Opinión

Yo no voy a votar el 7 de junio (Segunda parte)

Por: Rafael Vázquez

Los defensores del voto aseguran lo siguiente:

1.- Con la abstención/nulidad estamos beneficiando a los partidos más grandes (que ganan gracias a su voto duro de cualquier manera), pero no sólo eso, lleva a que estén  sobrerrepresentados;  les otorga un porcentaje de votación (para plurinominales) superior al que tienen los partidos más pequeños.

2.- Perjudicamos a los partidos “pequeños” que si no llegan al 3% de la votación perderán el registro (supuestamente afectando la pluralidad partidista y monopolizando el poder entre los partidos “grandes”).

3.- Se incrementan los recursos que les dan a los partidos  cuyos porcentajes aumentan de forma automática y les adjudicamos millones de pesos extras.

4.- Es romántica –y simplona- la idea de que un gran porcentaje de abstención o de votos nulos va a hacer entrar en consciencia a los partidos de forma automática y los llevará a replantear en el futuro a sus candidatos y sus reglamentos internos/externos.

Los argumentos antes planteados son ciertos, pero engañosos.  Podríamos abordarlos dando por supuesto que nos convencen y decidimos ir a las urnas a tachar la boleta por algún candidato.

Imaginemos que compramos la campaña discriminatoria #SiNoVotasNoExistes del IEEQ (cuya “metáfora criminal desaparece a la gente”, parafraseando al mismo Javier Sicilia), y decidimos participar en las elecciones:

No deseo votar por la probada ineficacia de los partidos “grandes”  (PRI, PAN, ¿PRD?) y por lo tanto me surge una pregunta de entrada: ¿Queremos que los partidos “pequeños” tengan más representantes? Ahí está el caso del PT en el estado de Querétaro, que de forma oportunista ahora se alía al PRI a conveniencia. También está el Verde, partido familiar que gravita entre el PRI y el PAN según le conviene. Y si, dirán: “está Morena”, pero las dirigencias en los estados han sido señaladas por aceptar la imposición de candidatos y con excepción de algunos honrosos casos, las alternativas presentadas no son novedosas.

Mientras no haya una ley de responsabilidad que obligue –y si no penalice- a los funcionarios públicos por no cumplir promesas en campaña, las grandes lógicas partidistas que se protegen entre sí mismas no genera una diferencia sustancial al momento de elegir.

Estas lógicas nos hacen llegar a un segundo punto: ¿realmente el único recurso invertido en las campañas son los cinco mil millones de pesos asignados a los partidos? Pecaríamos de inocencia si respondemos un rotundo “Si” a esta pregunta; las campañas hoy en día se hacen con dinero. La experiencia del 2012 nos mostró que la compra de votos mediante playeras, lonas, bultos de cemento, vales y tarjetas con dinero y hasta estufas es permitida; ¿cuántos millones de capital privado hay en las campañas en la actualidad? Probablemente no lo sabremos jamás. ¿Qué más da la variación de algunos millones entre un partido y el otro? Finalmente el poder público y la posibilidad de dar concesiones es el negocio millonario del erario por el cual pagan las empresas.

Finalmente, acepto la idea de que es romántico el creer que mediante la abstención en las elecciones se va a lograr un cambio, sin embargo no olvidemos que la presión internacional es de los pocos mecanismos que han demostrado que el Estado mexicano se siente obligado a cumplir, los altos números de hastío –reflejados en la poca participación en los comicios- sumada a la violación reiterada de los derechos humanos en México, así como el infame papel en las desapariciones en el país, pueden obligar al Estado a replantear algunas reglas que a largo plazo pueden perfeccionar nuestra democracia, para ello, sin embargo, es vital la participación de los ciudadanos para otras actividades en las cuales demuestra su ciudadanía: opinar, exigir a los diputados de su distrito (aunque no se haya votado por los mismos, igual están en la obligación de escucharnos), manifestarse y no bajar el dedo del renglón.

Según Rousseau la libertad del ciudadano en la democracia es sólo para el día que vota, intentemos construir una democracia más participativa todos los días, no sólo en el que nos designan para depositar y enterrar nuestra confianza cada tres o seis años.

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