ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

VACACIONES

“La verdad es que todos estamos “hasta el gorro” en Querétaro. Lo mismo mis hijos, si bien ellos ya están más hechos a la vida de ciudad”, le dije. “No se quejan, aunque todos los días en el mercado nos cambian los precios, y cada vez amanecen más caras las cosas y es más escaso el trabajo. Y si eso no bastara, faltan escuelas y centros de salud; no hay transporte público para todas las colonias o los lugares donde nos movemos. Será que mis muchachos están más hechos a la ciudad que al campo. Cada día es más difícil vivir en un lugar como Querétaro, que crece sin parar y con mayor agresividad para sus habitantes. Muchos ya no lo soportamos. Es verdad que mis hijos tampoco quieren vivir fuera y separados de amigos y “comodidades”. Como sea, gracias por invitarnos al rancho este fin de año”.

“No‘mbre’…, si la‘gradecida’ soy yo”, respondió Enedina, mientras que volteaba “las gordas” en el anafre o revisaba que estuvieran bien calientes, o hasta doraditas. Si ya estaban a su gusto, las sacaba del comal y las guardaba en la servilleta y, luego, en el “tompiate” (como le llama al canasto donde mete las tortillas para comerlas). Para mis hijos, mi prima y sus chamacos hablan muy “chistoso”, igual que los demás del rancho. A veces, cuando nos quedamos solos con ellos, mis pequeños -que ya están muy grandes- voltean a verme, en silencio, como para que les traduzca lo que dice mi familia. Es cierto que a mis hijos les gusta estar en el rancho con los parientes, pero a veces se desesperan, porque todos hablan como si nada, como si viviéramos con ellos; aunque no les entendamos.

Como yo nací y me crie en estos suelos,pos alcanzo a entender lo que dicen; pero no se crean: hay cosas que se “m’escapan”, y por eso tengo que preguntarles a qué se refieren, o hasta tengo que pedirles que me lo repitan, “que’s” que “porque yo estaba distraída” (así me disculpo). La verdad es que llevo tanto fuera del rancho que ya me desacostumbré a varias cosas: se me han olvidado muchas de las formas de ser de acá, y no entiendo modismos o formas o estilos de antes, ni reconozco lugares.

El caso es que, mientras mi prima hacía el almuerzo, me decía, esperando que yo estuviera de acuerdo con ella o, como dicen ellos, le diera por su lado: “Ya ‘’sta’bía’ pensado que, por ser nosotros tan pobres, ustedes se habían arrepentido de venir a vernos. Aunque, eso sí, aquí les ofrecemos todo lo que tenemos, manque sea sólo un rincón y un colchón; pero, sin duda, les damos mucho, mucho corazón. No se “priocupen”: hoy en la noche no pasarán fríos” (me recordaba a Juana -la mamá de mi prima-, quien siempre se quejaba de su pobreza. Cuando íbamos a visitarla, lo primero que nos decía era que deberíamos haberle avisado que iríamos a verla. Cada que nos decía eso, yo siempre me preguntaba: “¿cómo le íbamos a avisar, si vive perdida en el monte, sin saber dónde se halla y ella sin teléfono ni mensajería postal?)”; entonces, mi tía concluía diciendo que nada nos faltaría a su lado, así fueran sólo unas gordas recalentadas. Pero la “verdá” es “qu’era” tan pobre, que su casa sólo eran palos levantados y tablas atravesadas: el aire se colaba por todos lados.

“Por eso ni te preocupes”, le garantizaba yo a mi prima, para que se sintiera a gusto. “Ya sabes que para nosotros esto es como vacaciones en el bosque, con todo pagado. Pero ‘aquís’ está mejor, porque en este lugar, todavía se respira aire limpio y fresco; no como en la ciudad, donde lo único que crece son deudas y edificios, en lugar de plantas, y el suelo es de asfalto, en lugar de tierra. Puedo decir que, más bien, yo soy la dichosa porque nací aquí, en “La Purísima”, a pesar de que, muy joven todavía, me tuve que ir a Hércules, como obrera. Somos privilegiados: con parientes en el rancho todavía y tenemos dónde desintoxicarnos, a dónde salir a pasear. Mis vecinos o muchos compañeros de trabajo no tienen ningún lugar a dónde ir de visita sábados, domingos o días feriados. Viven encerrados o con presiones”.

La verdad es que no podemos ir a la playa, con mar, mucha comida y bebida. Pero tenemos tiempo libre, amigos y familia en el rancho, un monte abierto, con árboles y plantas, para andar a gusto. Y, lo mejor, con vacaciones pagadas… por mis parientes, los pobres.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba