Opinión

Venezuela se ahoga, así como se hunde Venecia

Por: Víctor Pernalete

“La pequeña Venecia”, dijeron los conquistadores españoles cuando tocaron las costas del norte de América del Sur. Fue así como nació el nombre que hoy tanto se repite en la prensa internacional: Venezuela. Y es que para la opinión pública, es difícil entender cómo un país puede pasar más de cinco semanas sin un presidente.

Pero así es Venezuela. Hugo Chávez enfermó –nuevamente– de cáncer en diciembre pasado y viajó a Cuba para operarse. Si bien él y sus principales colaboradores insistían en decir que sería rutinario, lo cierto es que hace más de un mes que el país no ha visto a su líder.

En el inter, el pasado 9 de enero su periodo como presidente de la República Bolivariana de Venezuela llegó a su fin. Al siguiente día debía comenzar su nuevo periodo presidencial, derecho que obtuvo en las urnas el pasado 7 de octubre. Pero eso no fue posible.

Hoy Venezuela vive una crisis política sin precedentes. Más allá de consideraciones ideológicas, lo hecho por el oficialismo desde el pasado 10 de enero carece de todo sentido y significa el abuso último de un sistema que, sin diferir de las más enquistadas ultraderechas, tiene como único interés mantenerse en el poder.

Y es que antes de ser ingresado, Chávez temía lo peor y ungió a Nicolás Maduro, su vicepresidente, como su sucesor en caso de una “causa sobrevenida” que no le permitiera seguir estando al frente del Estado venezolano.

“Nicolás Maduro, no sólo en esa situación debe concluir, como manda la Constitución, el periodo sino que mi opinión firme, plena como la Luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que, en ese escenario que obligaría a convocar, como manda la Constitución, de nuevo a elecciones presidenciales ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República”, fueron sus últimas palabras públicas, demostrando que hasta él estaba consciente del paso que la Constitución demanda.

El primer atropello se dio el pasado 10 de enero, fecha en la cual Chávez ya no era presidente. Para volver a serlo y cumplir una etapa más al frente del gobierno, debía tomar protesta, algo que no pudo hacer pero que no fue impedimento para que de la mano de un cooptado Tribunal Superior de Justicia, la banda de usurpadores que hoy se manifiestan como líderes políticos en Venezuela tomaran el poder.

Nicolás Maduro, otrora vicepresidente de la República, hoy no es más que un oportunista que, aprovechándose de la ausencia de Chávez, trata de tejer los cimientos de lo que parece será un golpe constitucional de Estado. ¿Pues cómo puede elegir vicepresidente y ministros un “presidente” que no ha podido siquiera levantarse de su cama para tomar protesta?

En la cúspide del cinismo, Nicolás Maduro con la supuesta instrucción de un convaleciente Chávez Frías que no ha dado señales públicas de vida, eligió a Elías Jaua como Canciller de la República.

Es así como se gobierna Venezuela, desde Cuba con control remoto y con un “fantasma” tomando decisiones. Más allá de los logros, debatibles por cierto, que ha tenido la “revolución del siglo XXI” ninguna persona que se considere demócrata puede ver con buenos ojos lo que Venezuela vive en estos momentos.

Sin denostar la victoria de Hugo Chávez el pasado 7 de octubre, lo cierto es que quien ganó la presidencia de la República fue precisamente el líder socialista. Su salud, que ya venía maltrecha, no le permitió ejercer sus últimos días de gobierno, y hasta el momento, no le ha dejado ni empezar su nuevo periodo, que teóricamente debería culminar en 2019, pero que tiene ya una semana sin haber empezado.

Con un presidente enfermo, convaleciente, quien por decisión propia ni siquiera se encuentra en el territorio nacional, el paso democrático a seguir es llamar nuevamente a elecciones y que sea la ciudadanía quien decida, de nueva cuenta, a quién quiere ver al frente del gobierno nacional. De acuerdo a la ley venezolana, debería ser Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, quien tome las riendas del país y llame a elecciones.

Sin embargo, el hambre y afán de poder que manifiesta el oficialismo venezolano hoy ponen al país sudamericano como el hazmerreir del planeta. Su lamentable actuación es tan incongruente que tras denostar a la oposición por ser estos “cachorros del imperio” refiriéndose así a los Estados Unidos de América, permiten que líderes de otros países como Evo Morales o Daniel Ortega vulneren la soberanía nacional, sobre todo cuando este último, presidente de Nicaragua, llamó “buitres” y “carroña” a los opositores venezolanos en su propio país. La locura.

“La pequeña Venecia” le llamaron a Venezuela, tal vez imaginando que algún día también el país sudamericano tendría el agua hasta el cuello. Así como pasa en la pequeña ciudad del norte de Italia, Venezuela se hunde, aunque en su caso se ahoga en la triste codicia de un grupo de personas que han sido capaces de escupir en lo más valioso que tiene un país, su pacto social.

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