Opinión

Y ahora, José Emilio Pacheco

Por: Salvador Rangel

Cada época tiene personajes que dejan huella en sus contemporáneos, que trascienden a nuevas generaciones, que son referente obligado para perpetuar la memoria colectiva. Pero no nada más son personajes públicos, sino que tienen calidad moral, académica y ejercen la docencia en universidades de prestigio nacional e internacional. Mantienen su postura política, evaden el acercamiento con los políticos, los que buscan la sombra de intelectuales para mejorar su imagen.

De esa talla era José Emilio Pacheco, más bien es, ya que no se ha ido; en las bibliotecas, en no pocas casas, hay un libro de él. No pocos hombres y mujeres leyeron un libro que permanece en su memoria y que es referente en su vida.

Con su partida física, la literatura mexicana pierde uno de sus pilares, profesor de varias generaciones y maestro a distancia de personas que en su obra encontraron un recuerdo o bien una nostalgia de un México que no vivieron. Tal es el caso de novela Batallas en el desierto, retrato de la época alemanista, recreada en un colegio particular de la colonia Roma, con la doble moral de los protagonistas, el padre de Jim y el padre de Carlitos. Esta novela dio origen a una canción de Café Tacuba: Las Batallas. En la obra se recrea el “señor presidencialismo”, la foto de Miguel Alemán en todos los periódicos, el retrato del priismo de la época.

Su intelecto no estaba reñido con la sencillez, como cuando recibió la noticia de que recibiría el Premio Cervantes, 2009, expresó que la noticia lo había dejado “turulato, zorimbo y patidifuso”.

Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde inició su actividad literaria en la revista Medio Siglo. Estuvo en suplementos culturales como la revista Estaciones, donde compartió espacio con otro grade que se ha ido, Carlos Monsiváis, secretario de redacción de la Revista de la Universidad y del suplemento México en la Cultura del ya desaparecido periódico Novedades.

Y la docencia no fue ajena a su vida, compartió su saber con sencillez y elocuencia en universidades de Estados Unidos, Canadá e Inglaterra.

Investigador en el Departamento de Estudios Históricos del INAH. Se le otorgaron infinidad de premios, entre ellos el Magda Donato en 1976, por Morirás lejos, de la que Carlos Fuentes escribió: El eslabón es el misterioso narrador que, posiblemente, está sentado en la banca de un jardín público en la Ciudad de México y del que, a la manera de Borges, no se sabe si piensa –recuerda, inventa– los acontecimientos o bien, si es pensado o inventado por ello.

También escribió libros de cuentos como “La sangre de la Medusa”.

Los premios recibidos no fueron pocos: Premio Nacional de Periodismo en 1980, el de Nacional de Ciencias y Artes en 1992, el Primer Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2001, el Doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Nacional Autónoma de México en 2010, por ser figura central de la poesía en español en los últimos cincuenta años.

Pero ese hombre sencillo, fiel a su pensamiento político y que firmó con otros intelectuales una carta abierta condenando la Reforma energética, falleció el 26 de enero; sí, doce días después de la partida de otro gran poeta, el argentino Juan Gelman, con quien seguramente hace poemas en otro barrio, como diría Gelman.

Pacheco, se fue de esta vida sin dolor, sin largos días de agonía. Se acostó a dormir y ya no despertó. Tal vez soñaba con un nuevo verso.

Y los nostálgicos leen y releen las obras de José Emilio Pacheco y cada vez las encuentran como si fuera la primera que las descubren. Él sabía hacer especiales las palabras cotidianas.

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