Opinión

Un viaje en el desierto

Por: Eduardo Luque Hudson

En la primera semana de octubre en Indio, California, tuvo lugar uno de los eventos musicales más grandes de los últimos años. Tendríamos en un mismo escenario a Bob Dylan, The Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, Roger Waters y The Who. Sin querer exagerar, el impacto de estos veteranos del Rock & Roll es invaluable, la base y cultura del Rock estaba representada en todos sus géneros. Había que asistir, vivirlo, poder platicarlo con los hijos.

Al primero y único que se me ocurrió en sonsacar fue a mi compadre Raúl; para hacer más contundente mi atenta invitación, le comenté que pasaría su cumpleaños allá: bastaron unos minutos para que sonara mi celular y escucharlo a regañadientes decir “estoy dentro”.

De inmediato a moverse, a conseguir un contacto para poder subirse al tren del Woodstock de nuestra época, de nuestros tiempos, una llamada por aquí, otra por acá y listo, seríamos los legítimos propietarios de los últimos dos paquetes de 200 disponibles, según mi contacto, logrando así nuestro lugar en la historia, formaríamos parte de ella.

Mi compadre Raúl y yo nos alistamos para recibir a Bob Dylan, inclusive yo portaba su playera, mi compadre decidió portar una de Iron Maiden. Los ánimos estaban a tope, sin embargo, el maestro Dylan quedó a deber, no dirigió una sola palabra en toda su presentación, con una actitud nefasta y con mucha prisa, se fue sin tocar nada de la época de oro.

Pasadas las semanas y con la adrenalina de lo vivido aún vigente, le toqué el tema a mi compadre, mejor no lo hubiera hecho, se le fue durísimo, a la yugular, lo recuerda sin ninguna emoción, no se la perdona al maestro.

Los siguientes en adueñarse del escenario serían los Stones, que se llevarían las palmas por su entrega y energía: parecían de 25 años, corriendo por todo el escenario, Jagger y Keith muy rifados, con gran actitud, incluso, nos regalaron en su repertorio un clásico de The Beatles, ‘Come Together’, una maravilla.

La segunda noche era la ganadora, la de gran expectativa, la de mayor espera, el principal motivo de mi viaje, no podría vivir con esa carga en los hombros de nunca haber visto a un exbeatle en vivo. Mi compadre fiel a su estilo, le apostaba a Young. Salimos en punto de las 15:00 a nuestro encuentro con la historia.

En punto de las 18:45 saldría solo Neil Young con una guitarra y su inseparable armónica, mismas que haría sonar como 100 hombres en el estrado, no necesitó de más, le quedó chico el escenario, confieso que me lleve una gran sorpresa, misma que me guardé sin decírselo a mi compadre.

Apenas terminó Young, mi compadre corrió al baño y por algo de tomar, yo me quedé velando armas, había que estar estoicos para la salida triunfal de sir Paul McCartney. A su regreso y después de unos minutos se ilumina el escenario, salía uno de los más grandes, saludando al público y contando anécdotas. Cantó temas de The Beatles, como ‘A Hard Day’s Night’, ‘Can’t Buy Me Love’ o ‘Day Tripper’, como de ‘Wings’ y de su trabajo en solitario también, nos deleitó con un tema de ‘Hendrix Foxy Lady’ y de Lennon, ‘Give Peace a Chance’, para que de la nada apareciera Neil Young como invitado estelar y juntos como dos grandes compadres de parranda, nos interpretarían ‘A Day In The Life’, que quedará como uno de los grandes momentos del Desert Trip.

Los fuegos artificiales de ‘Live And Let Die’ prepararon la despedida de McCartney, que gritó «Hey Jude» ante un mar de brazos en alto.

Quedé impresionado, satisfecho del deber cumplido, mi compadre cree -con su exigencia que lo caracteriza- que pudo haber hecho más, “le faltó” me dijo antes de irse a dormir. Fueron dos horas extraordinarias, dos horas en las cuales las 150 mil personas que estuvimos ahí no paramos de bailar, incluido mi compadre, al cual le quedó a deber.

Nos alcanzó la tercera y última noche y con ella a The Who y a quién dicen ser la mente maestra de Pink Floyd, al señor Roger Waters. Las últimas compras de pánico… ¿por qué no? unas últimas cervezas bien frías, lo ameritaba nuestro amigo Roger.

Pensaba en ese cierre espectacular, Waters y su cerdo flotante, después de esto, la nada, el final del rock como lo conocemos, sin sorpresas su discurso fue el mismo de siempre. Un poco del ‘Dark Side of the Moon’, ‘Wish You Were Here’, ‘Animals’ y otro poco de ‘The Wall’, un espectáculo para complacer a los asistentes.

El bajista estaba contando una historia, la historia de Pink Floyd, para los que leemos entre líneas, no echamos en saco roto un posible mensaje entre líneas… ¿un reencuentro tal vez, una última grabación? De menos un último “World Tour”, ¿es mucho pedir?

Cumplió con todas las expectativas, un gran final repleto de fuegos artificiales, cerdos voladores, nostalgia y agradecimiento por los tiempos vividos y mejor compartidos. El festival estuvo muy bien llevado y ejecutado, la gente salió complacida y agradecida con sus ídolos que nos hicieron recordar grandes momentos que nos marcaron en algún momento.

Tengo para mí que con este festival se cierra un ciclo generacional musical, aquí solo dio cabida a puros viejos lobos de mar, puras leyendas, exprimiendo los últimos años que le pueden sacar a su carrera. La mitad de ellos hicieron comentarios políticos y manifestaron unos más claros que otros, su rechazo a Donald Trump. Con esto dan entrada nuevas bandas, a los frutos de su legado, fuimos afortunados de estar ahí, así como Woodstock sucedió en 1969 hace casi 50 años y fue el inicio, ahora ceden el paso a los que siguen.

Gracias eternas a Bob Dylan, The Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, Roger Waters y The Who, personajes que en su momento fueron, son y serán una necesidad para la humanidad.

Desert Trip es un festival para la historia sin duda, ¿será el mejor? No lo creo, hubo mucho mejores, ¿qué sigue? Por lo pronto me quedo con una frase que le escuché a mi papá, “siempre hay más y mejor”, esperemos los amigos de Led Zeppelin nos regalen un último concierto juntos, mientras haya vida ahí estaremos mi compadre y yo.

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