Opinión

William Stoner

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

The New York Times Book Review la calificó como algo más que una gran novela, como una novela perfecta.

Es una historia que se entreteje con la vida de cualquiera y conforme pasan las páginas uno va experimentando cierta dosis de inquietud. Una trama extraordinariamente banal, la de un muchacho que nació en una granja de terrenos áridos, su destino era ser agricultor pero estudia filología inglesa y se hace profesor de la Universidad de Columbia. Se enamora apasionadamente de una mujer con la que en el instante mismo del casamiento comienza a ser infeliz. Tienen una hija a la que adora y es él quien se ocupa de ella hasta que, en una suerte de celosa competencia, interviene su esposa y se la quita. Solamente una ocasión su rutina escolar se ve fuertemente alterada: vive una historia de amor maravillosa con una alumna que a su vez es profesora, maravilla que termina por la obligación de lo correcto. Parafraseando a Jorge Wagensberg diríamos que lo banal es lo fundamental de nuestras vidas. Los fundamentos últimos de nuestras vidas siempre son triviales, lo cual no les resta un ápice de importancia.

Es una novela para recordar y comentar por el simple hecho de que se lee con pasión tensa y admiración por una forma de contar sólo en apariencia fácil. Una novela conmovedora, hermosa. Y lagrimas. Un extenso viaje interior a las tinieblas de uno mismo, viaje del que no se regresa siendo igual porque hay un tú por tú con los secretos y miserias agazapadas a favor de la vida funcional. Un personaje de ficción que contiene la vida de muchas personas reales.

Me interesé por la novela cuando, mediando enero, leí la columna que Fernando Escalante Gonzalbo publica los martes y sábados de cada semana en el periódico La Razón:

«Poco antes de morir, mientras agonizaba, William Stoner cayó en la cuenta de que llevaba varios días pensando en el fracaso –como si eso tuviera alguna importancia. Y de pronto le pareció que era una preocupación mezquina, indigna de la vida que había vivido.”

La vida es otra cosa –dice Escalante–. William Stoner es un profesor universitario que lleva una vida sin incidentes mayores, fundamentalmente gris. No es un genio, no es un rebelde, no llega a hacer gran cosa en su vida profesional. Padece dramas domésticos, triviales o casi triviales. Pero en su manera de vivir esa vida pequeña, como la de cualquiera, hay una intensidad profundamente conmovedora –hay algo que sólo se puede llamar pasión, en el más terrible sentido de la palabra. Stoner, en su perfecta medianía, es un paradójico modelo moral, desafiante e inolvidable.

Inencontrable en México, tuve que comprar (es mi primera compra de ese tipo) la novela en Casa del Libro, la distribuidora española, en formato e-book. Lo leí con fruición y con la nostalgia de no poder repasar página por página. Decidí, aprovechando que un estudiante de nuestra Facultad residía en Madrid por movilidad académica, solicitar un ejemplar físico. Había que esperar el retorno de Humberto Segura. Es un libro bien diseñado, es otra la sensación.

Dice Fernando Escalante:

John Williams publicó Stoner en 1965. Es sin duda una de las mayores novelas escritas en Estados Unidos en el último medio siglo. Después de leerla uno no entiende cómo pudo quedar prácticamente descatalogada durante 30 años, cómo pudo quedarse sin traducir al español hasta ahora. Yo no lo entiendo. No tendría por qué ser un best-seller, pero desde luego tiene más interés que muchos otros títulos más o menos contemporáneos, como A sangre fría, de Truman Capote, The naked lunch, de William Burroughs, o Corre conejo, de John Updike, y es más fácil de leer y más cercana que ¡Absalón, Absalón!, de Faulkner, por ejemplo, o cualquier cosa de Beckett. Si tuviera que aventurar una explicación, diría que la diferencia está en que Stoner pide una lectura poco probable en nuestro confuso cambio de siglo, una lectura como la que piden los clásicos: atenta, serena, generosa –la de quien lee para entender su vida, la vida.

No conozco otra novela que capture de modo parecido la absoluta seriedad que puede tener la vida universitaria. Porque Stoner adopta su oficio con la severa devoción con que su padre labraba la tierra –con una especie de rígida resignación, de campesino. Y esa devoción sólo a medias consciente es lo que le da a la novela el aire de una tragedia, donde todo es irremediable; porque uno sabe que el bueno de William Stoner va a estrellarse precisamente donde se estrella, y se lo va a jugar todo y lo va a perder todo porque cree de verdad en lo que hace y piensa que eso importa.

rivonrl@gmail.com


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