Opinión

¿Vivimos en un mundo de cambios vertiginosos o en el que nada cambia?

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

 

La afirmación de que “el mundo cambia vertiginosamente” es frecuente en los discursos de los empresarios, políticos, teóricos del aprendizaje, diseñadores curriculares y demás. Se trata de una idea seductora que, seguramente, ya se naturalizó en la mente de muchos. La vemos convincente, sin mayor análisis.

El hombre (¿post?) moderno, según señalan diversos autores, se ve exigido a ser altamente flexible y estar dispuesto al desarraigo, a moverse de una ciudad a otra o de un país a otro, según las necesidades del sistema; ha de estar dispuesto también a cambiar de oficio, una y otra vez, y a volverse multimodal, multicompetente (¿milusos?), ya que las profesiones que, en otros tiempos duraban toda la vida, ahora están en proceso de extinción. A estas exigencias de flexibilidad, suelen añadirse otras “novedades”, como la “eficiencia” (ser capaz de hacer más y mejor, con menos recursos y en menos tiempo), y la “autonomía” (no depender de lo que la institución o empresa pueda darle a uno para trabajar, sino tener iniciativa y capacidad de hacer sus propias gestiones para conseguir sus propios recursos).

Comentaba en otro artículo que, lo que expresa Carlos Marcelo, en su ensayo “Aprender a enseñar para la sociedad del conocimiento” (muy popular en los cursos de actualización docente): Los maestros del siglo XXI han de estar dispuestos a “adaptarse a los cambios”, a innovar continuamente y a reconocer que “todo conocimiento se vuelve rápidamente obsoleto”.

Aquí Marcelo y muchos divulgadores de las “innovaciones pedagógicas” confunden, considerando sinónimos conocimiento e información, que son asuntos muy diferentes. Lo que ciertamente se modifica y sufre de obsolescencia es la información, no necesariamente el conocimiento. Éste no es simple acumulación de datos sueltos, sino establecimiento de relaciones entre los datos, para tratar comprender las (múltiples) causas que dan lugar a los hechos. El conocimiento surge de un esfuerzo intelectivo por comprender lo que sucede y por qué sucede. Y ese esfuerzo se realiza para reconocer las grandes tendencias de la naturaleza o de la cultura y para tomar mejores decisiones.

Por otro lado, hay que reconocer diversos niveles de conocimiento. En el técnico, los conocimientos pierden, en efecto, pronto actualidad; pero en otros campos: el filosófico, político, científico, o el de las bellas artes, a pesar de haber sido planteados desde hace cientos de años, muchos conocimientos siguen siendo vigentes, pues nos remiten a la estructura o “núcleo duro” de lo humano. (¡Oh, paradoja!: Carlos Marx, hace más de 160 años, ya había anunciado que: “todo lo sólido se desvanece en el aire”).

La discusión semántica sobre la diferencia entre conceptos o niveles, no siempre suele ser bien recibida por los coordinadores de cursos de inducción a los nuevos modelos (organizacionales, administrativos, pedagógicos, políticos, etc.), en especial si esos cursos tienen que ver con las nuevas tecnologías. “No nos peleemos por las palabras, lo importante es que comprendamos que todo cambia rápidamente y que debemos adaptarnos al cambio, y estarnos actualizando continuamente, para no quedarnos atrás” (sic).

A pesar de que a muchos les resulte “tediosa” e innecesaria, la reflexión lingüística, sin embargo es fundamental, pues los seres humanos estamos hechos, en buena medida, de palabras, igual que nuestras formas de comprensión de la realidad.

Esta reflexión habría de llevarnos a preguntar, por ejemplo, ¿por qué de pronto se convirtieron en valor máximo los términos “innovación”, “actualización”, “cambio” y se despreciaron los que nos remiten a la historia o a la sabiduría ancestral? ¿De eso se trata la vida, de estar bailando siempre con lo más novedoso, sea como sea, implique lo que implique?

Algunos consideran que esta confusión entre términos no es por error, sino una estrategia intencional, con un objetivo muy preciso: desmantelar formas de pensamiento y prácticas, derivadas de ellas, que dificulten el saqueo de los recursos públicos, por parte de los grandes consorcios transnacionales. Así, se ha vuelto lugar común decir, por ejemplo, que todas esas ideas en torno a la soberanía nacional resultan “obsoletas”, cuando “hoy, la globalización exige (sic) abrirnos a la cooperación internacional”.

