Opinión

Una carta abierta a Andrés Manuel López Obrador

Por Juan Carlos Martínez Franco

Respetable candidato:

Lo saludo con gusto. Estoy consciente de que probablemente usted no leerá esta carta, que una campaña a unas semanas de terminar consume todo su tiempo, que la elaboración paso a paso, ciudad en ciudad, de un «proyecto de nación», como lo llama usted (y que por lo demás debería ser la intención de todos los candidatos), no es cosa fácil. Y sin embargo, aquí estoy.

De haber estado en edad de votar en las elecciones pasadas, confieso, hubiera votado por Felipe Calderón; parecía lógico darle otra oportunidad a ese cambio tan anunciado. Muchas cosas se han alterado desde hace seis años: las malas decisiones del gobierno actual en materia de seguridad, una tras otra, han debilitado a este país a grados peligrosísimos. Hoy creo, por varias razones, en la importancia de un gobierno de izquierda en el país, en tanto representa una mejor opción para el país y para los que lo habitamos, algo más justo, menos corrupto. Usted, que representa la opción de izquierda, no ha actuado para estar a la altura de esa importancia. Ha actuado despótica y antidemocráticamente. Una revisión crítica a varios momentos de su actuar en el país nos lo demuestran.

Llámeme desconfiado, incluso rencoroso, pero a mí aún no se me olvida el berrinche –¿podemos llamarlo de otra manera?– que orquestó al darse a conocer los resultados de las elecciones pasadas. Tampoco olvido la intransigencia, la actitud defensiva y casi esquizofrénica, el poco respeto a las instituciones del Estado, ya de por sí debilitadas. No se me olvida, para bien o para mal, que haya entrado al juego y no haya respetado las reglas. Usted como Presidente pudo haber sido o no un peligro para México, pero como candidato, con sus actitudes, de hecho lo fue: puso en fuerte peligro la estabilidad democrática nacional.

«México hoy es un país al que todo le duele, enfermo de corrupción, infectado de violencia», dice Elena Poniatowska, «pero si uno se pone a escuchar oye un latido que lo pone a temblar: el de su juventud». Es por eso que, a pesar de todo, le escribo esta carta; porque creo que hay algunas cosas que debo sacar de mi pecho –que sé, además, que están en el pecho de muchos jóvenes– y que usted debería saber.

Primero: ¿cómo resolverá el problema de la violencia? ¿Cómo se acercará a lo que quedó –y a lo que falta– de la guerra que vive el país, fuera, queda claro, de las respuestas de cajón, vacías por reiterativas y simplistas, de «con educación de calidad», «erradicando la corrupción» y «creando espacios de sana convivencia» (ya no digamos «fomentando el amor entre los mexicanos»)? Se trata de hablar claramente de seguridad, el tema más apremiante en la agenda nacional. Sus planes en materia de educación, recursos naturales y economía son claros, ¿por qué no lo es la seguridad?

Y segundo, y quizás el más importante: ¿cómo podemos confiar los que no hemos olvidado sus tropiezos, por llamarlos de alguna manera, en que su actitud autoritaria y anti-institucional no saldrá a flote de nuevo? Más aún, ¿qué quiere decir exactamente aquello de la «república amorosa»? Escucho su discurso y no puede sino aturdirme una singularidad: ayer muy a la ofensiva, hoy muy replegado en el capuz del amor y la concordia (valores, además, de profundo raigambre católico). Este discurso parece haber emergido de la nada justamente para alivianar los efectos que tuvo en su imagen el terrible proceder de hace casi seis años. Me gustaría confiar en que estará abierto al diálogo y que será receptivo a la crítica; que, a pesar de que en sus campañas se ha rodeado de los seguidores más férreos –que son muchos­–, también sabrá alejarse de la vanagloria gratuita –de esa imagen, todo menos gratuita, del Mesías Tropical– y mirará al país y a su futuro asumiendo toda la responsabilidad. Pero no es fácil.

Estoy lejos de pensar en usted como Aquél Que Salvará Al País. Quiero creer en usted. Sé, aunque suene triste (y lo es), que su propuesta es la mejor entre toda la mediocridad que inunda las elecciones de este 2012. Por encima de mi escepticismo está el fantasma terrible del voto útil. Ha usted conformado su gabinete con gente valiosísima. Algunas de sus propuestas son innovadoras e inteligentes. Admiro que haya reconocido la importancia de la inversión extranjera sin que esto signifique la privatización. Admiro su incansable itinerario por el país durante los últimos años, su preocupación por lo social y por la cultura directo de la voz de los que busca usted representar. Admiro que busque el diálogo con los jóvenes. Admiro que reconozca la corrupción, irresponsabilidad y putrefacción general de la clase política mexicana. El problema es que, a pesar de todo esto, no estoy convencido, y le aseguro: la culpa no es mía, sino suya y de su partido. Por cada buena propuesta, hay un debate oficial vacío de ideas valiosas para el país (lo esperaba de cualquier candidato, ¿pero de usted?). Por cada palabra de reconciliación hay una contraparte pasada de choque e intransigencia. Por cada camino andado en estos seis años sobre usted y su equipo pesa el lastre de una avenida cerrada por casi un año, a costa de 20 millones de personas. Llámeme desconfiado, incluso rencoroso, ¿pero en qué puedo basar mi voto más que de lo que el pasado –no sólo el presente– me dice de usted?

Al lado del nudo en mi pecho, de esta inconformidad que necesita ser expresada y reconocida, está también el latido del que habla Poniatowska, aquél que está en el corazón de los jóvenes como yo y que hace –y hará– temblar al país. Yo, como la mayoría de los jóvenes que hoy se manifiestan –en las redes sociales, en la calle, en las universidades, entre familiares y amigos– ante la posibilidad de un candidato fabricado por los medios y que representa lo peor de la política nacional tomando Los Pinos en diciembre, estoy poniendo, aunque con enormes miramientos, mi fe en usted. Ojalá que, a pesar de lo que la historia dice de usted y de lo que muchos recordamos, a pesar de las dudas y la expansión del desaliento, logre un cambio, el cambio tan prometido. El país lo necesita, al cambio y a usted: al usted que propone, no al que habla de concordia, y ciertamente no al que manda callar Presidentes y trastorna las instituciones de su país. Quiero creer en usted. Por todo lo práctico, creo en usted. Con el nudo y el latido. No nos decepcione.

@juandearcadia

 

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