Opinión

“Zapatero a tus zapatos”

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Con el inicio del 2015, año electoral, se intensifican los comerciales (sic) de los partidos políticos, así como las innumerables denuncias de irregularidades, o corruptelas de sus opositores. Las campañas por el voto, sin embargo, se realizan todo el tiempo, disfrazadas de informes de gobierno, programas asistenciales, telenovelas, convivencias y demás.

El gobernador de Chiapas y presunto aspirante al máximo cargo, por ejemplo, no ha dejado de publicar un solo día su foto en los diarios nacionales, justificando con tramas legaloides eso que no se permite. No sólo se da el lujo de abofetear públicamente a un colaborador; convierte su desliz en oportunidad de recibir más aplausos de la prole y hasta el abrazo del ofendido. Al junior, hijo del exgobernador Ángel Aguirre, no le caló la tragedia guerrerense. Compite, sin vergüenza, por la alcaldía de Acapulco. Así, la lista de indignos aspirantes a diversos cargos públicos es larga.

Muchos ciudadanos dicen estar hartos de los políticos, por múltiples razones: por las enormes prebendas que se autoasignan; por tomar decisiones desde la ignorancia, dañando al resto; por sus cínicos nexos con la delincuencia organizada; por eliminar estudiantes o periodistas incómodos; por torturar testigos; por presumir sus enormes fortunas y palacetes; por dormirse en sus escaños; por andar de “irresponsables chapulines”; por conducir ebrios y provocar accidentes; por participar en orgías y escándalos; por provenir de la farándula o del deporte y aprovechar su fama para convertirla en ventaja electoral, en fin…

Sobre esto último, la exigencia de algunos críticos en la consigna “zapatero a tu zapato”, merece mayor reflexión. ¿Quién tiene, o no, derecho a ser político?, ¿qué pueden, o no, hacer los políticos en sus espacios públicos y privados?

¿Qué es la política?; ¿se vale o no hacer una carrera política?; ¿y si nadie hiciese carrera y sólo improvisara?; ¿es válido ir ganando experiencia, mediante múltiples reelecciones (a pesar de que sabemos que en México, la gente no elige a los candidatos por su experiencia, sino por otras razones)?; o ¿sólo los expertos tienen derecho a ser candidatos?, ¿en qué consiste, entonces, la democracia?

Octavio Rodríguez Araujo, analista de La Jornada, precisa en su artículo “No son chapulines, son políticos” (22 enero de 2015 http://m.jornada.com.mx/index.php?articulo=019a1pol&seccion=opinion&amd=20150122), argumentando que nuestra democracia no está tan mal; que los servidores públicos, electos por mayoría, son obligados por ley a dejar sus cargos, si quieren buscar otros; que tienen derecho a hacer carrera, y que lo que está mal en nuestro país es la administración pública, pues se trastorna cuando alguien deja su cargo; que nadie debiera ser indispensable, y que debiera haber un servicio profesional de carrera para políticos, pues así ganarían experiencia.

Si bien vale considerar la propuesta de Rodríguez Araujo, me parece que encierra una gran confusión. (Seguramente yo evidenciaré la mía propia, al cuestionarlo, pero más vale equivocarse, que asumir, sin más, la lógica dominante. El tema de por sí es complejo, y sin discusión no hay democracia).

Una cosa es la administración, otra la política; se trata de tareas propias de ámbitos y niveles distintos. La administración sigue criterios técnicos: ¿qué proceso es más económico y eficiente para resolver tal o cual problema? La política, en cambio, se guía por criterios ideológicos: ¿qué clase de país y de gobierno queremos?, ¿uno que dicte sus normas unilateral y autoritariamente sobre los demás, beneficiando a unos cuántos, u otro en el que TODOS participen en la toma de decisiones y TODOS se beneficien? A la segunda opción de la última pregunta se le llama democracia (gobierno del pueblo), ésa que casi todos dicen defender, pero que casi nadie practica.

El servicio profesional de carrera corresponde a los técnicos o servidores públicos, sin cargo de elección popular, para ir ganando conocimientos teóricos y prácticos sobre diversos asuntos que el gobierno requiere (urbanismo, ingeniería, leyes, contaduría, etc.); no es compatible, en cambio con el trabajo político que, en la democracia, nos corresponde realizar a TODOS.

El enfrentamiento en foros frecuentes de ideólogos con proyectos opuestos, combinado con el concurso de expertos en diversas disciplinas, permitiría a la población reconocer por qué conviene tomar cierta decisión o no, en determinado asunto y sentido. No tendría por qué haber “políticos” separados del resto y, si fueran necesarios, no tendrían por qué cobrar extra, ni hacer carrera.

El problema con esto es que la democracia NO es compatible con el mercado, ni con la estructura de las megalópolis, que masifica a millones de ciudadanos, imposibilitando su intercambio directo y su reflexión colectiva.

Cuando la política se confunde con el negocio, como sucede hoy, estamos ante una plutocracia (gobierno de los ricos), que urge desmantelar, porque el despilfarro de miles de millones del erario en las campañas políticas es contrario al derecho profundo y a los valores democráticos fundamentales.

Eliminar el marketing político extremo obligaría a inventar otras formas de garantizar la participación ciudadana, pero eso nunca lo harán quienes hoy nos gobiernan.

Por eso muchos protestan: “si no quieren gobernar bien, ¡que se vayan!”; y por eso es indispensable impulsar un Nuevo Constituyente (según se presentó el pasado 5 de febrero) para rescatar y refundar México. (http://www.tppmexico.org/sentencia-de-la-audiencia-final-del-capítulo-mexico-del-tpp/).

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