?)– pero para un político es, me temo, una responsabilidad. No podemos esperar tener un país con mejores vías hacia la cultura teniendo un Presidente que no ha leído nada.

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