Opinión

¿Y cómo estaba aquello de los mejores hombres? (Segunda parte)

Por Marcela Ávila Eggleton

La semana pasada discutía en este espacio que si bien el principio de distinción vulnera muchas de las nociones de las democracias liberales, resulta indispensable la discusión en torno a los mecanismos a partir de los cuales, el sistema político garantice las condiciones para que los órganos de representación –y los cargos públicos en general, por supuesto– sean ocupados, efectivamente, por los mejores hombres*.

Sobre la capacidad de los representantes hay poco que decir sin caer en el lugar común –que no falso, por cierto– de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. La discusión en torno a la responsabilidad de los partidos, me parece, requiere una discusión aparte. En un mundo feliz –no digamos en el de Huxley– los partidos tendrían la obligación, así fuera moral, de postular a quienes mejor pudieran cumplir con la encomienda asignada, aún a pesar de que, en México, el estado físico y mental de los ciudadanos no sea un requisito legal para aspirar a un cargo público.

 

Ahora bien, ¿quién define qué características debe tener el candidato? El partido. ¿Quién postula al candidato? El partido. ¿Quién asume la responsabilidad por la incapacidad, la mala gestión o los oscuros intereses que mueven al candidato una vez que dejó de serlo y se convirtió en funcionario? Eso es justamente lo que yo quisiera saber, pero los partidos se deslindan y le adjudican la responsabilidad a quien se deja.

Podríamos, como siempre, buscar culpables y afirmar, muy elegantemente, que se trata de un problema de diseño institucional; o bien, debatir incluso sobre los principios de representación a los que obedece nuestro sistema electoral, donde no faltará el vivo que argumente que los órganos de representación deben ser retrato en miniatura de la población, justificando con ello el derecho de representarnos de algunos de los más selectos ejemplares de nuestra clase política, bajo el supuesto de que el Congreso debe estar integrado por una muestra estadísticamente representativa de la población.

Y yo me pregunto entonces, qué porcentaje de incompetentes, imbéciles, ladrones, mentirosos, corruptos, narcotraficantes y demás fauna nociva hay en el país para que la integración de los órganos de representación nos quede como está. Sin duda no hay evidencia empírica suficiente para corroborarlo o rechazarlo pero yo me rehúso a creer que tantos mexicanos acumulen tan dudoso repertorio de virtudes.

Es cuestión de responsabilidad y compromiso, pero es también un tema demasiado serio para dejarlo en manos de quienes, con tanta soltura, tiran la piedra y esconden la mano. Los partidos son irresponsables y cumplen, en el mejor de los casos, mediocremente con sus obligaciones, pero nosotros, en nuestro papel de ciudadanos ejemplares, se los seguimos permitiendo.

* Sí, ya sé, y mujeres, pero la necesidad de hacer la distinción a riesgo de ser acusada de discriminación me provoca ataques de ansiedad. Si no podemos partir de que está implícito, entonces, efectivamente estamos ante un acto de discriminación, pero eso es materia de otra colaboración sobre el feminismo de caricatura y lo políticamente correcto.

www.twitter.com//maeggleton

 

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