El término “cooperación” aquí, no es más que un eufemismo para disfrazar la invasión extranjera. Nuestro himno nacional, que cantan con huero fervor patrio, sobre todo en estos días, esos despistados que siguen celebrando la Independencia de México, ha quedado totalmente “desfasado de las exigencias de la sociedad actual”: “Mas si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo, piensa, oh, Patria, querida que el cielo, un soldado en cada hijo te dio”.

En el extremo opuesto de las declaraciones sobre la rápida y constante renovación del mundo, se predica, sobre todo por parte de la plebe, la parálisis de muchos aspectos de nuestra vida social: “Nada cambia”, “nadie hace nada”, “todo sigue igual”, “seguimos en las mismas”, son expresiones que repite mucha gente y que, paradójicamente, contribuyen también a facilitar el desmantelamiento de lo público. Se trata de ideas que deprimen e inmovilizan a la población, la atascan en el pantano de la fatalidad. ¿Para qué protestar, exigir, denunciar, intentar, promover, impulsar, si eso “no sirve de nada”?

El caso de la educación formal es emblemático de este letargo. Parece que el reloj de la historia hace mucho se detuvo, ya que los maestros, a pesar de vivir en el tercer milenio, mantienen prácticas obsoletas, anteriores quizá al mismísimo Comenio (siglo XVII). El sistema escolar parece implicar necesariamente rigidez, autoritarismo y burocratismo; no en balde llamar “Normales” a las instituciones formadoras de docentes, acentúa su función reproductora y contradice la expresión de cualquier diferencia, desviación, disidencia o “anormalidad”, con respecto al orden establecido.

Aun cuando la oficialidad pretendiese, “de veritas”, modernizar la escuela, encontraría muchas resistencias, tanto por parte de la sociedad en general, como de los propios docentes. Según Marcelo (op. cit.), por más cursos de actualización que reciban éstos, tenderán a repetir, inexorablemente (como en una especie de maldición paralizante), las mismas formas de enseñanza tradicional y autoritaria, que vivieron cuando niños. Por eso la escuela parece no tener remedio.

En síntesis, el contraste discursivo entre los “cambios vertiginosos” de la sociedad contemporánea, por un lado, y la “obsolescencia” de la escuela o la “inmovilidad social”, por el otro, llevan a amplios sectores, a ver como “lógica”, e incluso “deseable” la próxima desaparición de la escuela, iniciando con la pública, “la más resistente al cambio”, para ser sustituida por una estrategia “innovadora”, mucho más flexible y personalizada, en la que cada individuo podrá definir sus propios trayectos formativos y aprender de manera mucho más “autónoma”, en el marco de la oferta y la demanda de programas de capacitación “independientes” (comerciales). (Esto ya lo había predicho Iván Illich, en los años sesenta). Y no sólo la escuela se dirige a este destino, sino toda institución pública.

La información puede ir y venir, pero el conocimiento exige profundidad y cierta lentitud, para poder leer entre líneas y atar cabos sueltos; la sabiduría va más allá del conocimiento; implica comunicación con la historia, con uno mismo, con los otros, con el mundo.

A veces la construcción de conocimientos requiere de una seria formación científica, pues el pensamiento cotidiano no logra vincular los datos que el entorno muestra fragmentados; pero a veces, más que ciencia, lo que se requiere es sabiduría, confianza en uno mismo; disposición a entrar en comunicación con los otros (en especial con los más jodidos, cuya vida contradice fehacientemente los autocomplacientes discursos oficiales). La sabiduría requiere, en fin, aguzar la propia capacidad de percepción y comprensión de lo que nos sucede.

¿Todo cambia o nada cambia? ¿Vivimos el gatopardismo del duque di Lampedusa, (en el que los detentadores del poder descubren que “si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”? ¿Los maestros se resisten al cambio por obsoletos o porque son los últimos “samuráis”, tratando de defender a la escuela pública? ¿Son los profesores anticuados y comodinos los que no tienen voluntad de mejorar sus prácticas o es el sistema escolar, en manos de los voraces capitalistas que se adueñaron de él, el que bloquea todos sus intentos de superación?

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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