Opinión

Vida rural y emancipación

Por: Mariana Díaz

Cuando Thibaud me contaba sus impresiones sobre Chile y México, me decía que para él lo más sorprendente era la rectitud de las calles.

“En Francia no tenemos cuadras” me decía. “Imagino que cuando los conquistadores vinieron a América decidieron construir ciudades donde fuera más fácil orientarse, porque en Europa todo está lleno de calles curvas, cruces oblicuos y callejones por todos lados”. Y es cierto, eso es parte del encanto del Viejo mundo.

A mí, por otro lado, me sorprende la gran cantidad de pequeños pueblos, en comparación con las pocas ciudades, y lo bien que se vive en ellos; pero sobre todo, la influencia de este aspecto en la vida de sus habitantes.

En muchas ocasiones he escuchado el comentario de que los europeos “son muy fríos, por eso no les cuesta trabajo alejarse de sus familias”. Pero más que a un asunto de carácter, yo se lo atribuyo a esta composición más basada en pueblos que en ciudades.

Sucede que en México, los dueños originales de tierras fértiles han tenido que resistir (o morir en el intento) para defender su patrimonio frente a los grandes capitales. Sin embargo, han sido más los desterrados del campo que, en busca de empleo, se suman a las urbes. Así, las ciudades han crecido como monstruos, y vivir en pueblo es cada vez menos común porque no siempre se tiene acceso a los servicios básicos.

Vivir en ciudad, entonces, implica tener cerca la primaria, la secundaria, la prepa y muchas veces, hasta la universidad. Nuestra vida dentro del núcleo familiar se extiende hasta que los papás nos aguanten, o hasta que el salario nos alcance.

En Francia, aunque también hay ciudades, la mayoría de su población vive en el campo, ya sea en pequeños pueblos o en casitas aisladas en medio del bosque. En cualquiera que sea el caso, la gente vive bien; de hecho, mejor que en las ciudades, porque sus casas son más grandes, las rentas más baratas, el tiempo les rinde más, comen verduras frescas y, por supuesto, cuentan con todos los servicios básicos, incluyendo internet.

Organizada de esta manera, Francia está llena de pueblitos, unos pegados a otros. Y en cada pueblo hay una primaria. Pero a partir de los once años, los niños tienen que trasladarse al “pueblo grande” más cercano, donde comparten la secundaria con los graduados de otras diez primarias.

Después, cuando pasan al liceo (el equivalente a nuestra preparatoria) sucede lo mismo, sólo que esta vez tienen que ir a un pueblo aún más grande, o a una ciudad. Es decir, el trayecto entre la casa y la escuela se alarga bastante, lo cual hace más conveniente quedarse en el internado (porque en todos los liceos hay uno).

Ya para ese momento comienzan a habituarse a tener compañeros de cuarto y a ver a sus papás sólo los fines de semana. Así que cuando finalmente entran a la universidad, no eligen la carrera en función de lo que queda más cerca de casa, sino en función de lo que prefieren.

Además de eso, muchas escuelas de ingeniería y de negocios exigen a sus alumnos realizar al menos una estancia de prácticas en el extranjero.

Para ellos, andar de un lado a otro es la cosa más normal del mundo, pero para mí, viniendo de México, donde en cada ocasión alguien me pregunta si no extraño a mi familia, sí contrasta encontrarse con esta estructura tan distinta de poblaciones y de vida. No por nada el francés es uno de los pueblos más viajeros del mundo.

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