Opinión

Unos lentes nuevos

Por Omar Árcega

Siempre es fascinante analizar aquellos temas que dividen a la sociedad, pues al deshebrarlos llegamos a las fobias y prejuicios de nuestro entramado social. Un asunto que más o menos reúne estas características es la reciente visita papal. Una amplia mayoría de la población se mostró gustosa o indiferente ante el acontecimiento, mientras que sólo una minoría mostró abiertamente su rechazo.

Trauma histórico

Esta confrontación de visiones mostró que la práctica social, fortalecida por generaciones, de circunscribir el sentir religioso al ámbito privado aún sigue vigente, hecho que vulnera una libertad religiosa modernamente entendida. La separación Iglesia-Estado ideada por Benito Juárez es un trauma histórico que como nación no hemos superado, un planteamiento del siglo XIX que no alcanzamos a vivir como una nación del siglo XXI. Y es que las élites que nos han gobernado siempre han padecido bipolaridad religiosa: en público reniegan de sus creencias y en privado las profesan, así fuimos educados, esto mismo reproducimos, la pregunta es, ¿una sociedad democrática se puede fundar sobre ciudadanos que escondan esferas tan trascendentes como la religiosa?

Un nuevo sentir

Esto parece estar cambiando, como en toda transformación están los que se oponen, los que se aferran a una historia, que si bien nos condiciona, no nos determina. A mí entender, lo que esta visita dejó, fue mostrarnos que están emergiendo nuevas prácticas sociales de vivir la religiosidad. En la década de los ochenta era impensable que un Presidente asistiera a una misa en público, inconcebible que los candidatos a sucederlo se congregaran en torno a un acontecimiento religioso. No soy ingenuo, y por supuesto que esto se puede interpretar como un deseo de legitimación, de atraerse votos, de mera estrategia política, pero incluso si estás sólo fueran las motivaciones, no por eso deja de haber un reconocimiento y visibilidad de la importancia de la religión para nuestra convivencia social.

Urgen acuerdos

Ver a políticos de diversas ideologías reunidos en torno a una práctica religiosa, me hizo recordar esas escenas europeas donde un jefe de Estado o actores políticos se unen en torno a una misa o reunión protestante en ocasiones especialmente significativas para la nación; allí se manda un mensaje a los ciudadanos: pese a nuestras diferencias hay elementos que nos unen. Este grado de civilidad no es “natural” a su historia, si hubo un continente que padeció las llamadas guerras de religión fue el europeo. La escisión hecha por Lutero costó sangre y muerte, división de familias y comunidades, pero finalmente entendieron que el error no consistía en profesar una fe de manera pública, sino en no saber escucharse y aceptarse, comprendieron que debían buscar sus coincidencias y con base en ellas construir acuerdos.

Por otro lado asistimos a una sociedad que si bien en más de un 80 por ciento se dice católica, el grado de radicalidad con el que se profesa esa fe es muy variable. Están desde aquellos que se esfuerzan por vivir ortodoxamente la doctrina hasta los que se dicen católicos de nombre pues no suelen participar en las prácticas de culto. Estamos frente a una pluralidad, el número de “católicos light” va cada vez en aumento; esto desvanece el supuesto peligro de un control que tanto asusta a los que se quedaron viendo al mundo con lentes decimonónicos.

Este México del siglo XXI debe acoger todas las visiones de sus habitantes, generar los grandes acuerdos basados en las mayorías, pero sin olvidar, en la medida de lo posible, a las minorías. Ni imposiciones de las mayorías o de las minorías.

Esta visita nos arrojo gafas nuevas para un viejo problema: la convivencia y expresión religiosa. Ahora como mexicanos, debemos preguntarnos qué nación buscamos, yo veo dos caminos. El primero es seguir volteando al pasado, hacernos esclavos de nuestra historia y sus fobias, desde aquí seguir la segregación de lo religioso y jugar a esconder esta esfera del ser humano. El segundo es aceptar que somos una nación con hondas raíces religiosas, mostrar que expresar una fe en público no es el problema, sino el no saber convivir en un entorno de pluralidad.

Tomar el segundo camino no es cosa sencilla, implica cambiar mentalidades, crear nuevas prácticas culturales, todo esto generalmente duele pues siempre es más cómodo vivir de un pasado glorificado e idealizado. Sin embargo una nación del siglo XXI no puede vivir con ciudadanos escondiendo sus cosmovisiones éticas o religiosas, pues esto lleva a una esquizofrenia social y desde ahí cualquier esfuerzo por construir democracia es vano y vacío.

twitter.com/Luz_Azul

 

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