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Una lección

Por allí me contaron una historia. Al oírla, sentí ahogarme de la emoción. Ahora quiero compartirla a ustedes.

Dicen que Ale llegó el primer día de clases al grupo que le asignaron: sexto B. Llevaba muchos años en la escuela; siempre le daban los últimos grados, porque tenía fama de exigente, y le gustaba que a su escuela la reconocían por sus egresados: nunca eran rechazados en la secundaria. Al contrario, en la zona se decía que los niños de ese plantel salían bien preparados y llegaban a la universidad con buenas calificaciones.

Ale planeaba sus clases. Quería que los chicos se llevaran tres lecciones de su escuela. La primera, que lograran el rigor científico necesario en sus estudios; la segunda, que fueran solidarios con sus compañeros (dar y pedir apoyo cuando lo necesitaran); la tercera, que su saber hiciera un mundo mejor que como lo encontraron. Con esas ideas, preparaba sus clases. Los muchachos estaban atentos a las lecciones e indicaciones de la maestra.

Pero, ¡mhhh…!, no sabía qué pasaba con Reyes, el chico que, a dos semanas de haber iniciado, seguía llegando tarde, sucio y sin las tareas que encargaba, aunque ella las revisaba en voz alta, frente a todos los muchachos, y les aclaraba cómo calificaba las respuestas o ejercicios que entregaban; o sea, les daba otra vuelta a sus lecciones. Pero Reyes sólo veía al infinito, por la ventana, sin saber lo que sucedía en el salón.

Al primer mes de clases, Ale decidió hablar con él, antes de quejarse con la directora o los padres del chico. Lo citó para el otro día, pero él no llegó. Tampoco en la semana siguiente. Apenas llegó al otro martes; pero no asistió miércoles, jueves ni viernes. Furiosa, habló con la directora. Ésta le pidió que se calmara, y le explicó: cuando el muchacho iba en quinto, su madre enfermó de cáncer; él la atendió y, diez meses después, la señora murió. El papá había salido a buscar trabajo, pero no regresó; nadie sabe si todavía vive. Reyes hizo chambitas para sobrevivir y ayudar a su hermano menor. Siempre había destacado en la escuela, pero no pudo con el infortunio. ¿Cómo sobrevive, mantiene a su hermano y su casa y, a veces, va a la escuela? Hay que tenerle paciencia.

Desde entonces, Ale ve a Reyes con otros ojos. Lo invitó a su casa, para que estudie. Él dijo que no tiene tiempo. Ella lo contrató, dizque para que la apoye en su casa. Lo que en verdad quiere es que termine la primaria. Sin decirlo, lo adoptó, lo alimenta, le entrega el cariño que perdió con su madre. Por cierto, la maestra se echó otro paquete, en el que no había pensado: el hermanito de Reyes.

El chico concluyó la primaria, aunque a rastras. Hizo la secundaria, la preparatoria y, al fin, la carrera de contador privado. Todo el tiempo, Ale los procuró a él y a su hermano. Ya para titularse, Reyes le dio a su maestra la invitación para la ceremonia. Ella le dijo que la tenía que dar a su propia familia. Él le respondió que Ale y su hermano eran lo único que tenía. Además de la invitación, puso en sus manos un collar hecho con piedras de río, y un frasco con restos de perfume: era lo único que conservaba de su mamá y con eso la recordaba. Insistió en que la quería en la graduación con el collar y el perfume.

En la ceremonia, Reyes habló en nombre de sus compañeros. Explicó que el acto mostraba lo que alcanza el ser humano cuando cuenta con alguien. Entonces, miró a Ale, la llamó “su maestra” y “su única familia”; dijo que, por ella, él llegó a este momento. Fue cuando Ale entendió el valor de confiar en que los otros pueden ponerse de pie.

A la entrega de los diplomas, Reyes miró a la maestra de su primaria; le pidió que se acercara y recibiera el diploma de él. Al caminar al estrado, Ale entendió el gesto del collar viejo y los restos del perfume. Era el recuerdo de su madre representado, ahora, en su vieja maestra, su nueva madre.

¿Quién le dio la lección a quién?

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