Opinión

… Y cuando pierdo, arrebato

Ovidio González Gómez

PARA DESTACAR: ¿Cómo se va a resolver legalmente este desatino del Consejo Universitario? Esta enorme falta es otro de los resultados de un ejercicio de poder que no mide consecuencias, realiza lo que tenga que realizar para lograr sus chatos objetivos, y deja problemáticas institucionales sin resolver.

Existen reglas claras para gran parte de las acciones de los universitarios, en cada ámbito y estamento. Es un conjunto de normas, reglas y leyes generadas en el transcurso de muchos años. Algunas de estas reglas fueron consensadas, otras propuestas y aceptadas sin mayor problema e incluso algunas se concretaron a partir de fuertes discusiones y enfrentamientos.

A la mayor parte de los universitarios, civilizados, ese entramado de reglas nos aparece como un hecho previo a nuestra acción y cuando no nos cuadra alguna de ellas, sabemos que existen canales para expresar nuestro desacuerdo y, si este prospera, para concitar el interés de otros y llevar este desacuerdo a las instancias que pueden modificar reglas ya anacrónicas o simplemente inadecuadas.

Es el comportamiento deseable de la acción ciudadana civilizada. En nuestro querido México, sin embargo, la cultura de la civilidad no está muy extendida y el agandalle se ha entronizado como un valor en positivo. Cuando el agandalle es ejercido por individuos en ejercicio de poder esto se vuelve aún más execrable.

No sino agandalle desde el poder es precisamente lo que ha sucedido a partir de que GANÓ, siguiendo las reglas que los trabajadores tenemos en el ámbito de nuestra asociación gremial, la planilla que ahora es, quiéranlo o no, el Comité Ejecutivo del SUPAUAQ. Como resultó ciertamente una sorpresa a los cálculos de la instancia en el poder, algunos de sus seguidores han recurrido a todo género de artimañas cada vez más retorcidas para aplicar el dicho ampliamente reconocido en la sociedad mexicana: “el que agandalla no batalla”.

No ganar una elección no debiera considerarse una muestra de debilidad o una derrota, es simplemente una resultante de la relación de los grupos dadas las reglas en las que operamos. Si estamos en desacuerdo con el resultado o, posterior a una elección, un grupo amplio de votantes considera que se equivocó (no importan en este momento las razones), pueden participar en la siguiente elección o, si existen razones legales, promover una elección anticipada, pero es inaceptable ante un resultado adverso descalificar las reglas del juego.

En este afán obcecado de ganar a toda costa se ha consumado además una aberración en nuestro máximo órgano colegiado, el Consejo Universitario (CU). Se promovió ante este órgano una votación totalmente fuera de su competencia y, pese a las varias voces de desacuerdo, se impuso la votación que ensombrece el accionar de este órgano y, tal vez más grave, vulnera la autonomía sindical. Al CU no le toca pedir a los miembros del SUPAUAQ que se pongan de acuerdo, ni mucho menos tomar partido cuando existen diferencias, como es el caso.

¿Cómo se va a resolver legalmente este desatino del CU? Esta enorme falta es otro de los resultados de un ejercicio de poder que no mide consecuencias, realiza lo que tenga que realizar para lograr sus chatos objetivos, y deja problemáticas institucionales sin resolver. A punto se estuvo de caer en la provocación de una huelga desastrosa y, debe ser reconocido, la decisión del Comité Ejecutivo del SUPAUAQ fue una muestra de civilidad y medición de consecuencias universitarias, sin anteponer orgullos personales o muestras de poder.

Este ejercicio abusivo, autoritario y mesiánico de poder en este momento nos ha dejado fracturados en nuestra asociación gremial. Además de invitar al análisis concienzudo de los eventos y consecuencias, hago el llamado a TODOS los trabajadores académicos a perfilar una estrategia que nos permita volver a estar unidos y no dejarnos fracturar gremialmente por una figura que finalmente es efímera.

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