Opinión

Un tren llamado fracaso

Por: Víctor López Jaramillo

Por segunda vez en este siglo XXI, a Querétaro lo deja el tren. El sueño del progreso montado en las vías ferroviarias se ha descarrilado en un paraje del destino político del país.

Primero fue la mancuerna panista conformada por el presidente de la República, Vicente Fox, y el gobernador queretano, Ignacio Loyola. Dentro de los grandes planes de Fox para transformar el país estaba el de revivir el tren como medio de transporte usual.

Era octubre del 2002 y se anunciaba un nuevo tren para el nuevo siglo.

Querétaro, cruce de caminos por excelencia, como lo llama Edmundo González Llaca, tenía que ser paso obligado de ese tren. Así, nació el proyecto del Tren México-Guadalajara, con nuestra ciudad como un punto intermedio de paso. Sin embargo, el tren bala que alcanzaría hasta 250 kilómetros por hora nunca llegó a su destino.

En 2004, Loyola Vera, ya exgobernador de Querétaro y encargado del proyecto, reconoció que la primera etapa del mismo resultaría la más cara por la orografía de la zona. El costo de la construcción del tramo México-Querétaro hubiera tenido un costo de 2 mil millones de dólares. El proyecto del tren se archivó.

Años después, ya con los colores azules desteñidos del estado e implantándose el rojo priista, José Calzada esboza en su campaña la posibilidad del tren rápido. Pero es hasta el regreso del PRI a Los Pinos con Enrique Peña Nieto que plantean nuevamente construir un tren rápido.

El PRI restaurado se propuso como misión mover a México. Y había que moverlo en tren. Había que construir el primer tren rápido. Nuevamente, como en tiempos porfirianos, éste era la llave del progreso.

Y así, una década después, se anunció un nuevo proyecto de tren: el México-Querétaro. La mancuerna priista Enrique Peña Nieto, presidente de la República, y el gobernador José Calzada Rovirosa, prometía lograr lo que el panismo en el poder no pudo. Sin embargo, el tren, nuevamente, no llegó a su destino.

En esta ocasión, la inversión sería de 1 798 millones de pesos para construir 210 kilómetros entre la capital del estado y la capital del país. Hasta se anunció dónde estaría ubicada la estación queretana: en Calesa, cerca del centro de la ciudad. El argumento que se manejó es que era la mejor opción por ser céntrico.

Pero a los vecinos de la localidad no les pareció un buen lugar. Consideraron que su calidad de vida se vería afectada. Argumentaron que nunca fueron consultados sobre si deseaban tener una estación del tren cerca de sus viviendas.

Los vecinos presentaron pruebas técnicas de que la construcción de la estación en esa zona cercana a Bernardo Quintana provocaría un colapso vial mayor al que ya vive nuestra metrópoli.

Ese anuncio de que la estación sería construida en tal zona logró lo que parecía imposible en ese momento: movilizar a la clase media y que saliera a las calles a protestar. Los gobiernos locales mostraron incapacidad de ofrecer una solución. Por ello, cada semana los vecinos salían a manifestarse con pancartas.

Hace un par de meses, se anunció que se otorgaba el contrato de la construcción de la nueva línea del tren a varias empresas, entre las que destacaba la China Railway Construction Corp y otras empresas ligadas a la familia Salinas.

El primer aviso de que el tren no llegaría ocurrió el 6 de noviembre, cuando la licitación fue revocada. La estocada final llegó este 30 de enero, cuando el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, anunció su suspensión indefinidamente debido al recorte en gasto público.

Pareciera que esta cancelación es un triunfo de los vecinos de Calesa, pero no perdamos de vista que el verdadero motivo es económico. No se canceló porque hubieran escuchado las quejas de los habitantes queretanos ni porque hubiera diálogo local; el motivo es la baja de los precios del petróleo y el aumento del dólar. Ambas razones muy preocupantes para nuestro futuro. El 2015 no pinta bien.

Laberinto

La semana pasada causó revuelo el hecho de que el Partido Encuentro Social (PES) barajara como posibilidad el postular a Carlos Villagrán, mejor conocido como Quico, por su personaje en el Chavo del Ocho. Finalmente, el propio involucrado salió a desmentir dicha versión.

Pero esto no queda en mera anécdota, pues en Guadalajara y en Cuernavaca, buscan postularse el payaso Lagrimita y el futbolista Cuauhtémoc Blanco. Uno por la vía de las candidaturas independientes y otro por un partido estatal.

Pareciera simple anécdota menor de nuestra inconclusa democracia, pues por el momento son precandidatos, pero si dejamos de ver el árbol para ver el bosque, podemos ver que los partidos políticos recurren a personajes famosos en una búsqueda fácil del voto.

No tienen una oferta política, ofrecen entes mediáticos que venden imagen, lo cual representa una falta total de ideas. Corremos el riesgo de caer en una democracia sin ideas.

Habrá que esperar a si Blanco y Lagrimita son finalmente candidatos, pero esto no deja de ser un llamado de alerta.

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