Opinión

Urge el tren México – Querétaro

Por: Daniel Muñoz Vega

PARA DESTACAR: El tramo de la México–Querétaro es un desastre: tráfico, accidentes, reparaciones, asaltos y casos de violaciones sexuales.  El tren que se había pensado hace tres años es una  solución; este se canceló, primero, por el escándalo de la casa blanca.

Voy camino a San Juan del Río. Al ver a Conin en medio de la carretera, comienzo a salivar como perro de Pavlov: unos tacos de barbacoa son mi primera escala. Desde ahí, desde Miranda, veo el tránsito de la autopista 57. La perspectiva de la velocidad de los autos es totalmente diferente cuando la vemos desde afuera ¡Qué manera de manejar de todos! De pronto, empiezo a pensar tonterías como si tuviera algún conocimiento mínimo de ingeniería y urbanismo ¿Qué hacer con esta carretera? Se ha colapsado y ante el crecimiento de la ciudad y de las zonas industriales, cada vez se pondrá peor.

Entre el vapor y el olor a montalayo, me vienen a la mente los trenes. Quiero hablar de ellos. Tuve dos abuelos ferrocarrileros. Ambos consagraron su vida laboral a Ferrocarriles Nacionales. Al finalizar su ciclo, gozaron de una pensión digna. Eran otros tiempos. Había otra forma de entender la vida pública del país, más por los aires revolucionarios de las primeras décadas del siglo pasado.

Las empresas paraestatales fueron un pilar importante para la formación de la clase media en México.  Eran los años del milagro mexicano con crecimientos de 7 por ciento anual. México tenía varias industrias desarrolladas; para ejemplificarlo mejor, había 19 mil 500 kilómetros de vías férreas en México cuando Porfirio Díaz  se largó del país.

México tenía mucho petróleo. El automóvil era un símbolo del progreso. Había que moverse por carreteras. Como política internacional, México podía hacer gasolina. Este país funciona de manera surrealista. Nunca se pensó de forma seria en la petroquímica.  Desde la Revolución Mexicana hasta la era neoliberal que comenzó en los años ochenta se construyeron 5 mil kilómetros más de vías férreas.

Cuando Zedillo remató la industria ferroviaria en 1996, el país contaba con casi 25 mil kilómetros de vías.  Nos dijeron que todo eso, rieles y trenes, era chatarra, que había que venderlo antes de que fuera a parar al fierro viejo.

Cuando era niño viajaba seguido en tren. En específico de Querétaro a México y de regreso. De la vieja estación salía un tren a las seis de la mañana y otro a las seis de la tarde. Se hacían aproximadamente 3 horas. Llegábamos al DF a la estación de Buenavista. A principios de los años noventa, la industria ferroviaria comenzaba a tambalearse mientras Salinas construía una importante red carretera, que sería administrada por empresas privadas que después quebraron y que hubo que rescatar.

Somos el monumento a la infamia. Se impulsó el transporte terrestre y surgieron nuevas compañías de autobuses. Los trenes de pasajeros dejaron de funcionar en 1997. Ferrocarriles Mexicanos se privatizó, fue comprada por la Kansas City Southern y la Union Pacific, esta última  en asociación con la empresa Ferromex de Germán Larrea, y únicamente funcionan como transporte de carga.

Los trenes y la forma como se desmanteló su industria, me vino a la mente por la actual situación de la autopista 57. Esta vía cuenta con mil 250 kilómetros y es trascendental para la vida económica del país ya que conecta el norte con el centro. Funcionarios de la SCT dicen (aunque no dicen cuánto) que un porcentaje importante del PIB se mueve por la 57. El tramo de la México–Querétaro ha quedado colapsado por la carga de automóviles y tráileres que circulan todos los días.

A finales del mes pasado, el diputado Braulio Guerra Urbiola se quedó atorado ahí; el legislador se bajó de su camioneta y mandó un mensaje a la SCT por medio de un video para que pongan remedio a la situación de la carretera. Algo hay qué hacer… sí, y todo lo que digamos, más bien se tuvo que haber hecho por lo menos 15 años atrás.

Hoy el tramo de la México–Querétaro es un desastre: tráfico, accidentes, reparaciones, y lo último, asaltos a mano armada en autobuses de pasajeros y casos de violaciones sexuales.

Ante tal panorama, el tren que se había pensado hace tres años es una  solución; este se canceló, primero, por el escándalo de la casa blanca y después, por los bajos precios del petróleo. Urge volver a pensar en el tren como una opción, como una respuesta a la problemática de movilidad.

En próximos meses se entregará el libramiento Palmillas–Apaseo el Alto, que servirá como paliativo; sin embargo, falta pensar  en mayor infraestructura en la 57, y en pensar de manera creativa para solucionar el problema; insisto, más allá denostalgias, el proyecto del tren tiene que ser reactivado.

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