Opinión

Yo, la impunidad

Por: Omar Arcega E.

twitter.com/Luz_Azul

Soy la impunidad. Mi padre es el egoísmo, mi madre la ambición, para desgracia de la humanidad tengo muchos hermanos y hermanas. Pero hoy no escribiré sobre ellos, sino sobre mí. Desde pequeña me acompañó la hipocresía de los seres humanos, pues mi nombre está relacionado con la perversión y podredumbre; sin embargo, las personas me buscan, me alimentan y honran. Me piden ser su reina, la deidad que los cobije y los proteja.

Soy tan antigua como el poder, nacimos al mismo tiempo, a los dos nos amamantó y cuidó mi madre. A la sombra de ella aprendimos cómo corromper a los hombres, cómo arrebatarles los dos actos que los humanizan: el ser justos y el ser misericordiosos. La ambición nos mostró cómo los seres humanos siempre tienen necesidad de poseer más, de sentirse mejores, más fuertes, más apuestos que sus congéneres y es precisamente de estas debilidades que el poder y yo nos nutrimos.

No es en vano que el alma humana ande en pos de mí, pues genero que los hombres y mujeres se sientan dioses; bajo mi sombra pueden robar, matar, violar, raptar, calumniar, insultar y romper todos los códigos donde se plasman leyes, y nunca pagarán las consecuencias legales de sus actos. A los que desean ser mis súbitos los hago sentir los dueños del mundo, yo y sólo yo puedo hacer realidad el adagio latino Verus nullus, omnis licitus (Nada es verdad, todo está permitido).

Yo no prometo paraísos en el más allá, mis súbditos construyen sus cielos personales aquí en la tierra; mientras los protejo, disfrutan del dinero que no han ganado, de las propiedades por las que no han laborado. Los seres humanos son tan simples que me dan su alma por tener dinero y con él satisfacen sus deseos, vicios y sueños. Bajo mi manto han florecido fortunas, los potentados de todas las épocas me han buscado, desde los reyes babilonios o egipcios hasta los magnates financieros del mundo neoliberal me han invocado, procurado e idolatrado. He impedido que ladrones y asesinos conozcan la prisión.

¿Mi vida amorosa? Tengo muchos amantes, he seducido al miedo, ha besado mis senos el nepotismo, ante mí se ha hincado la lisonja, he pervertido a la inteligencia, he prostituido a la honradez, el dinero ha besado mis labios, la caridad, la generosidad y la templanza han caído bajo el influjo de mis caricias.

Soy tan democrática como la muerte, pues recorro todos los países, abrazo por igual a políticos de izquierda, centro y derecha, me codeo con ricos y pobres, no distingo de tonos de piel, religiones, nivel educativo, tendencias sexuales y mucho menos de sexo. Sin embargo, también tengo mi “corazoncito” y hay lugares en donde me siento más acogida y venerada. Uno de estos sitios es la nación mexicana; allí, desde hace siglos, soy aclamada. Las grandes fortunas novohispanas se construyeron bajo mi manto, los virreyes y sus allegados amasaban riquezas para mantener hasta siete generaciones, los hacendados buscaban tener más tierras a costa de lo que fuera. En algún momento, algunas élites políticas buscaron no estar sujetas a la voluntad del rey de España. Al independizarse, los nuevos gobernantes buscaron mi protección, me siguieron liberales y conservadores; los viejos y los nuevos ricos entendieron que a la sombra del poder político podían multiplicar sus ganancias. La historia siguió su curso y en algún momento apareció un líder democrático y soñador: Francisco I. Madero; el renegó de mí y su castigo fue la muerte. Después Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles me hicieron la reina del sistema político que construyeron. A partir de este momento, los presidentes y sus allegados amasaban y amasan fortunas increíbles, lo mismo ocurre con gobernadores y presidentes municipales. De vez en cuando dos o tres personajes de la política son exhibidos como criminales y recluidos en prisión, pero generalmente son por cargos inventados, la fortuna que con injusticias han formado no es tocada. Es en estos momentos cuando yo brillo más. Nunca he sido tan idolatrada en México como ahora, en mí se refugian los políticos del “moche”, asesinos de periodistas, defraudadores de cuello blanco, policías que reciben “mordidas” y ciudadanos que se dejan chantajear, funcionarios que se unen a los grupos criminales, homicidas de estudiantes, traficantes de drogas y de personas.

Mis súbditos me siguen porque es más redituable para ellos violentar la norma que cumplirla. Yo soy débil donde hay una sociedad que exige a sus representantes generar reglas del juego para castigar severamente la trasgresión de la ley. Finalmente, una sociedad tiene los políticos que se merece, si tengo poder no es por la astucia de mis súbditos sino por la inacción y la apatía de una un pueblo. Los que se esfuerzan por acatar las normas y vivir de su trabajo honrado son muchos más que los corruptos, pero aquellos no lo saben y mientras esto sea así, mi reinado de muerte seguirá vigente.

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