Opinión

Una nueva piedra de los sacrificios para una nueva religión

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Una de las grandes aspiraciones de muchos pueblos, a lo largo de la historia de la humanidad, ha sido la unidad y el orden. “En el principio (narran las viejas leyendas) reinaba el caos, pero Dios dijo que llegara el orden y el concierto se extendió por todo el universo”.

Cosmos y caos, desde los griegos, son palabras antónimas, que corresponden al mundo celeste y al terrestre. El Paraíso (el Cosmos) es un lugar perfecto, armónico, inmutable y ausente de conflictos. Quien desentone con él, debe de ser excluido. La Tierra (el Caos), en cambio es un lugar heterogéneo, caótico, movible, al que llegan todos los desterrados del Edén, por no haber respetado las normas.

Adán y Eva fueron los primeros expulsados por querer conocer; por atreverse a plantear preguntas más allá de lo permitido, y por buscar nuevas respuestas, en su sed de saber. Babel, mítico origen de la diversificación lingüística, es resultado del castigo divino al atrevimiento del Hombre de querer ser como dioses. La diversidad étnica, de culturas, de lenguas y de formas de comprender el universo son muestra de la imperfección humana, que tiene como consecuencias: la confusión, la incomunicabilidad, el desconcierto, el conflicto, la guerra.

Para apaciguar a los dioses, molestos, por la desobediencia de los hombres, los pueblos elegidos, han considerado necesario realizar ciertos sacrificios, dando muerte, no sólo a animales, sino también a seres humanos.

Por otro lado, la aspiración a la unidad universal ha llevado a los gobiernos a perseguir a los “distintos”, en especial a los disidentes, señalándolos (según los tiempos y los contextos) como: “herejes”, “sacrílegos”, “infieles”, “brujos”, “hijos de Satán”, “rebeldes”, “insurgentes”, “sediciosos”, “comunistas”, “anarquistas”, “terroristas”, “renuentes”, “resistentes”, “anormales”, “manzanas podridas”, “ovejas descarriadas”, “negritos en el arroz” y demás.

Un modo alternativo de asomarnos a la Historia nos permitirá reconocer, en cambio, las múltiples perspectivas de todos “esos extraños”. Desde el otro lado del espejo, podremos comprender la importancia de la disidencia, de la insumisión y, sobre todo de la discusión cuestionadora del orden establecido, sin la cual el movimiento de la humanidad sería imposible.

En esta otra lógica, sabemos, por ejemplo (como señala Manuel Pérez Rocha, en su artículo “Discutir la Universidad”, La Jornada, 10-10-12), que ya “desde la Edad Media, en la universidad se reconoce la discusión como método creador y enriquecedor del conocimiento, discusión en la que intervienen maestros y estudiantes. Ya desde esa época la educación se proponía enseñar a discutir (la disputatio), no simplemente llenar la cabeza de los estudiantes con los conocimientos expuestos por los maestros (lectio). Varios siglos después se reconoce que los conocimientos cambian y aumentan de manera tal que una función esencial de la educación debe ser enseñar a aprender durante toda la vida, y una forma fecunda de aprender es discutir…”

El siglo XX, con sus grandes movimientos libertarios (en la filosofía, en las ciencias naturales y sociales, en las artes, en la pedagogía, en la tecnología e incluso en las religiones), nos llevó a imaginar, sobre todo a partir de la postguerra, que ingresaríamos a una nueva etapa en la Historia, en la que el derecho a la diversidad sería respetado y reinaría la democracia; es decir, una forma de organización social y de gobierno, en la que “todos”, no importara nuestra condición, tendríamos la posibilidad de decir nuestra palabra y de ser tomados en cuenta; un régimen en el que la discusión de las ideas, motor del conocimiento y condición de los consensos sociales, estuviese presente en todos los espacios.

El fenómeno de la globalización del capitalismo salvaje, que cobra especial fuerza a finales de los años ochenta, con la caída del Muro de Berlín, provocó un movimiento inesperado hacia un nuevo teocentrismo.

El nuevo dios es el Neoliberalismo, en torno al cual, se pretende hacer girar la unidad mundial: Desde el Fondo Monetario Internacional, templo sagrado de la nueva religión, se dictan los nuevos dogmas, concretados en las reformas estructurales: laboral, energética, educativa, de seguridad, de salud y demás.

Uno de esos dogmas es la estandarización y el férreo control de todos los procesos, tiempos y movimientos (¿y pensamientos?) de los trabajadores y estudiantes. “Quienes no estén a la altura” (o más bien, quienes no pertenezcan a la cúpula en el poder ni tengan palancas), no podrán entrar al Paraíso.

El Paraíso Neoliberal, sin embargo, es asqueroso, según narra Eduardo Galeano: “Si nos portamos bien, está prometido, veremos todos las mismas imágenes y escucharemos los mismos sonidos y vestiremos las mismas ropas y comeremos las mismas hamburguesas y estaremos solos de la misma soledad dentro de casas iguales de ciudades iguales donde respiraremos la misma basura y serviremos a nuestros automóviles con la misma devoción y responderemos a las órdenes de las mismas máquinas en un mundo que será maravilloso para todo lo que no tenga piernas, ni patas ni alas ni raíces”.

Para quienes protesten, se nieguen a cooperar o denuncien que este nuevo orden mundial lleva a un tremendo empobrecimiento en todos los sentidos (natural, económico, científico, cultural, intelectual, moral, espiritual, etc.), les espera una nueva piedra de los sacrificios. El resto ya está atrapado en la alienación, en el miedo o en la pusilanimidad.

(No dejen de escuchar todos los sábados de 12 a 13 hrs. el programa radiofónico “La pregunta… del águila que se levanta”, un programa sobre educación, en Radio Universidad, 89.5 FM; www.uaq.mx/servicios/radio.html).

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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