Opinión

Un pueblo domesticado por el PRI

Por Ricardo Rivón Lazcano

La soportable retornabilidad eterna.

De acuerdo, despertó para demostrar que seguía ahí. Tal vez ni siquiera durmió, sino solamente se divirtió un rato con un disfraz de otro color.

Considero al paradigma PRI-Gobierno como una realización socio-histórica, reconocida y aceptada –incluso por aquellos que dicen no aceptarla–, que durante cierto tiempo, digamos cien años, proporcionará modelos de pensamiento y soluciones prácticas a los mexicanos desde una perspectiva eminentemente política.

Un atributo del paradigma PRI-Gobierno es el de adaptarse a las cambiantes condiciones políticas y sociales que naturalmente parecen amenazar su vigencia. Tomemos como ejemplo la superación y reacomodo de las crisis de los años 1968, 1988, 1994, 2000 del siglo pasado y 2006 del actual; crisis de gobernabilidad resueltas, si lo analizamos desde la lógica del poder, con envidiable eficiencia.

Matanza de jóvenes, caída del sistema, magnicidio y desorden económico, derrota e incertidumbre electorales.

¿Quién entregó pacifica, civilizadamente el poder al PAN de Vicente Fox? ¿Quién resolvió la crisis del 2006 y a favor de quién? En ambos casos, el PRI. En 12 años, ¿el PAN hizo algo ya no digamos radicalmente, sino moderadamente distinto a los dictados del modelo?

Una arista del paradigma es la débil y contradictoria pero fuente deslumbrante de legitimidad: la sociedad civil, o como algunos innovadores del leguaje político le llaman, la ciudadanía. Una sociedad fragmentada que en coyunturas toma partido, literalmente, para luego continuar con su atomización cotidiana. Se dirá que hay más organizaciones no gubernamentales y que su campo de acción es amplio y complejo, cierto, pero la mayoría de ellas se sigue moviendo fatalmente dentro de las reglas del paradigma.

De los valores profundos priistas destaca cierta disciplina institucional, un respeto a la incertidumbre, una cautelosa sabiduría de cazador. El triunfo del PRI no significa la restauración porque los procesos históricos son irreversibles. Es deseable que gobierne democráticamente.

Transcribo unos recortes sacados de Juárez y Díaz, continuidad y ruptura en la política mexicana, del historiador Laurens B. Perry, todas referidas a la segunda mitad del siglo XIX:

“El periodista José María Vigil, en una editorial sobre la falta de confianza pública en las elecciones, escribía que ‘en México no se considera a las elecciones como ejercicio fundamental de la soberanía popular, sino más bien como resultado de la intriga y el abuso de poder. Por lo tanto, el que pierde la carrera no le echa la culpa a la falta de favor de la opinión pública sino a la práctica fraudulenta de su adversario, el cual, al violar un derecho, comete el delito de usurpación’.

“También los extranjeros hacían observaciones: John Foster, embajador norteamericano en México escribía que ‘entre los electores existía el convencimiento de que el partido en el poder impondría los resultados de la elección a favor de su candidato, sin tomar en cuenta los votos emitidos’. El procedimiento electoral, escribía, consistía en que los funcionarios ‘a elegir’ eran fijados por el gobernador y un grupo especial, y la lista era conocida generalmente antes de celebrarse las elecciones.

“Está claro que gran número de mexicanos no creía en la rectitud y legitimidad de su proceso electoral. Esa falta de fe se sumaba a la extendida abstención, que sin duda les facilitaba el trabajo a los hombres empeñados en influir sobre los resultados de las elecciones. A su vez, la falta de fe y la extendida corrupción daban origen, en forma casi mecánica, a denuncias de fraude por parte de aquellos que supuestamente perdían las elecciones.

“Es posible que los perdedores en determinada elección exagerasen el grado de corrupción y las generalizaciones de las irregularidades, y se unieran a otros perdedores contribuyendo así a la paranoica creencia en una conspiración a nivel nacional.”

rivonrl@gmail.com

 

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