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Velocidades del derrumbe

Los imperios suelen tener la cortesía de envejecer. Se agrietan con elegancia, acumulan contradicciones durante siglos y, cuando por fin se desploman, lo hacen con la solemnidad de una estatua fatigada. Roma tardó generaciones en descubrir que ya no podía pagarse su propio tamaño. La Unión Soviética respiró años de estancamiento antes de admitir que el futuro se le había extraviado en un archivo.

El lopezobradorismo -bautizado como la 4T, con pretensión de capítulo histórico- optó por otra velocidad. No la decadencia lenta, sino el desgaste acelerado. Como quien desmonta la casa convencida de que en tres meses levantará un palacio.

El momento decisivo no fue una elección ni una crisis internacional, sino un gesto: mandar “al diablo” las instituciones existentes. No reformarlas, no corregirlas, no fortalecerlas. Deslegitimarlas en bloque. La apuesta era simple y voluntarista: si lo viejo estorba, se quita; si lo nuevo entusiasma, se decreta. Todo girando alrededor de un solo hombre, con millones de siervos.

El problema es que las instituciones no son muebles. Son redes de prácticas, saberes técnicos, equilibrios invisibles.

Conviene recordar que la complejidad institucional no surge por capricho, sino por acumulación de ensayo y error. Cada órgano, cada contrapeso, cada procedimiento es una cicatriz. Puede volverse rígido, puede burocratizarse; pero suprimirlo sin alternativa funcional es como extirpar órganos porque “estorban”. El cuerpo agradece la ligereza un instante y luego colapsa.

El lopezobradorismo confundió legitimidad electoral con capacidad estructural. Creyó que la voluntad política podía sustituir al diseño institucional. Que la honradez proclamada bastaba para reemplazar reglas formales. Que la centralización aceleraba decisiones cuando, en realidad, generaba cuellos de botella en salud, educación, seguridad, economía, transparencia.

Los imperios clásicos se sobre costeaban; aquí se sobre confió. Se pensó que en meses podían nacer organismos más puros, más eficaces, más alineados al proyecto moral del régimen. Pero la construcción institucional exige tiempo, técnica y, sobre todo, límites. Y los límites nunca han sido populares.

Mientras tanto, el aparato administrativo se expandía en otros frentes: nuevas dependencias, programas emblemáticos, megaproyectos de alto costo simbólico y financiero. Y corruptor. La narrativa hablaba de transformación; la práctica, de sustitución apresurada. Allí donde antes había procedimientos imperfectos, quedaron vacíos o lealtades personales. Y la lealtad, como base administrativa, tiene como destino el fracaso.

Se creyó en la ilusión de que bastaba declarar corrupta una institución para que la corrupción desapareciera con ella.

El resultado no es un colapso espectacular, sino una erosión veloz. Las capacidades estatales se adelgazan, la certidumbre jurídica se enturbia, la confianza se vuelve intermitente. El régimen aún habla con voz fuerte, pero sus apoyos estructurales muestran grietas. No por conspiraciones épicas, sino por sobreestimación de la voluntad y subestimación del tiempo, elementales contradicciones internas.

Los imperios decaen hacia adentro cuando sus costos superan sus beneficios. El lopezobradorismo parece haber querido atajar el proceso saltándose la etapa de aprendizaje. Apostó a la velocidad en un terreno donde la prisa es enemiga de la arquitectura.

La historia no exige reverencia, pero sí prudencia. Desmantelar es fácil. Construir, no. Y cuando se confunde demolición con transformación, el derrumbe deja de ser destino lejano y se convierte en consecuencia previsible.

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