Urgencia de practicar la Pedagogía de la Indignación en Querétaro

Las vicisitudes que sufre últimamente la capital queretana representan una oportunidad inigualable para emprender una lectura crítica de la realidad y practicar lo que Paulo Freire llamó “Pedagogía de la Indignación”, en sus “cartas en un mundo revuelto”. Se trata de una pedagogía que denuncia y a la vez proyecta lo que aún no existe.
Dicha lectura crítica lleva a reconocer que el drama queretano no es mera consecuencia de “eventos provocados por la naturaleza con sus precipitaciones atípicas”, según pretenden Kuri y Macías. También lleva a analizar las reacciones dediversos miembros de los gobiernos municipales, estatal y federal, de partidos políticos, del Congreso, del sector empresarial, de las víctimas, de la ciudadanía organizada, de instituciones educativas y de especialistas en temasecológicos…
El desastre sufrido resulta del estallido de la olla de presión urbana, que por décadas viene acumulando mala planeación, pésimas decisiones u omisiones de los gobiernos neoliberales, negligencia, corrupción, indolencia, ignorancia, ineptitud…; falta de comprensión integral de lo que implica diseñar y organizar una ciudad sostenible, o falta de agallas para poner límites a la voracidad de los grandes capitales, que, en último término, son los que deciden.
La emergencia surgida es resultado PREDECIBLE de la mercantilización de todo lo que existe; de políticas que han privilegiado el negocio y que entienden al servicio público como administración de empresas; de esa lógica que reduce lafunción del gobierno a ser “arbitro de conflictos entre particulares”; obscenamente permisivo para la gente pudiente ycriminalmente represor para la población más vulnerable. Ya lo aclaró Marco Del Prete: “en un Estado de libre comercio,cada negocio puede colocarse en donde guste, y será la mano invisible, la que regule si le va bien o le va mal”.
Esta lógica anárquica ha dividido a Querétaro en zonas opulentas, con derecho a recibir todos los servicios, y zonas de“gente jodida, que no merece atención por borracha”, como dijo una vez el exgobernador Francisco Domínguez. Es mucho más fácil despilfarrar el erario en publicidad rosa, en cámaras de vigilancia, en agencias de seguros, entrapeadores, cubetas, cloro, colchones y enseres domésticos, cuando ocurren los desastres, que resolver de raíz los añejosproblemas estructurales de los más bajos barrios queretanos.
En este contexto, la Pedagogía de la Indignación propone emprender un análisis riguroso de los acontecimientos, para reconocer “la legitimidad del sueño ético-político de la superación de la realidad injusta”; entender que “lidiar con la ciudad no es una cuestión meramente técnica (como insiste Kuri), sino más bien política”, y que “es domesticador el discurso que dice que el pueblo quiere cada vez menos política, menos palabrerío y más resultados”.
En otras palabras: una ciudad sólo podrá sobrevivir, cuando se reconozca en los hechos, que las clases populares “tienen derecho a participar de los debates sobre un proyecto diferente de mundo y de ciudad” y que no pueden contentarse con ser solamente “guiadas”, “ayudadas” o empujadas al sueño de sus líderes.
Las personas más necesitadas de la Pedagogía de la Indignación son esas víctimas agradecidas por el apoyo recibido de manos del mismísimo gobernador y del alcalde, que la publicidad gubernamental muestra profusamente. Pero también la necesitan funcionarios como Eric Gudiño, F.F Macías o Sandra Diez -delegada de Felipe Carrillo Puerto- que en su desesperación por no saber qué hacer ante el drama que se les vino encima, insultan a la gente (y no me refiero sólo al regidor Avse Fernando), al punto de amenazarla con “¡Te voy a partir la m…!” (¡sic!), como hizo el alcalde capitalino, con un vecino de Carrillo Puerto, enojado por la forma como se desaguó el cárcamo de 5 de Febrero, sobre la avenida San Diego.
Aprender la pedagogía freiriana implica, en fin, “reconocer que cambiar el mundo es tan difícil como posible”, así comoasumir el riesgo de escuchar y tratar de comprender a quien ve las cosas diferente de mí, en especial a quien ha sido sistemáticamente negado.



