Una semana después: dos de octubre, todavía

He vuelto, por curiosidad o cansancio, a las lecturas de mis años 70 y 80. No a la teoría, que es muy necia como cualquier sexagenario necio, sino a las novelas que olían a café, a los cuentos escritos con rabia, a los ensayos que se jugaban algo más que la voz y a la poesía que sonaba como metal contra piedra, la de Mayakovski y sus imitadores domésticos. Me sorprende recordar aquella energía: parecía que el lenguaje iba a estallar de tanto futuro. Hoy apenas queda el eco, y en él ya se escucha la decadencia que venía en camino.
Regresar a esas páginas es abrir una carta vieja y reconocer en la tinta la ingenuidad propia. Ya entonces confundíamos rebeldía con estilo, y el fervor con una forma de pertenencia. Siempre protegidos por el manto sagrado de la autonomía universitaria. Creíamos que el enemigo tenía rostro y dirección postal. Ahora todo es más difuso: los poderes no se ven, y las resistencias se dispersan en comentarios bien escritos.
El problema de recordar demasiado es que uno termina corrigiendo el pasado como quien pule una falta de ortografía. La memoria se vuelve documento, el dolor se archiva, la rebeldía se vuelve exposición con horario. Lo que fue insomnio colectivo se integra al calendario oficial, entre una lectura de poesía y un informe de derechos humanos. A veces me impacienta que el recuerdo sea tan ordenado: un museo de lo que alguna vez dolió.
Sobrevivir, lo sé, también es una forma de rendirse. Adaptarse, una manera de decir que ya no duele tanto. Las viejas convicciones se descomponen despacio, sin drama. Un día te descubres repitiendo el tono de quien antes combatías, agradeciendo disculpas, comentando logros institucionales con vocabulario técnico. Es el triunfo de la sensatez: el exilio interior de la furia, su agotamiento entrópico.
El dos de octubre no se olvida, dicen. Y es verdad: no se olvida, se repite. Cada año lo evocamos como una oración sin fe, con nostalgia de haber creído. El Estado lo aprendió rápido: convirtió la memoria en un trámite y la culpa en una ceremonia. Nosotros asistimos puntuales, sin ira, como si la lucidez fuera una forma de paz.
A veces me pregunto si no confundimos madurar con rendirnos. Aprendimos demasiado, y en ese exceso algo se apagó. La inteligencia, que debía liberarnos, terminó volviéndose una forma elegante de obedecer. La razón, en lugar de abrir caminos, empezó a censurar los impulsos. Aquella ignorancia ardiente que creía posible cambiar el mundo con una sola frase quizá era más viva que esta lucidez inmóvil. El conocimiento sin furia -me repito- es solo burocracia del alma.
Decimos que seguimos del lado correcto de la historia, pero la historia ya no tiene lados. Los jóvenes nos miran como se mira un fósil que todavía habla, y el país continúa girando en su vieja noria de promesas y derrotas.
Una semana después, o 57 años después, seguimos esperando que algo cambie. Lo que falta no es ideología, ni partido, ni consigna: es voltaje moral, esa corriente invisible que alguna vez nos hacía mirarnos sin vergüenza.
Y, sin embargo, a veces algo chispea. Una frase, una canción, un verso desobediente. Dura poco, pero basta para recordarme que el fuego no se apaga: solo cambia de temperatura.



